viernes, 20 de mayo de 2016

Cuando los Padres Santos llegaron a Chungayo



Cuando los Padres Santos llegaron a Chungayo



Saúl Castillo Peña



Corría el año 1958, si mal no recuerdo, cuando los Padres Santos llegaron a Chungayo, en calidad de misioneros. Desde unos días antes no se hablaba de otra cosa: “¡Ya vienen los padrecitos…!,¡ya vienen, ya vienen…!”, decían por aquí y por allá los adultos y los churres. Quien más quien menos alistaba su mejor indumentaria para asistir a los actos religiosos que celebrarían los sacerdotes, y preparaban su espíritu haciendo examen de conciencia de sus pecados capitales y veniales para cuando se confiesen con los padrecitos, prometiéndose no pecar más de palabra ni de obra; no tener malos pensamientos ni decir lisuras.

La población se había organizado en diversos comités para recibir a tan magnos visitantes: comité de bienvenida, de limpieza y adorno de la capilla; de hospedaje y alimentación, entre otros.

La víspera de la llegada se vivía una febril actividad en medio de los preparativos: las damas solteras, encabezadas por doña Fedima, estaban encargadas de que la capilla quede liempiecita, oliendo a jazmines traídos de la quebrada; las imágenes del Señor Cautivo y de la Virgen del Carmen lucían sus mejores galas; asimismo, la mesa del altar estaba cubierta con el mantel más reluciente, adornado con floreros de plata hechos por artesanos cataquenses.

El comité de hospedaje estaba integrado por las matronas de la localidad, comandadas por doña Elena, que desde hacía varias semanas habían dispuesto las habitaciones, las que lucían bien barridas con ramas de verbena para ahuyentar los bichos, con las tarimas de madera y todo lo necesario para la estancia de los reverendos.

Por su parte, el rubro de la alimentación fue asignado a un grupo de señoras elegidas por su buena sazón, quienes además se habían asesorado con una monjita coterránea acerca de lo que se les debía preparar a los padrecitos; ella vivía en Piura pero por esos días estaba visitando su terruño. Sor Mechita, como le decían de cariño, les indicó que sobre todo no fueran comidas pesadas. ¡Ave María purísima!

A su vez, el comité de bienvenida estaba integrado por las autoridades y los notables del caserío, y lo presidía don Alberto, el teniente gobernador. Con el primer canto del gallo partieron los jinetes de la comitiva en sendos corceles rumbo a Simirís, llevando las más mansas acémilas para que monten los misioneros y sus acompañantes.

Mientras tanto, los maestros de ambas escuelas organizaban a los niños y las niñas para ir a recibir a los Padres Santos, poco después del mediodía. Quien esto escribe cursaba el primer año de primaria, y junto con los demás compañeros nos dirigimos a la Cruz Azul, donde se había erigido un arco grande, adornado con flores y papel cometa de diversos colores. Lo propio hacían las niñas, quienes ensayaban la canción que entonarían cuando los misioneros pasen bajo el arco:

Salve, salve, cantaban, María

Que más pura que tú solo Dios

Y en el cielo una voz repetía

Más que tú solo Dios, solo Dios


Los ilustres visitantes arribaron más tarde de lo esperado. Fueron recibidos con aplausos, cánticos y vivas a los santos y las vírgenes, entre otras expresiones de afecto, manifestación del profundo espíritu religioso de la población.

Tras su llegada, los misioneros realizaron las coordinaciones para las actividades de los días siguientes, tomaron sus alimentos aderezados de acuerdo a las indicaciones de sor Mechita, rezaron el Santo Rosario en la capilla, y luego se retiraron a sus aposentos, para descansar del trajín del camino.

Ambos sacerdotes eran de mediana edad; vestían sotana de color claro. Uno de ellos–me parece que se apellidaba Cruz– era natural de San Miguel, e iba acompañado de su señora madre.

Al día siguiente los niños, con nuestra mejor ropa, y las niñas, vestidas de blanco, confesamos a los misioneros nuestros pecadillos, unos más y otros menos, luego hicimos nuestra primera comunión, prometimos portarnos bien para no ir al infierno, y también aprovechamos para hacer la confirmación; bastantes parejas de adultos que ya se habían unido en concubinato formalizaron su situación; muchas otras se dieron el sí, aprovechando además que no tenían que pagar; y también no fueron pocos los que se bautizaron.

Fue, pues, una fiesta netamente religiosa, como Dios manda.

Salve, salve, cantaban, María…… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … solo Dios, solo Diooooooos.


Mayo, 2015.