jueves, 24 de abril de 2014

Psicología del consumo

 
La psicología del consumo
Aníbal Monasterio Astobiza
 
En la actual era de la globalización el consumo es una de las fuerzas que conforma el com­portamiento humano. Pero no pensemos que el consumo es el resultado de la econo­mía. La actual economía capitalista que rige nuestras sociedades utiliza nuestra necesidad de con­sumo para que compremos servicios y bienes ofertados en el mercado, pero no crea el con­sumo. El consumo es un instinto, forma parte de nuestra naturaleza humana.
Sin embargo, los parámetros que guían la psicología del con­sumo son manipulados y explotados hábilmente por los sofisticados trucos de la merca­do­tec­nia. Los vendedores quieren influenciarnos y persuadirnos para que consumamos (com­pre­mos) sus marcas y para ello se sirven de ciertos atributos de nuestra psicología de compra.
El compromiso es uno de estos atributos sutilmente explotado. Nos creemos capaces de lle­var a término nuestros compromisos contraídos porque no queremos dar una mala imagen so­cial de que rompemos con nuestra palabra y se ponga en entredicho nuestra “honorabi­li­dad”. Ofrecer una promoción a la hora de comprar algo y una vez dado nuestro com­pro­mi­so de compra desdecirse de la supuesta promoción y aumentar el precio de ese producto no hará que dejemos de comprarlo. Muy al contrario, mantendremos nuestro inicial com­pro­miso de compra, pero finalmente comprando un producto más caro y sin promoción.
Otra característica de nuestra psicología de consumo utilizada para persuadirnos es reforzar subliminalmente una marca y asociarlo con un afecto positivo. Se sabe gracias a la escuela conductista en psicología que facilitar una tendencia de acción (beber agua) motiva más allá de la conciencia siempre y cuando se corresponda con una necesidad (estar sediento). Ahora bien, si facilitas una tendencia de acción y la asocias a un afecto positivo se puede motivar esa tendencia incluso en la ausencia de una necesidad. Dicho con otras palabras, lo que viene haciendo desde hace décadas la publicidad en televisión y otros medios con la tendencia de compra. Un coche se asocia con libertad, un perfume se asocia con elegancia, una bebida con estatus y si esos afectos positivos son valorados por ti porque la publicidad te ha captado la atención, esos productos formarán parte de tus preferencias de compra.
Otro atributo de nuestra psicología de compra manipulado para hacernos consumir más es la sociabilidad. La psicología de las personas es una psicología propia de animales sociales. Vivimos rodeados de otras personas y estas viven en nosotros como nosotros vivimos en ellas, es decir, nuestro comportamiento se adecua al comportamiento de otros. Como vi­vi­mos en sociedad la comparación social es inevitable. Nos comparamos constantemente, e in­conscientemente, sobre nuestras cualidades con respecto a las cualidades de otras per­so­nas. En esa comparación nadie quiere verse, ni que le vean, como que le falta algo. De nues­tra vida en colectividad se propicia el comportamiento gregario muchas veces con efec­tos irracionales como: todo el mundo haciendo algo que todo el mundo está haciendo. Si uno compra, otro le imita y compra, y a su vez, aquel que ve comprar, compra también, ge­ne­rándose una cascada de compra por imitación que se propaga entre toda la gente. Lo que se compra puede ser el producto menos útil que puedas pensar, pero a través del com­portamiento gregario, totalmente irracional, acabamos comprándolo.
En determinadas fechas festivas del año (Navidad, Día de la Madre, etcétera) nuestra psicología de compra es más vulnerable que nunca y pue­de verse abocada a excesos que nuestro bolsillo lamente. Si detectas que alguno de estos tres tipos de atributos son utilizados en tu contra no dudes en refrenarte, controlarte  y pre­gun­tarte: ¿para qué y por qué quiero comprar eso? Piensa que siempre puedes reciclar o com­prar de segunda mano. Hagamos un consumo más responsable. (Internet)
 


viernes, 18 de abril de 2014

Derechos animales

 
El (mal)trato lingüístico a los animales no humanos
Ignacio G. Barbero
 
No hay nada más perjudicial para el ser humano que lo que califica como “normal”, pues gracias a ello se asumen como naturales y necesarias unas prácticas o ideas determinadas y, al mismo tiempo, es anulado cualquier juicio crítico que pueda cuestionarlas. Esta normalización, sobre la que tenemos poco o ningún control, está legitimada y reproducida en algo tan aparentemente inocuo como el lenguaje. Es lo dicho, lo que hablamos, lo que escribimos, las expresiones que utilizamos al exponer nuestra opinión, el lugar donde aparece la norma de cada sociedad, los valores que la fundamentan y la justifican. A través de la palabra, discriminamos lo bueno de lo malo, lo beneficioso de lo dañino, lo raro de lo normal, etc. Y este criterio de separación estimativa asume in nuce la necesidad de mantener el —impuesto y supuesto— equilibrio moral, político o social.
Nótese cómo lo marginal, esto es: lo que está en los márgenes del interés “general” y, por ello, zarandea su estabilidad, es intensamente defenestrado en el lenguaje. Un ejemplo paradigmático es el adjetivo “radical”, el cual suele usarse para aludir a determinados grupos o individuos que practican el activismo político y ponen en jaque lo reglado al atentar con su comportamiento contra la raíz fundamental del orden social y sus vías de normalización. Numerosos movimientos “radicales”, de cualquier disciplina, pretenden destruir y rediseñar el lenguaje, la manera en que exponemos lo que pasa, lo que implicaría una devolución de la voz y la presencia a los marginados y olvidados por el sistema.
Hablamos de un acto de justicia que con no poca frecuencia es causa de mofa y vilipendio, evidencia del temor de la autoridad al cambio de las reglas del juego lingüístico. Buena muestra de ello son las reacciones ante las intenciones feministas de transvalorar la forma fundamentalmente sexista en la que la lengua se estructura y articula.
Olvidamos con frecuencia que el lenguaje es el garante de una moral explícitamente sesgada; la idea de que se dedica a enunciar tranquila y objetivamente lo que aparece ante nosotros es falaz, pues decir es tomar partido, tomar partido es establecer una perspectiva y, por tanto, herir de valores la realidad que nos circunda. La violencia de esta herida depende del lugar que ocupa uno en el tablero del poder.
Los animales no humanos son presa de la discriminación más virulenta tanto a nivel físico como ideológico-lingüístico. Ambas discriminaciones están interconectadas. La física es más explícita y está a los ojos de todo aquel que tenga algo de empatía, mas la segunda es mucho más sutil y, en consecuencia, efectiva a la hora de reproducir una jerarquía estimativa que desconsidera a la mayoría de los seres vivos.
Las concepciones católica e ilustrada del ser humano, unidas por varios puntos clave, apuntalan esta presente e imperante jerarquía: por un lado, el cuerpo, sus pasiones e instintos, pertenecen a la zona más baja del hombre o mujer, la más despreciable si no se controla debidamente; por otro, la razón, facultad racional o expresión más pura del alma humana, lugar primero y último de la moralidad y la inteligencia, es la parte más admirable y noble de nuestro ser. Vulnerar sus principios es un gran error e implica una pérdida momentánea de nuestra elevada condición humana, que está separada de la animalidad y privilegiada por la Creación/la naturaleza.
Así, cuando alguien realiza un acto violento repentino, sea premeditado o no, sentimos la necesidad de compararlo con un animal, implicando en esta comparación una degradación de su naturaleza. “Qué bestia” es una expresión muy recurrente en estos casos, dando a entender que la separación entre el impulso y la acción es inexistente en el mundo de los animales no-humanos. “Eres un cabeza de chorlito” o “no seas burro” es la respuesta verbal a un acto que consideramos no ajustado a la preclara y sublime inteligencia del homo sapiens y, sin embargo, sí dignos de una pequeña ave o de ese animal de carga tan bellamente retratado por Juan Ramón Jiménez en Platero y yo.
Cuando alguien no cuida su higiene corporal o hace comentarios machistas contestamos, contrariados, con un “cerdo/puerco” y usamos esta palabra como ofensa o insulto, pues el mamífero porcino, presuponemos, es un ser sucio e inmundo que vive enlodado toda su vida sin preocuparse de su limpieza (paradójicamente, el cerdo se embadurna de lodo para, entre otras cosas, asearse y librarse de parásitos e insectos perjudiciales).
“Zorra”, por otro lado, es una palabra que incluye un “dos por uno” en materia de discriminación. En primer lugar, la sexista: enunciamos esa palabra con inquina para describir a una mujer que hace libre uso de su cuerpo en el campo sexual (nótese la muy diferente connotación que tiene llamar a alguien “zorro”).
Y, en segundo lugar, hacemos esta vergonzosa y falaz ofensa usando la figura de una hembra animal que, aparentemente, “se va con cualquier zorro” y es muy promiscua: no puede controlar sus instintos, se deja llevar por su animalidad, etc.
Thomas Hobbes, en su afán de describir las relaciones humanas en estado no social, es decir: “salvaje” (otra palabra atravesada de prejuicios denigratorios), escribió que “el hombre es un lobo para el hombre”, exponiendo el natural egoísmo del hombre y la extrema violencia y crueldad con la que se emplea con los demás. El hecho de que la negatividad propia de esta definición sea representada con la imagen de un animal no humano dice mucho de la maltrecha consideración que se tiene de éste. El rebaño de ovejas (vistas como atontadas, sin individualidades propias) para mostrar otra tendencia, la docilidad gregaria del hombre ya en sociedad, también es una buena expresión de este desprecio hacia los animales no humanos.
La base de estos asertos es indiferente, pues no se afirman con intención científica. La moral que implícitamente defienden —y defendemos al decirlos— sí es relevante y muy perjudicial, ya que impone con sutileza una perspectiva que menoscaba la dignidad de los animales no humanos y justifica (o, al menos, no condena enérgicamente) todo trato hacia ellos que sea acorde a su naturalizada inferioridad, a saber: todo maltrato. Seamos conscientes de la gravedad de este hecho, no nos dejemos llevar por lo asumido como normal.
Fuente: Culturamas.


miércoles, 2 de abril de 2014

Piura lee

 
  
Hábito que nace en casa y crece en las escuelas
Hildamaría Machuca M.
 
Ante la celebración del Día Internacional del Libro Infantil, la escritora Adela Basch, dejaba ver que cada vez se habla mucho de festejarlo, pero poco de vivirlo día a día en las escuelas, en las casas, porque la lectura depende de cada familia y se refuerza en la escuela, “pero la gente anda tan preocupada por sí misma, que todo lo ve como pérdida de tiempo. Todo el mundo anda apurado (…) Hay hasta gente que cree que leer un cuento en la casa o en el aula es una pérdida de tiempo, porque no le ven lo rentable que puede ser en forma inmediata. Estamos en una sociedad que mide todo por rentabilidad, hay algo que se ha pervertido muy fuertemente y es que aquello que no deja un rédito inmediato, lo que no se mide en una estadística, no vale nada. Estamos muy confundidos y ahí se inserta toda la problemática del libro. (…) Formar hábito lector es cuestión de ejemplo, tiempo y paciencia”.
Testigo de ocasión
La escena se repite cada mañana y cada tarde, de cada día. Desde que tengo uso de razón, mi madre y mi tía Zoyla, cada día de semana, gustan de leer plácidamente, al amanecer y al atardecer.
Al amanecer, mi madre y mi tía, en sus respectivos dormitorios, leen el evangelio del día y sus libros de oraciones. Mi mami luego hojea las noticias diarias. Después del desayuno, ambas se reparten los diarios y leen las noticias y suplementos de su interés. El resto del día comentan cada noticia con mucho conocimiento y amplitud de raciocinios. A sus más de ocho décadas, nos ponen al día a todos.
Por la tarde, cuando el sol empieza a caer, en el patio de la casa rodeadas de macetas de helechos y orejas de elefante, con el rítmico cantar de las cuculíes llegadas por allí, sobre sus sillas de paja, cada una lee el libro o la revista de turno que les llevará algunos días terminarlos de consumir por completo. Por cerca de una hora: una novela, una biografía, un manual de jardinería o simplemente una revista de turismo o de familia, las mantiene silenciosamente entretenidas mientras todos los demás si queremos acompañarlas, nos unimos al club de lectura. Terminado el rito, viene la deliciosa conversación que en algún momento puede que toque alguno de sus temas leídos.
¿De dónde surgió el amor por la lectura? De su padre, mi abuelo Agripino. Él leía con profusión, sentado sobre su silla de madera en el comedor de su casa. La lectura fue un hábito adquirido por todos sus hijos de los cuales doy testimonio de dos con quienes convivo desde que nací. Y al abuelo ¿quién lo habituó? Su papá, el bisabuelo Manuel, maestro de una escuelita de Las Monteros, quien leyó a su hijo Agripino –y a todos los alumnos que le fueron confiados–, los clásicos en esos pequeños libros de pastas marrones y verdes con letras doradas. Del bisabuelo, (a quien nunca vi, ni en foto), sé muchas de sus anécdotas con el infaltable “Mantilla”, donde él enseñaba desde el deletreo hasta temas de historia, botánica, historia sagrada, física, química, geografía, lenguaje, cálculo y muchos cuentos de todo el mundo.
A la vuelta de cinco generaciones, se puede decir, seguimos el legado de lectura, aún si las escuelas se resistieron a desarrollarlo. Mis hermanos casados y las tías, hemos transmitido a hijos y sobrinos ese encanto por los libros como se repite entre mis primos y sus familias. ¡Ese es una de las mejores herencias familiares!
Remato el testimonio con Adela Basch: “Leer les sirve a los niños a tener un acceso a la felicidad. Leer es una llave que nos permite entrar en contacto con nuestros propios recursos creativos, que todo ser humano tiene, pero que después de la infancia se adormecen. Entonces, la lectura aparece y despierta esa creatividad”.
Familias, escuelas: en un día como hoy, ¿no se animan a replantearse el tema lector?
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Diario El Tiempo. Piura, 2 de abril del 2014.