domingo, 27 de julio de 2014

A propósito del maíz transgénico


 

 

Himno nacional del maíz

 

Nelson Peñaherrera

 

 

Los próximos tres días, comenzando por hoy, serán plenos de patriotismo. Aunque más de patrioterismo. Una muestra es entonar mecánicamente el Himno Nacional, comenzando por el primer verso: "Somos libres. Seámoslo siempre" (digo, por si se te olvidó).

Digo mecánicamente, porque solemos recitar de paporreta la llamada 'oración a la Patria', sin caer en la cuenta si aquello que decimos se cumple en la realidad.

Por ejemplo, en la comida que nos ha dado tanto prestigio internacional en los últimos años, hasta que el escherechia coli nos separe... de los y las turistas, quiero decir.

En ese sentido, también comemos mecánicamente, sin caer en la cuenta de todo el esfuerzo, mejor dicho la cadena productiva que hay detrás.

Pensemos en el cebiche, nuestro plato bandera: pescado, cebolla, limón... ¿qué tal una rodajita de choclo?

Pensemos en el choclo. Es uno de los cuatro productos que pueden salvar del hambre a la humanidad, y que según me recuerdan, es cultivado en las Américas hace decenas de siglos. Por lo menos, los actuales México y Perú lo consumían frecuentemente.

Durante todo ese tiempo, los pueblos originarios de ambas naciones se tomaron el trabajo de ir domesticando al maíz, de donde viene el choclo (por si no lo sabías), hasta lograr variedades que pudieran crecer sin mucho problema con tal de nutrirnos.

Como hace siglos, las mujeres de nuestras comunidades rurales siguen teniendo la meticulosa tarea de seleccionar los mejores granos para semilla. Y ante el experimentado ojo y tacto de ellas, no hay mejor control de calidad, pues si le sirve a la prole, le sirve a la humanidad.

Y así el maíz crece fuerte, a pesar de las condiciones caprichosas del clima, hasta llegar a nuestra mesa.

¿Algo, aparte del clima, podría romper ese equilibrio? Sí, Monsanto.

Nuevamente se ha reavivado en Internet, una denuncia que coloca a esa corporación especializada en alimentos transgénicos en el centro de la mira.

Cuando Monsanto siembra sus campos, aparte de comida, siembra un enorme candado legal, que impide que cualquiera use sus productos a menos que pague mucho dinero por hacerlo.

Y si para mala suerte de un agricultor, una abeja o un pájaro que se posó en un sembrío Monsanto lleva polen a otro que no lo es, y lo fertiliza, hay problemas.

Si Monsanto detecta que un campo no autorizado tiene plantas de maíz con su fórmula, somete al propietario a fuertes procesos legales exigiendo compensación por la patente del producto.

Además, si alguien usa semilla Monsanto con autorización y quiere guardar grano para evitar comprarla, también se le pena con fuertes multas justificadas bajo proceso legal.

Pobre de quien tenga por vecino a alguien que siembre Monsanto, entonces. O paga, o paga. Claro, así cualquiera, ¿no?

Desde hace dos años, tengo buena información de que Monsanto ya experimenta muy cerca de Chulucanas, en una empresa de capitales chilenos en La Matanza. Ambas localidades están en la provincia de Morropón.

Bajo el esquema de conducta Monsanto, ¿cuán seguros están los agricultores locales, quienes sufren con cada campaña agrícola, mucho más cuando el maíz se siembra justo en las áreas de mayor pobreza?

Que yo sepa, nadie ha publicado ni investigado sobre el tema. No sería mala idea que alguno o alguna de los y las congresistas por Piura se animen a ir al fondo de este asunto. Podría haber sorpresas.

Olvidaba decir, debido a la patente, el maíz Monsanto es mas caro que el humilde maíz que venimos cultivando hace tres milenios, y que ahora se busca salvar internacionalmente, pues nos asegura alimento saludable a bajo costo.

Ahora que ya sabes lo que se esconde detrás de esa jugosa rodaja de choclo, ¿seguirás cantando de paporreta el "Somos libres... seámoslo siempre"? ¡Provecho!

 

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Diario El Regional de Piura, 27 de julio del 2014.

 

miércoles, 9 de julio de 2014

Televisión basura

 
 
No te quiero, Paisana Jacinta
Liuba Kogan*
En la vida cotidiana los estereotipos nos resultan útiles porque nos ayudan a darle sentido a lo que sucede a nuestro alrededor y a actuar de manera, por lo general, eficiente. Por ejemplo, si entro a un hospital y veo a un joven vistiendo un terno oscuro y con un sistema de audio, supondré que es alguien que se encarga de la seguridad del local; y si observo a alguien vestido de blanco, asumiré que se trata de un médico o enfermero. Podrían no serlo, pero la práctica nos lleva a asumir estereotipos porque efectivamente son útiles la mayoría de veces debido a que nos facilitan la vida cotidiana.
Sin embargo, los estereotipos pueden utilizarse de modos perversos cuando se cargan de connotaciones negativas. Por ejemplo, cuando se le adjudica a un grupo de personas ciertas características negativas por su apariencia física o su pertenencia a un grupo social. No olvidemos los vergonzosos episodios de gritos onomatopéyicos simulando monos proferidos a jugadores de fútbol negros. Nadie en su sano juicio justificaría la muerte de Edita Guerrero –cantante de Corazón Serrano– en manos de su esposo maltratándola por “ser chola”. Tampoco estaríamos de acuerdo con un trato diferencial en la contratación, ascenso y sueldos de profesionales en las empresas por razón de sus rasgos físicos.
Sin embargo, donde no se encuentran acuerdos sobre la presencia de estereotipos negativos y discriminación es en programas cómicos como en La Paisana Jacinta.
Las dudas surgen a raíz de una curiosa copresencia de elementos racistas con otros más bien de orden moralista y cómico. Por ejemplo, La Paisana Jacinta se puede presentar como justiciera defendiendo a los débiles, señalando que no hay que hacer bullying en las escuelas, enfatizando que no se debe desaprovechar la oportunidad de estudiar; pero a la vez aparece como una mujer andina fuera de contexto: es la única en la serie vistiendo polleras, caminando de modo exageradamente descoordinado, desaliñada y con apariencia sucia, fea y desdentada. Por otra parte, las jóvenes de origen andino –como cualquiera de nosotros que se encuentra con una cultura nueva– aprenden sin mayores dificultades los códigos y costumbres nuevos. Lo que hace la serie es encasillar lo andino como una cultura retrasada, incapaz de renovarse y de mostrarse con dignidad.
No podemos negar que algunos capítulos son graciosos e ingeniosos, pero allí radica la trampa. De nada sirve que el personaje al final nos diga que seamos buenos ciudadanos. Lo que La Paisana Jacinta representa es la imposibilidad del desarrollo de la interculturalidad en nuestro país, con el agravante de que pasa caleta, por su contenido jocoso y aparentemente inocente.
La interculturalidad implica considerar al conciudadano que tiene una cultura diferente a la de uno como una persona igualmente valiosa con la que uno puede dialogar. En el caso de Jacinta, lo que se encuentra son golpes, garrotazos, engaños, mentiras y burlas.
Es evidente que no les podemos pedir a nuestros niños que realicen una mirada tan compleja como la que proponemos, pero sí es nuestra tarea desconfiar de qué se esconde detrás de la risa fácil, miles de golpes y moralejas estereotipadas.
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* Jefa del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Pacífico.
El Comercio. Lima, 9 de julio del 2014.