lunes, 21 de septiembre de 2015

Un rincón junto al cielo

 
 
 
 
 
 
 
Santo Domingo: Un rincón junto al cielo*


Miguel Godos Curay


El distrito de Santo Domingo, provincia de Morropón, tiene un paisaje agreste deslumbrante. Sus cerros están siempre verdes poblados de trigales, maíces y tubérculos. Para los viajeros que atraviesan los escarpados caminos desde la yunga es una gratificación la cordialidad de sus pobladores siempre amables y nunca esquivos a los visitantes. Aquí abundan los Aguilar, los Castillo, los Calle, los Córdova, los Chumacero, los Domínguez, los García, los Guerrero, los Hidalgo, los Jiménez, los López, los Peña, los Paz, los Velásquez. Entre sí todos se saludan como primos y los entronques familiares son interminables. Por los caminos perfumados por los naranjos y limoneros abundan las achupallas y los helechos. Por aquí transitan a diario chaposas las buenas mozas. Aquí el mestizaje nos dejó ojos hermosos: verdes, azules, zarcos con tonos bellísimos. Los hombres de buen aspecto trajinan aún cubiertos por ponchos y protegidos con sus espadas y puñaletas, trabajadas por herreros al calor de la fragua, en San Miguel. Los aperos son otro arte de botonería en fina plata de nueve décimos.

Los ponchos multicolores y las alforjas son producto del trabajo primoroso de sus mujeres, que de tarde en tarde se ocupan en el bordado y en el huso torciendo la lana de oveja. No hay mujer que no sea diestra en el manejo de la caigua, el telar tradicional. En el hogar, frente a las tulpas del fogón, donde cocinan, no pierden su solemnidad, pues llevan puesto el sombrero hormado y blanqueado con polvo de azufre, como sus antepasados. Tiestos y mates son parte de su menaje. Ahí elaboran las tortillas de maíz o de harina que acompañan con queso fresco. El sango de trigo y los caldos castizos de arvejas y ajo. Para mantenerse tibios y abrigados usan los ponchos cuyas listas coloridas recuerdan la identidad comunal.

Pese a que la energía eléctrica recorre los ayer poblados alejados e inhóspitos. No se pierde el buen gusto por los pasillos y sanjuanes ecuatorianos. Las cumananas y coplas se repiten sentenciosamente para aderezar la conversa. Aquí la radio cumple una función promindente de comunicación y acercamiento cultural. Tal es el cariño por los transistores que al pequeño receptor se le bautiza y se le echa agua “para que alegre el día, para que dé buenas noticias y para que dure”. Es el compañerito de las ausencias y una herramienta de la alegría. La televisión a colores que muestra mundos lejanos no lo ha logrado reemplazar.

En Santo Domingo todavía se entonan cumananas y yaravíes. Braulio Calle, un santeño inolvidable, interpreta en su guitarra para que aprecie viejas y conmovedoras tonadas de “La Flor del Café”. Un yaraví que agita el corazón y los sentimientos. Con un abuelo memorable como don Teófilo Calle reeditamos la jarana a golpe del arpa. A la voz de "De los arrepentidos… yo soy el uno… yo soy el uno / cuando este pecho canta… no hay otro ninguno… no hay otro ninguno". La segunda voz repite entre sonoras palmas: “Veinticinco limones carga una rama… carga una rama y amanecen cincuenta cada mañana… cada mañana. En la punta de aquel cerro… mataron al gallo blanco… al gallo blanco / Dicen que lo mataron… por que se comió la semilla del culantro”. Remata don Teófilo. El majador es Saturnino “Guacaca”. Cantador famoso y versador por naturaleza. Un fantasma jocoso que recorre los caminos de la sierra. El alma de Santo Domingo está en su alegría. En la bravura de sus cholos que según la historia provocaron la huida de los chilenos en la famosa Quebrada de la Guerra, en Pambarumbe.

Desde fines de septiembre Santo Domingo de Guzmán, el santo patrono, recorre las campiñas. Anualmente reparte bendiciones en cada uno de los pueblos que visita. Aquí, junto a la veneración se cumple la fiesta. Habrá velación, comida y bebida, baile toda la madrugada. La efigie es vestida de gala con su poncho nuevo, su alforjita en donde le colocarán las primicias de las cosechas. En su honor se celebrarán peleas de gallos y de toros en las invernas. Los ruegos son para que no falte la lluvia que asegura las cosechas y protección para las familias. Santo Domingo es milagroso. Los viejos rezadores recuerdan en latín el lema del santo “Aut de Deo, aut por Deo” que quiere decir: “Todo por Dios y todo para Dios”.

Los gobernadores de cada pueblo a pie o a caballo conducen al santito abrigado hasta la cordillera. En caravana de fieles, devotos y devotas inicia su largo peregrinaje recorriendo pueblos y campiñas. Cohetes, cuyo eco repiten los cerros, anuncian que el santo patrón va en camino y todos dejan sus tareas para ir a recibirle. En los trapiches se muele caña para tener listo el guarapo, el jugo de la caña fermentado que embriaga y alegra. Otros colectan el guarapo para destilarlo en los alambiques en donde del primer hervor de la caña se obtiene la pócima, un wisky de caña del que gota agota se obtienen contadas botellitas. De la segunda destilación surgen la primera y el cañazo. Los productos posteriores son alcoholes de baja ley como la cachaza, el vinillo y el resaque, que se utilizan para enjuagatorio de guergueros.

Una afición sangrienta son las peleas de gallos. Ajisecos, cenizos y emplumados de sangre noble se enfrentan con filudas estacas hasta enterrar el pico. Durante meses los hermosos ejemplares son entrenados y sometidos a un régimen de atletas hasta que están listos para toparse sin miedo con contrincantes venidos de los cuatro puntos cardinales. Así es la tradición, así es la leyenda de gallos valientes símbolos de casta y de nobleza. El pueblo participa en las cotejas y tapadas. A la luz de lamparines la noche les llega entre apuestas y vivas a los héroes victoriosos. Este rito mezcla de furia animal y pasión humana nunca se acaba. Los gallos dominicanos tienen fama por toda la comarca y más allá de las fronteras.

Cuando no son las cotejas de gallos los dominicanos concurren a las peleas de toros. Estas requieren ejemplares macizos y fuertes dispuestos a competir entre bufidos y el acoso de los aficionados que billete en mano lanzan sus apuestas. Las peleas de toros son parte de los festejos patronales. Año a año concentran curiosos y aficionados que concurren a las invernas de San Agustín o el Jazmín para espectar las peleas. Dueños con sus ejemplares concurren al juez para pactar la contienda, luego vienen las apuestas. Los toros, hasta ese momento, ignoran con quien van a medir fuerzas. Los ejemplares se colocan frente a frente y con sus cabezas se topan en golpes secos. El resto es una prueba de fuerza que arranca la hierba del campo y que provoca la estampida de los observadores porque algunos toros huyen perseguidos sin importarles el público y arrastrando todo lo que encuentran a su paso. Un espectáculo dentro de otro espectáculo. Los aficionados beben aguardiente y fuman guaña, una mezcla de tabaco con hojas de higo. Otros dicen que es marihuana a la que en estas alturas se le cambia de nombre y permite observar con lucidez la pelea. El pueblo se divierte en estas batallas de temeridad y de sangre.

El santo patrón ingresa al pueblo cada 3 de noviembre, a las tres de la tarde. Lo reciben repiques de campanas, cohetes y cortejos de gobernadores. Devotos que prometen cada año ofrendar al santo ollas descomunales de conserva. Una mermelada preparada con achira, yuca y fríjol y chancaca dulce que distribuyen copiosamente con pan ácimo. El gobernador y la gobernadora se distinguen por su sombrero adornado con cintas multicolores el que cuidan con denuedo los “negros” que con foete en mano disuaden a quien pretenda arrebatarles el sombrero y colocarlo al santo con lo cual tendrían que pagar un rescate. El ingreso del santo es apoteósico. Es una ocasión para el jolgorio y el baile que dura toda la noche. Cada 4 de noviembre el día central de la festividad los dominicanos se unen sea para venerar al santo o para recordar ese apego incondicional al terruño y a la familia. Entonces se deleitan con el cebiche de carne, tamales, tortillas con queso, el sango tradicional y los chicharrones.

En Santo Domingo están los pueblos de San Miguel, Ñoma, Quinchayo, Chungayo, Chacayo, Chancha, Tiñarumbe y Simirís. Pueblos con historias memorables. En la Comunidad de Simirís Luciano Castillo fundó la primera cooperativa socialista del Perú. El 28 de enero de 1883 fueron los comuneros de Santo Domingo y de Chalaco, que hartos de los abusos de los hacendados tomaron por asalto la apacible ciudad de San Miguel de Piura y se inmolaron en ese doloroso capítulo de la historia que refiere los acontecimientos del “Casa Quemada”. Los montoneros que llevaban una bandera roja y lanzaban arengas y vivas a la comunidad habían tomado la licorería de Federico Ramos y celebrando su incursión armada se pusieron a beber sin reparar que las fuerzas de Prefecto Fernando Seminario Echeandía rociarían la casa con kerosene y la prenderían fuego. Muchos fueron quemados vivos, los que lograron escapar fueron ultimados sin piedad. Del centenar de montoneros que marcharon a Piura no retornó ninguno. Los restos calcinados fueron enterrados en secreto durante varias noches en las que el Prefecto recomendó a los vecinos de San Miguel de Piura se refugiaran todos en sus casas por que los montoneros de Santo Domingo y Chalaco podrían en cualquier momento retornar.
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* Tomado del blog Palos al Viento.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Cumandá

 
 
 
 
 
C u m a n d á
(Pasillo)
 
AUTORES:  Benjamín Ruiz Gómez y  Estanislao Pesántez Villamagua
INTÉRPRETES: Hnas. Mendoza Sangurima*
 
 
Vivir  padeciendo este mal sin remedio
sujeto a la crueldad de mi destino,
 sintiendo  el alma, de amargo tedio, entristecida
 viendo marchitas, las ilusiones en mi camino,
sin que ya nadie viéndome triste lance un suspiro por mí.
Ilusiones  endulzaron mi vida a través de los años,
se alejaron para siempre de mi alma y jamás volverán,
solo me queda vivir llorando mis desengaños,
 pues ni en la tumba tendrán consuelo los que allí están,
 por eso quiero, que cuando muera, nadie se acuerde de mí.
 


sábado, 5 de septiembre de 2015

El Año del Diluvio

 
 
1 9 2 5
 
Cuando era un churre, allá en Chungayo, mis padres hablaban del año 25 como el Año del Diluvio. Narraban cómo las crecientes arrasaban con todo por donde pasaban; contaban cómo la Quebrada Oscura arrastraba enormes piedras, higuerones y animales que no habían podido ser salvados por sus dueños. A propósito de este recuerdo, y también por los anuncios de que se aproxima un nuevo fenómeno de El Niño, comparto el siguiente testimonio de Enrique López Albújar referente al mencionado año. [Saúl]       
                                                                            
“Vivo está todavía el recuerdo de los desastres que causó en el año de 1925*. Se polibifurcó en cien brazos amenazadores, llevando en cada uno de ellos la ruina y la desolación. Fue aquello la obra de un despotismo de cien días. Sembró el terror por todas partes, profanó sitios consagrados por la muerte, arrastrando sobre sus turbulentas aguas, en extraño y fúnebre convoy, las cajas de las tumbas; mantuvo, durante largas noches de pánico, en horrible tensión los nervios de abigarradas multitudes, cuya suerte dependía de una simple baja de nivel, como esos corredores que esperan la fortuna de un simple juego de bolsa”.
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* Se refiere al río Piura (nota del editor del blog).
Tomado de: López Albújar, Enrique. Los caballeros del delito. Segunda edición. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca, 1973, p. 162.