jueves, 27 de febrero de 2014

Tiempos de sequía


 
Caprichos tiene la sed
Miguel Godos Curay
 
El cambio climático tiene impactos severos sobre la agricultura y pesca en la región. La sequía ya hace estragos en la región aunque el oficialismo, el mismo que no acaba de averiguar cuándo se promulgó la ley de la gravedad, lo niegue. Basta recorrer el Bajo Piura para observar que no hay agua ni para los carnavales. Menos para las plantaciones de arroz y nada para las plantaciones de caña. En el Alto Piura la sequía se vive con dramatismo. El ganado languidece.
En el mar la vida es más sabrosa. La moda en las merluzas capturadas está entre los 30 y 40 centímetros. Las brisas mañaneras, en pleno febrero, son frías. A mediados de febrero nos consume la angustia, el temor al desempleo, la migración forzosa. Si no llueve tenemos que hacer milagros con la poca agua almacenada.
Las primeras lluvias refrescan el desierto y con ellas empiezan los temporales. En economías precarias y muy dependientes. El agua es la vida. Sin agua no hay cómo parar la olla.
Tradicionalmente, si no llueve hasta el 19 de marzo, festividad de San José, Dios nos tenga confesados. La dependencia alimentaria será mayor y los precios especulativos en los mercados pulverizarán los presupuestos. Mientras tanto, ya se pueden cosechar las primeras algarrobas dulces y sabrosas. Son la subsistencia para algunos rumiantes. La algarroba que se recoja es para sostener las majadas y contener el hambre. Grandes y chicos en serones y canastos recogen las vainas para conjurar la emergencia.
En la cuenca del Quiroz todas las esperanzas están puestas en el Padre Cautivo de Ayabaca que no desatiende a sus fieles. En Huancabamba, refiere don Justino Ramírez, los alcaldes y principales acudían a la procesión del Mamayaco implorando por las lluvias. Los brujos recurrían al ají rocoto que frotaban en los ojos de San Pedro. El ají al hacer llorar al apóstol provocaría la lluvia copiosa.
En Santo Domingo, alguna vez escuché que los fieles invocaron al párroco permita una salida urgente del santo patrón. El santo llevado en hombros recorrió las campiñas amenazadas por la sequía hasta que de pronto el cielo se cerró y los nubarrones con truenos iniciaron la lluvia.
La lluvia es la vida o es la muerte. Si no se siembra qué se come. Y si no se come la muerte da cuenta de los ancianitos y de los parvulitos. Si no hay siembra nadie va a la escuela. Todos enflaquecen o se van a la provincia en pos de esperanza.
Los funcionarios no entienden las dimensiones de la sequía y la pobreza. Ellos comen bien aunque no siembran. Mientras en las alturas juntar agua demora días y horas. Ellos desperdician agua porque ni idea tienen de dónde viene la agüita. La esperanza es lo último que se pierde. Tenemos los labios resecos. Caprichos tiene la sed.
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[Fuente: Diario Virtual El Regional de Piura. Domingo, 16 de febrero de 2014].
 


martes, 18 de febrero de 2014

Libre pensamiento

 
Jean Meslier:
 “De la necesaria posesión en común de los bienes y las riquezas”
 
Por Ignacio G. Barbero
 
Jean Meslier (1664-1729) fue el cura de dos pequeños pueblos de la antigua provincia francesa de Champaña desde los 22 años hasta su muerte. Dedicó su tiempo a predicar la bondad de la palabra de Dios y los beneficios de la moral cristiana. Tras su muerte, se encontraron en su pequeña oficina tres copias de un manuscrito dirigido a sus antiguos feligreses. Por eso mismo, este texto recibió, en primer término, el nombre de Testamento. En él renegó por completo de su papel como ministro de la Iglesia e hizo una defensa radical del ateísmo, el materialismo y el igualitarismo. Una obra original y virulenta en la que lanza dardos envenenados contra las religiones en general (que no son más que “errores, quimeras e imposturas”), Jesús, Dios, la monarquía, las clases pudientes y todas las instituciones privilegiadas del Antiguo Régimen, amén de airadamente denunciar las injusticias sociales, el pensamiento idealista y el sistema de valores cristiano, anclado en la apología del dolor. Un filosofar a martillazos que desmiembra el corpus doctrinal de la moral, la fe, la filosofía y la política de su época. El fragmento de su obra que aquí ofrecemos ataca sin piedad la lógica de la propiedad privada de los bienes de la tierra, que es, a su juicio, completamente injusta, pues fomenta desigualdades sociales sangrantes y pone a una parte de la población, la plebe, a trabajar y entregar la riqueza generada con el sudor de su frente a los grandes propietarios y nobles. Leamos y pensemos lo que reflexiona este cura ateo:
 
“Otro abuso que se autoriza y permite casi universalmente es la apropiación individual de los bienes y riquezas de la tierra que practican los hombres, en vez de poseerlos en común y de disfrutarlos igualmente en común.
Entiendo con ello que deben disfrutarlos y poseerlos en común quienes viven en el mismo lugar o territorio, de tal manera que aquellos y aquellas que viven en la misma ciudad, en el mismo burgo, en el mismo pueblo o en la misma parroquia y comunidad podrían arreglárselas para formar una sola familia, considerándose entre ellos como hermanos y hermanas, lo que haría que pudieran vivir juntos y apaciblemente disponiendo de los mismos o parecidos alimentos, yendo bien vestido, pudiendo disponer asimismo de un buen alojamiento y contar con buenos lechos y buenos fuegos para calentarse. A cambio, sólo tendrían que aplicarse, al mismo tiempo y por igual, a las diferentes faenas, al trabajo o a distintos empleos útiles y honrados de acuerdo con su profesión o con lo que resultara más necesario o conveniente de acuerdo con el tiempo y la estación, así como con lo que fuera más necesario. Y eso bajo la dirección no de quienes quisieran dominarlos imperativa y tiránicamente, sino bajo la dirección de los más sabios y mejor intencionados en lo que se refiere al progreso y mantenimiento del bien público. Ciudades y otras comunidades que estuvieran   próximas entre sí tendrían cuidado en procurar aliarse a fin de mantener inviolablemente la paz y la buena entente entre ellas para poder ayudarse y socorrerse mutuamente en caso de necesidad. Sin eso no se puede conservar el bien público, por lo que necesariamente resulta que la mayoría de los hombres es miserable e infeliz.
Ya que, en primer lugar, ¿a dónde conduce que los bienes y riquezas de la tierra sean distribuidos y disfrutados individualmente? Conduce a que todos se apresuran a coger lo más que pueden sin descartar ninguna vía, sea buena o mala, pues la codicia –que es insaciable y constituye la raíz de todos los vicios y males–, al ver, por decirlo así, una puerta abierta a la satisfacción de sus deseos, no se priva de aprovechar la ocasión para obligar a los hombres a hacer cuanto pueden para reunir los mayores bienes y riquezas posibles, a fin de ponerles a cubierto de la indigencia así como para proporcionarles la satisfacción de poder gozar de todo cuanto quieran. Ocurre entonces que los más fuertes, los más astutos, los más sutiles y. con frecuencia, los peores y más indignos son los que reciben más bienes y los que disfrutan más de las comodidades de la vida.
Ocurre entonces que unos tienen más mientras que el resto tiene menos, y sucede muchas veces que algunos lo cogen todo y no dejan nada para los demás, por lo que unos son ricos y otros son pobres, unos están bien alimentados, bien vestidos, bien alojados y cuentan con buenos muebles, buenas camas y buenos fuegos para calentarse, mientras otros que están mal alimentados, mal vestidos, mal alojados, duermen mal y no disponen de fuego para calentarse, dándose el caso de que hay incluso quienes no tienen ni un agujero donde meterse, sienten hambre y se hielan de frío.
Ocurre entonces que, mientras unos se emborrachan y revientan bebiendo y dándose las grandes comilonas, otros se mueren de hambre.
Ocurre entonces que hay unos que viven en la alegría y en el placer, mientras que otros están continuamente en duelo y llenos de tristeza.
Ocurre entonces que mientras unos tienen notoriedad y reciben honores, otros viven en medio del desprecio y la mugre, ya que los ricos gozan de mucha consideración y disfrutan de honores mientras que los pobres sólo reciben desprecio.
Ocurre entonces que hay quienes no tienen nada que hacer en la vida excepto descansar, beber y comer hasta hartarse, engordando en una apacible y muelle ociosidad, mientras que los demás se agotan trabajando, no pueden descansar ni de día ni de noche y sudan sangre para obtener lo necesario para vivir.
Ocurre entonces que los ricos, cuando están enfermos o tienen necesidad de algo, reciben toda la asistencia posible, todos los afectos, todos los consuelos y cuantos remedios pueden humanamente conseguirse, mientras que cuando enferman los pobres se ven conminados especialmente, mueren por falta de ayuda y remedios y sufren sus males y aflicciones sin consuelo ni afecto ningunos.
Y ocurre entonces, por último, que unos viven en la prosperidad, en la abundancia de bienes de todo tipo y en medio de goces y placeres, como si se encontraran en el paraíso, mientras que los demás viven en el sufrimiento y la aflicción y en medio de las miserias de la pobreza, como si se encontraran en el infierno.
Y lo más curioso de todo es que el paraíso y el infierno están separados muchas veces sólo por una calle o por el espesor de un muro o de una pared, ya que, muy a menudo, las casas de los ricos, donde hay abundancia de todo tipo de bienes y donde se disfrutan las delicias y los goces del paraíso, se hallan muy cerca de las casas de los pobres, donde falta de todo y donde se viven las penalidades y miserias de un auténtico infierno. (…)
Todos ellos [los ricos] viven del fruto de vuestro trabajo. Contribuís con vuestro trabajo a satisfacer lo que necesitan para subsistir, y no sólo a satisfacer lo que necesitan para subsistir sino también a cuanto necesitan para sus placeres y diversiones. ¿Qué sería de los príncipes y de los mayores potentados de la Tierra si no los mantuviera la plebe? Sólo obtienen su grandeza, sus riquezas y su poder de una plebe a la que ni siquiera tratan bien. Si no los sostuvierais no serían más que unos hombres débiles e insignificantes como vosotros. Y si no les dierais las vuestras, no tendrían más riquezas que vosotros. Por último, si no os sometierais a sus leyes y designios, carecerían de poder y autoridad”.
(Fuente: Memoria contra la religión, de Jean Meslier. Ed. Laetoli).
 


sábado, 15 de febrero de 2014

Escritura terapéutica

 
 
Escribir, esa saludable tarea
 
                                                                                  Por Eduardo Chaktoura
 
 
Una palabra, una frase, una carta, un diario íntimo, un blog, un libro. El acto de tomar nota de los sentimientos y las experiencias es, según los especialistas, una buena manera de mejorar la calidad de vida, superar los traumas, sobrellevar los dolores.
 
Casi sin saberlo, Susana calma su ansiedad mientras escribe la lista del supermerca­do. Pa­blo aminora la marcha de su obsesión cuando apunta las tareas pendientes. Renata escribe sobre sus desvelos y vence el insomnio. Borges pudo volver a dormir cuando pu­blicó Fu­nes el memorioso. Carlos avanza en su cuento sobre el cáncer que creyó imba­tible. Cuando Isabel Allende publicó Paula, comenzó a calmar el dolor por la enfermedad terminal de su hija. La actriz María Valenzuela "sorteó la locura" cuando empezó a anotar en un cuaderno cada paso de la milagrosa recuperación de Malena. El mundo pudo cono­cer el diario íntimo de Anna Frank. Hoy Lucía tiene un blog donde describe su "amistad de barro y cristal" con la anorexia.
 
Como la de ellos, miles de historias de ilustres y desconocidos se convierten en fiel tes­timonio de este ejercicio sanador que gana adeptos en el mundo. En las últimas dé­ca­das, distintas investigaciones científicas destacan el valor de la escritura como herra­mienta te­rapéutica. No es necesario conocer de reglas o técnicas narrativas. Sólo hace falta una lá­piz, un papel y animarse.  "A través de la escritura, las personas atravesadas por si­tua­cio­nes de estrés logran mejorar su bienestar psicológico y físico", anticipa Mónica Bru­der, doc­­tora en Psicología y experta en cuestiones de escritura terapéutica. "Cuando escri­bi­mos, liberamos lo que llevamos dentro -explica Bruder-. Hay un desbloqueo emo­cio­nal in­tenso, en el que se comprometen el pensamiento, la emoción y la palabra escrita. Así, des­cu­brimos lo inconsciente, revertimos miedos, descubrimos las causas de tantos do­lo­res, su­frimiento y limitaciones."
 
¿Por qué necesitó el hombre escribir ya desde la era de las cavernas? ¿Qué recurso o impulso natural lo llevó a explorar e inventar sistemas gráficos? Un paso decisivo en la evolución del Homo sapiens fue la adquisición de un vínculo entre el pensamiento y los símbolos materiales. La actividad gráfica puede entenderse entonces como una extensión de las facultades cognitivas del ser humano. Parecería imperiosa la necesidad de escribir desde tiempos primitivos.
 
En un principio no hubo letras, alfabetos ni palabras; había imágenes, dibujos, formas, aparentemente sin sentido, pero indudablemente con una significación. El hombre quería decir algo y necesitaba decirlo por escrito.
 
Esta idea evolucionó en silencio con la humanidad y hoy es posible certificarlo. Po­de­mos decir que cuando se escribe se "descubre" y en la expresión se devela un "algo" que nos da bienestar. Intentemos hacer este ejercicio. Imaginemos la siguiente escena, como si fuera una película: un hombre, sentado frente a la mesa, escribe. En ese momento mágico, se fugan del cuerpo la razón y las emociones. La razón la abraza, la contiene. La emo­ción se resiste, pero la necesita. Se necesitan como opuestos que se atraen. El abrazo corona al hombre, que busca, y en un momento fecundo encuentra y escribe. Las palabras vuelan sobre la hoja, mariposas de todos colores cargan letras de todo tipo. La idea se imprime. Se define el sentimiento, eso que el hombre necesitaba decir. ¿Qué escribió?, ¿qué dijo? Esa es otra película, otro ejercicio. Más adelante.
 
"El pensamiento es más lento que la emoción -explica Bruder-; así como escribir es más lento que pensar. En este cruce de tiempos del sentir-pensar-escribir, la razón libera las palabras necesarias. Así es como la escritura, el cerebro y el sistema inmunológico se triangulan en busca del bienestar."
 
Juan ya no grita cuando pelea con su mujer, le deja mensajes pegados en la alacena. "Aprendí a escribir lo que no podía decir, y tomo menos remedios para la presión", con­fiesa, orgulloso, su fórmula, ahora no tan secreta, para seguir casado. "Fue el consejo más sano que recibí de una amiga tan cabrona como yo -detalla Juan-. Ya cansado de dis­cutir en vano, por consejo de su amiga, Juan escribe y se relaja. "Es que cuando te detenés a escribir se empieza a relajar ese impulso que parece arrasarlo todo."
 
Cuando Juan deja mensajes en la alacena, calma su ansiedad, su enojo, dice lo que siente. Con lo que escribe: "Estoy enojado", "vuelvo tarde", "perdoname", "me equivoqué", lo que sea. Juan ya no grita, pero tampoco calla. Escribe, dice, sana.
 
Por un lado, está lo sanador del acto puro de escribir ("el abrazo de la razón y la emoción", del que hablábamos hace un instante). Por otro, aún más saludable y beneficioso, aparece el contenido, el mensaje que trae lo que uno escribe ("eso que el hombre de la película quería decir", y dijo, pero todavía no sabemos).
 
Así, lo que podríamos llamar "acto" y "producción" irrumpen en la hoja como dos momentos esenciales.
 
Hay evidencia fisiológica en el "acto". La escritura puede reducir la tensión arterial e incrementa el nivel de linfocitos circulantes en el torrente sanguíneo; es decir que aumentan las células responsables de la respuesta inmunitaria.
 
En 1999, un estudio de la Revista de la Asociación Médica Americana, de EE.UU., fue el primero en examinar los efectos de la escritura en enfermos. Los investigadores encontraron que los pacientes con asma que habían escrito sobre experiencias tales como accidentes automovilísticos, abuso físico, divorcio o sexualidad habían logrado mejorar su función pulmonar en promedio en un 19 por ciento. Por otra parte, en pacientes con artritis reumatoidea los síntomas mejoraron en un 28 por ciento.
 
En la "producción", en materia psicológica, la escritura fuerza al hombre a romper con la tormenta de pensamientos ocultos y recurrentes y lo ayuda a concretar lo que sien­te. Al conocer, disminuye la incertidumbre, toma conciencia, descubre, libera, comienza a sanar.
 
¿Qué escribió el hombre de la película? Sólo él lo sabe. Tal vez necesite compartirlo; tal vez no. ¿Cuál sería el argumento de la película que hoy escribiríamos cada uno de nosotros?
 
En primera persona
 
Mónica Bruder tuvo la suerte de estudiar y trabajar con James Pennebaker, profesor en la Universidad de Texas y pionero en este campo de estudio; él desarrolló con sus colabo­ra­do­res distintas técnicas de escritura terapéutica que se vienen utilizando en la inves­tiga­ción clínica.
 
Pennebaker propone escribir, en primera persona, la situación más traumática que nos haya tocado vivir. Así, comienza la catarsis, el desahogo.
 
Pennebaker comparte con cientos de profesionales de la salud que "la descarga de las emociones mediante los gritos, el llanto, la risa u otros medios puede mejorar de ma­ne­ra permanente la salud psicológica y física. Es importante que los individuos expre­sen li­bre­­mente sus emociones. Guardarse de manera activa los sentimientos puede ser es­tre­sante".
 
"La muerte de un ser querido, el divorcio, la pérdida de trabajo, las enfermedades terminales y otras crónicas, como el asma y la diabetes, suelen ser los eventos traumáticos más recurrentes en la clínica", detalla Bruder. Cada día, más escuelas de salud mental coin­ciden con la idea de que una enfermedad física guarda estrecha relación con lo psi­co­ló­gico. Es en este escenario donde la por entonces cuestionada pareja "cuerpo-mente" pa­re­ce coincidir en un baile armonioso al compás del lápiz. "Con la escritura terapéutica re­gu­lamos los procesos mentales, avivamos la actividad creativa y se amplían las posi­bi­li­da­­des de hacer productiva la actividad neuronal", señala Bruder. Con las neuronas tra­ba­jan­do a favor del bienestar, el cerebro le ofrece al organismo la energía necesaria para so­bre­vivir.
 
La propia Mónica Bruder vivió en carne propia la experiencia más simple y sor­presiva: "Tenía que dar una conferencia en un hospital. Era inevitable que me encontrase en el lugar con alguien con quien estaba profundamente enojada después de una situación límite. Me broté. Faltaban horas para la conferencia y el sarpullido era algo cada vez más rojo e insoportable. Empecé a escribir en papelitos todo lo que no le debería haber dicho a quien provocó mi alergia. A la mañana siguiente, ya no había comezón ni rastros".
 
Confesiones a la carta
 
Así como hoy podemos jugar con la idea de que todo empezó en las cavernas, se registra que desde el Renacimiento muchas personas tomaron el hábito de escribir diarios per­so­nales, cartas de amor, experiencias reales o imaginarias. Sin embargo, recién en los últimos 20 años los expertos han comprobado que las personas que escriben acerca de sus expe­riencias más dolorosas no sólo se sienten mejor, sino que visitan al doctor con menos fre­cuencia e incluso tienen respuestas inmunológicas más fuertes. Escribir en primera per-so­na parece ser el acto más puro de escritura terapéutica.
 
Diarios íntimos que devinieron en blogs. Cartas que hoy viajan en e-mails. Libros, autobiografías que siguen apareciendo como ofertas de autoayuda tanto para quien las escribe como para quien las lee.
 
Los seres humanos han sido capaces de producir grandes obras literarias en momentos conflictivos de su vida. La mayoría de los escritores de profesión, y también los aficionados, parten de sus propias experiencias traumáticas o dolorosas.
 
Imre Kertész, premio Nobel de Literatura 2002, y sobreviviente de los campos nazis, declaró -en un artículo publicado en LA NACION- cuando obtuvo su premio máximo: "No poseo otra identidad que el escribir. La escritura nos permite tomar conciencia de que no tenemos que ver con nosotros mismos. El hombre actual tiende a olvidar".
 
Todos conocemos el valor de la obra de Ana Frank. Los diarios íntimos de aquella adolescente judía, víctima del régimen nazi, que vivió escondida con su familia y otras personas en la parte trasera de una oficina. "Por eso, al final siempre vuelvo a mi diario: es mi punto de partida y mi destino (...) Le prometeré que, a pesar de todo, perseveraré, que me abriré mi propio camino y me tragaré mis lágrimas", escribió en una de sus páginas.
 
Claro está que la escritura es una herramienta perfecta para las almas con in­ten­cio­nes de resiliencia. Así como los relatos durante y después del Holocausto, los argentinos debemos hacernos cargo de tantos escritos terapéuticos que dejaron muchos sobre­vi­bien­tes y tantos muertos durante el Proceso militar.
 
La memoria es otro efecto positivo y fundamental de la escritura terapéutica. Quien escribe adquiere y recuerda información. Cuando uno escribe permite que esa información permanezca viva y latente. "La mía es una vida de mierda. En realidad, yo escribo porque si no estaría en el Moyano. En una silla. Hamacándome", decía quien perdió a su madre en un accidente cuando tenía sólo 8 años. Creció enojada por haber perdido el arrope más seguro. Cuando tenía 20, nació su hija Verónica. Desde ese día, empezó a escribir un libro que, seis años después, la haría famosa.
 
"Que me tenga, que me tenga mucho. Que se llene de mí. Que me respire. Que me toque. Que me obligue a quererla con toda mi alma y mi cuerpo también. Que me diga «mamita no te vayas». Que me lo diga para que yo me quede", escribió Poldy Bird en Cuentos para Verónica, el segundo libro más vendido después del Martín Fierro.
 
Poldy quedó viuda a los 36 años. Los libros que siguió escribiendo la mantuvieron en pie. En octubre de 2008, Verónica murió en forma súbita. Fue un ataque cerebral. En­tonces Poldy escribió: "Todo lo alumbra su nombre. Porque ella usaba zapatitos de charol con medias blancas...".
 
La vida es cuento
 
Así como Pennebaker propone escribir en primera persona para superar situaciones trau­máticas y alcanzar el bienestar psicológico, la doctora Mónica Bruder propone dar un paso más allá. Escribir un cuento con final feliz puede convertirse en una receta terapéutica más creativa, más beneficiosa. "Se entiende por cuento terapéutico todo cuento escrito por un sujeto a partir de la situación traumática más dolorosa que haya vivido y cuyo conflicto con­cluye con final «feliz» o positivo; la situación traumática vivida en el pasado se re­suel­ve positivamente en el cuento", define Bruder.
 
En todo cuento terapéutico hay un conflicto que se resuelve. La escritura de un cuento terapéutico puede ser comparada con las etapas de un tratamiento psicológico. Cuando uno busca ayuda terapéutica tiene un motivo de consulta, se establece un camino para enfrentar el conflicto y se llega o se debería llegar a una elaboración de esa "cuestión o inquietud" que nos llevó a la terapia. Cuando se escribe un cuento terapéutico hay una introducción, un conflicto, una resolución.
 
"Los personajes del cuento representan al autor de dicho cuento -explica Bruder-. Los diferentes personajes son los distintos aspectos de ese Yo que escribe. Este juego de persona/personaje ayudaría a provocar este cambio en el bienestar de los sujetos."
 
Cuando se escribe en tercera persona, suelen aparecer temas que nunca pudieron ser abordados con anterioridad por quien escribe. Poner el nudo del conflicto en la ropa de otro personaje no es lo mismo que cargar con ese traje gris y pesado.
 
"El conflicto que se resuelve en el cuento terapéutico se presenta como una foto­gra­fía, como una condensación de lo vivido traumáticamente por el sujeto y que termina fi­nalmente", asegura Bruder, quien está convencida de que "el cuento terapéutico es afecto".
 
"Al señalar que el cuento es afecto -explica-, se incluyen tanto los afectos positivos co­mo los negativos. Siguiendo las líneas de investigación actuales de la psicología salu­gé­ni­ca, centrada en la salud y no en la enfermedad, se considera que el final feliz o posi­ti­vo le permite al sujeto creador de ese cuento conectarse con los aspectos más saludables de su persona."
 
¿Qué película escribiríamos hoy sobre nuestra vida? ¿Qué cuento? ¿Qué blog, qué dia­rio, qué frase, qué idea? Lápiz y papel siempre a mano. Una palabra escrita puede bas­tar para sanarnos.
 
 
Con letra de molde
 
A los pocos meses de casarse, Paula, la hija de la escritora Isabel Allende, ingresó de ur­gen­­cia en el Hospital Clínico de Madrid en estado de coma irreversible. Su madre vivió el cal­vario junto a ella. Allende escribió la novela Paula para liberar su eterno dolor, sus an­gustias y sus miedos: "Escucha, mamá [...]. Vengo a pedirte ayuda..., quiero morir y no pue­do. [...]estoy atrapada. En mi cama sólo está mi cuerpo sufriente desintegrándose día a día [...] pero nadie me escucha. Estoy muy cansada. ¿Por qué todo esto?"
 
"Escribir me dio la calma, la fortaleza que me salvó de la locura", confiesa   la actriz María Valenzuela. En 2003, su hija Malena, entonces con 19 años, sufrió un aneurisma ce­re­bral que la llevó a vivir 13 días en un preocupante coma farmacológico. "Sabía que Ma­lena iba a despertar en algún momento -cuenta Valenzuela-, y ella tenía que saber todo lo que estaba pasando. No quería que en su historia quedara un agujero negro. No quería que la memoria frágil nos traicionara y que tantas cosas que vivimos quedasen en el ol­vi­do. Estaba escribiendo para mi princesa."
 
La entrevista a Poldy Bird publicada por LN R el 28 de octubre pasado permite co­ro­­nar esta idea de "escribir para salvar vidas". "Escribía todo lo que iba pasando –re­cuer­da-. Mi cuaderno y yo íbamos juntos a todas partes. Escribía (...) hasta en el baño, que era el único lugar donde me permitía escribir y llorar al mismo tiempo. Cuando lograba dor­mir, guardaba el cuaderno bajo el colchón, escondido como un tesoro."
 
Consejos prácticos para escribir
 
Cualquier momento es válido para volcar sobre el papel esa idea o sentimiento que nos da vueltas en la cabeza y en el resto del cuerpo. No hay contraindicaciones, pero los que necesitan sugerencias para una práctica más precisa y terapéutica, tomen nota:
 
         *         Encuentre un espacio y tiempo para escribir sin interrupciones.
 
         *         Prométase escribir un mínimo de 15 minutos diarios, por lo menos durante 3 o 4 días seguidos.
 
         *         Una vez que empezó, escriba continuamente, sin preocuparse por gramática u ortografía. Si se le acaban los temas, repita lo que ya escribió.
 
Escriba acerca de:
v  Temas en los que está pensando mucho, o que le preocupan.
v  Cosas con las que sueña.
v  Cuestiones que están afectando su vida de modo no saludable.
v  Temas que ha venido evitando por días, meses o años.
v  Escriba con absoluta honestidad.
 
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(Fuente: Diario argentino La Nación, on line).
 
 


sábado, 8 de febrero de 2014

La tercera medicina

 
Terapia en el plato
FELIPE HERNÁNDEZ
 
El autor subraya la relación de una mala alimentación con numerosas enfer­me­dades. Una visión de la salud que busca su lugar como la 'tercera medicina'.
 
Hipócrates, el llamado padre de la medicina, hizo la siguiente afirmación, que ha pasado a la historia: "Que la alimentación sea tu medicina y tu me­dicina sea la alimentación". Y yo, en estos tiempos, añadiría: mala me­di­ci­na será tu alimentación diaria si está plagada de aditivos, con­ser­vantes, car­ne finamente aliñada con dioxinas, hormonas y antibió­ti­cos, vegetales de­licadamente irradiados o exquisiteces transgénicas a la carta.
Hace décadas que la agricultura mundial y la industria alimentaria de­penden de prácticas que muchos consideramos nocivas: empleo indis­cri­­minado de pesticidas tóxicos, escaso control en la aplicación de la inge­niería genética a la agricultura, alimentos irradiados, aditivos alimen­tarios dañinos, engorde artificial de los animales para consumo huma­no, proce­sa­­do alimentario que genera moléculas perjudiciales, etcétera.
Ahora, la sociedad está acostumbrada a vivir con el reumatismo, las aler­gias, las migrañas, las várices, las hemorroides, los fibromas, los pó­li­pos o la hipertensión, sin que sorprenda. No obstante, estas enfer­me­dades bien podrían considerarse signos precursores de desórdenes inmu­nitarios y homeostásicos que anuncian males mayores. Por otro lado, nunca antes ha sido tanta la frecuencia de las enfermedades degenerativas.
Mediante potentes fármacos se han controlado e incluso erradicado enfermedades víricas y parasitarias graves. También el campo de la ciru­gía ha aportado importantes mejoras en la calidad de vida. Sin embargo, en lo concerniente a enfermedades dege­ne­ra­ti­vas poco se ha avanzado. En realidad ¡se han convertido en las plagas de nuestro tiempo!
Son muchos los investigadores que han llegado a explicaciones plau­­sibles sobre el ori­gen de numerosas afecciones, relacionándolas con los hábitos de vida, particularmente con la ali­mentación incorrecta, los po­lu­­cionantes y el estrés. Es a esta metodología a la que dedico mi actividad pro­fesional desde hace más de 15 años, impartiendo confe­ren­cias, semina­rios y for­mación a los profesionales de la salud, que, como yo, están con­ven­cidos de que: "Somos lo que comemos". Uno de los precursores de lo que llamamos la nutrición celular activa es el doctor J. Seignalet, quien después de más de 40 años de experiencia clínica y de investigación ha llegado a la conclusión de que en el origen de un grupo importante de en­fermedades se sitúa como factor determinante la alimen­ta­ción moderna, ob­viamente inadecuada para el organismo. En su obra La alimentación o la ter­cera medicina insiste en que el intestino del­ga­do es la vía de entrada más im­por­tan­te de numerosos tóxicos perju­di­cia­les para el ser hu­ma­no, par­ti­cu­larmente a través de la alimenta­ción. Por su parte, el doctor Fradin, del Ins­­ti­tu­to de Medicina Medioam­bien­tal de Pa­rís, sitúa en un 70% el número to­tal de enfer­me­dades de­pen­dientes de la alimentación.
Nos enfrentamos a dos problemas claramente identificados en lo to­cante a nuestros há­bitos de alimentación modernos. En primer lugar, no po­demos creernos todas las afirma­cio­nes que en los medios de comunica­ción se hacen acerca de la alimentación, especialmente en la publicidad, pero también en supuestos progra­mas destinados a enseñarnos a comer bien. Los intereses econó­mi­cos de las grandes industrias que controlan tam­­bién el sector ali­men­tario nos deben hacer ser escépticos ante la ava­lan­cha de productos manufacturados, envasados y "enriquecidos" que nos presentan.
Contrastando investigaciones serias e imparciales sobre la an­tro­­po­lo­gía de la alimen­tación nos encontramos con que muchos ali­men­tos de con­sumo diario que damos por senta­do son impres­cin­di­bles para estar bien alimentados, no sólo no lo son, sino que además nues­tras enzimas y mu­cinas intestinales no están adap­ta­das a ellos, dando lugar a infinidad de tras­tornos de salud, inicial­mente pre­clí­ni­cos, como astenia o agota­mien­­to, abom­ba­mien­tos ab­do­­minales y ma­­las digestiones, alteraciones en el tránsito in­tes­tinal o dolores de cabeza. [Internet]