martes, 3 de junio de 2014

Sobre los piuranos y sus creencias

 
 
¿EN QUÉ CREEN LOS PIURANOS?
Un fervor entre Dios y el diablo
Miguel Godos Curay
 
No hay una definición exacta y precisa para el adjetivo piurano. Sin embargo, el piurano se distingue del limeño, del cuzqueño, del ayacuchano y el loretano. Para los limeños los piuranos hablan cantando y mantienen esa sonoridad de por vida. Una proverbial característica muy propia es la cortesía expresada en el saludo “buenos días de Dios”, “buenas tardes de Dios” y “buenas noches de Dios”. Son fórmulas de amabilidad que se emplean a lo largo del día.
Que conste, nuestros abuelos se santiguaban al caer la tarde. Los churres preservan aún en sus juegos las fórmulas de juramento “por esa lucecita de Dios que yo lo vide”. La luz corresponde al día. Pleno de luz y colorido, el verdor de los algarrobos sólo contrasta con la piel de zorro del desierto.
El piurano es crédulo y de buena fe. Muy devoto del Cautivo de Ayabaca, de la Mamita Meche y de sus propias devociones exóticas y personales. En el santoral piurano tiene toda una legión de devotos San Dimas, “el buen ladrón”. Gestas tiene su propia cofradía entre los pericotes, los matarifes y todo aquel feligrés o alcalde que anda peleado con la justicia. La ofrenda le es colocada en la boca y a él acuden desde magistrados en ejercicio, hasta devotas dedicadas al oficio más antiguo del mundo. Los mataperros exaltan sus cualidades protectoras.
Aunque la devoción por el Cautivo tiñe de morado octubre. Los piuranos lo tienen en la punta de la lengua. Se trata de un fervor que exige penitencia. Por eso los peregrinos emprenden un penoso y atlético recorrido hasta Ayabaca. No hay cansancio ni fatiga. Otros se arrastran llagados en los suelos pidiendo un milagro al señor. Los rostros de la piedad popular resumen los imaginarios contrahechos de los fieles. Busca de la salud y el cambio de vida. Son muchos los ex presidiarios que acuden en busca de perdón. Las autoridades eclesiásticas dudan de esas repentinas conversiones producidas en el trajín de estas legiones de cantarines y pedigüeños. La devoción se ha convertido en una forma de vida. Son verdaderas tribus urbanas que viven recorriendo ferias, mercados con fervor religioso.
Al otro extremo, las procesiones movilizan gran cantidad de fieles. El piurano no busca la espiritualidad íntima sino la religiosidad opulenta y visible. No honra a Dios con una convicción trascendente. Sino con un temor fundado en el fuego eterno. Dios es un castigador, reparte infortunios, entre los que viven alejados de él. La lectura de la Biblia y los evangelios demanda un esfuerzo menudo. En muchos hogares piuranos en donde se coloca una biblia abierta de par en par es probable que los textos sagrados nunca se lean. Son parte de la decoración presuntamente religiosa y confesional. ¿Conversión? A contrapelo existe una superlativa confianza en los colegios religiosos como parte de la pedagogía de la responsabilidad y una relativa enseñanza de calidad.
La formación religiosa impartida a menudo es epidérmica y culmina en el asistir a misa los domingos y fiestas de guardar. La totalidad de los preceptos se resumen en las procesiones a lo largo del año. Hay provincias, como Sechura, en donde las veneraciones particulares al santo del día ocuparían todo el año y aún faltarían días para venerar a los nuevos santos del canon.
El piurano tiene un fervor polarizado. Puede implorar a Dios pero al mismo tiempo concurre a los aquelarres mágicos de los brujos de Las Huaringas. Cree simultáneamente en el bien y el mal. Enciende una vela a Dios y otra al diablo.
Y tiene la convicción que en caso de necesidad no escatima acudir al mismo demonio. Los males que lo consumen son el daño, la envidia y la mentira presuntuosa. El daño es punto de partida del mal provocado y sin explicación racional. El chamán, en estos casos, se comporta como un psicoterapeuta que busca recuperar la salud utilizando su conocimiento y sus artes.
No hay piurano que no haya pasado por el rezador y curioso para curarse de un “ojo”, el “susto” o el “chucaque”. El ojo, advierten los nigromantes, es producto de la electricidad de las miradas y afecta a los niños, por eso se les coloca una cintita con un guairuro en la mano derecha. El susto es el compulsivo producto del miedo en una circunstancia adversa. Hay miedo provocado por el azar o por un “alma en pena” que no descansa y se consagra a asustar a los mortales.
El chucaque es producto de la vergüenza provocada por un tercero que hay que conjurar, caso contrario, consume al afectado con malestar del cuerpo. El curioso o el rezador con una moneda, limón o pan de jabón, “quiebra” al chucaque y restablece la salud.
Aunque los tiempos han cambiado, morirse en Piura tiene sus matices. El piurano reza nueve días por el alma del difunto. Prosigue con la misa de mes y de año. Las creencias del piurano reposan en un colchón de supersticiones. Los comerciantes colocan en algún lugar invisible de sus negocios la sábila o el seguro que protege de la envidia al negocio. Las consultas a los naipes son como la ecografía de la evolución de los negocios. Es una práctica tan arraigada y tan antigua, que muchos mazos de cartas pasan de mano en mano de abuela a nieta.
La devoción por los difuntos es el atributo de un vínculo alimentado por la confianza y la amistad. Todos buscan protección. En los piuranos que concurren a Las Huaringas se mantiene viva la tradición mágica de los “pagos” rituales. Se trata de una magia viva, protectora y operativa de quienes concurren a las lagunas para refrescar su vínculo y solicitud de fortuna.
La brujería piurana es de antigua data. El consumo del cactus mágico San Pedro (echinopsis pachanoi) y la Simora (Iresine herbstii var. Bellissima) viene desde los tiempos precolombinos. Durante siglos la población acudió a los curanderos, yerbateros, parteras y rezadores. Muchos expedientes tratan sobre la búsqueda de entierros y tesoros acudiendo a los poderes de estas plantas. Hoy mismo, la legión de piuranos que recurre al chamanismo es bastante numerosa.
Basta con mirar las fotografías que como testimonio dejan los asiduos concurrentes a las mesas mágicas de Salalá en Huancabamba. Hay de todo: congresistas, empresarios, jueces, abogados, alcaldes, reinas de belleza, políticos famosos y hasta jefes de Estado como el propio Fujimori. “El chinito cayó en infortunio cuando se olvidó de cumplir con sus pagos a las lagunas”. Oído en Huancabamba.
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Fuente: Diario Virtual El Regional de Piura. Martes, 3 de junio del 2014.