martes, 28 de enero de 2014

Elogio de la música

 
 
 
 
La música es el lenguaje universal por excelencia
INMA SHARA*
 
La cultura en general y la música en particular tiene la gran capacidad de transmitir sentimientos para cambiar la sociedad de manera muy positiva para esta. La música es una terapia social, es un pilar fundamental para el desarrollo integral de nuestra realidad y para la estabilización de nuestra complejidad. La cultura refuerza una sociedad, la dota de herramientas que la hacen más firme y sólida ante las injusticias sociales, máxime en momentos de crisis como los que estamos viviendo en la actualidad. Es un referente para la humanidad, genera bases sólidas de comportamiento, supone un verdadero camino ético hacia la generosidad. Es la cultura la que alienta y guía una sociedad, forma en valores a su gente para asumir compromisos firmes de solidaridad.
 Vivimos en una sociedad muy materialista, donde prima la cantidad sobre la calidad, una sociedad muy cuantitativa y muy poco cualitativa y con modelos de felicidad, en mi humilde opinión, muy erróneos, basados en el hedonismo mal entendido, egocentrismo y la falta de generosidad, sociedades basadas en un individualismo brutal y competitivo donde todo es válido, donde el fin justifica todo tipo de medios, absoluto relativismo moral y acomodación mental ante cualquier situación, estos son nuestros referentes actuales comúnmente implantados. Asistimos a una clara crisis de valores sin referentes sólidos, estamos desorientados, impregnados de grandes dosis de desconfianza y crispación, con una intensa ansiedad consumista. Es por ello por lo que la cultura es más necesaria que nunca para transformar nuestra sed consumista y materialista.
 Mi vida es la música clásica, es más que una profesión es una forma de vida,  es el lenguaje universal por excelencia, es el verdadero lenguaje del corazón y de los sentimientos,  es esta ilusión la que me da aliento día a día en mi vida para llevar con verdadera alegría la música al corazón de todos los seres humanos. Con la confianza firme de que ella nos aúna en momentos de emoción irrepetible, abarca el mayor de los escenarios emotivos posibles  desde la alegría, hasta la esperanza, la reflexión, etc., hasta en sus acordes más dolorosos.
 Siento que la música es fruto de la expresión y de la belleza interior del hombre, es la utopía del sueño y de la bonhomía de la persona; ni en sus acordes más dolorosos es un sufrimiento real. La música realmente es un ejercicio inconsciente de metafísica en el que la mente no es consciente de que está filosofando, en definitiva la música es uno de los pilares más importantes para el desarrollo humano y es fundamental que apliquemos los valores que la música nos aporta para transformar la sociedad. Siempre desde el mundo de los sentimientos seremos capaces de movilizar la sociedad desde el equilibrio y la coherencia humana. Así y sólo así podremos crear una sociedad capaz de afrontar retos y resolverlos desde la coherencia y la prudencia propias de una sociedad evolucionada y civilizada. La cultura y sus valores refuerzan el verdadero concepto de democracia. La razón es la que nos guía pero son precisamente los sentimientos los que nos movilizan y nos hacen avanzar hacia el equilibrio personal y social. Es fundamental la paz interior que nos ofrece pensar y actuar desde las emociones bien orientadas.
 La música es un código de circulación ética, es una fuente de alimento para el espíritu, ayuda al hombre a través de su semántica a ser mejor persona, a la superación constante por y para los demás, supone una esperanza real de transformación de la sociedad y libertad de pensamiento, es una herramienta fundamental de integración social para avanzar en materia de derechos humanos y erradicar la pobreza.
En las sociedades más vulnerables la música crea lazos de afectividad, favorece la desaparición de las desigualdades de género, crea esperanza de cohesión social bien entendida, ilusión y futuro, en definitiva sensibiliza a una sociedad cambiando sus actitudes de compromiso hacia la creación de una sociedad más justa y amable brindando oportunidades fundamentalmente para nuestras nuevas generaciones, hoy niños y niñas.
 "La intensidad en el deseo", como Aristóteles nos dijo; sólo así, desde esta intensidad rotunda basada en el conocimiento de las verdaderas herramientas que nos llevan a transformar la sociedad podremos avanzar, emprender y comprenderla sin miedo a la desesperación. La cultura es primordial –esencial diría yo– en el descubrimiento y conquista de estas herramientas; y así, desde la estética cultural alcanzar la ética social.
 
(El Mundo. Madrid, 28 de enero del 2014).  
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* Directora de orquesta.
 


domingo, 19 de enero de 2014

Historias sublevantes

 
 
 
 
"Mujeres públicas"
 
FLORA TRISTÁN
 
 
Jamás he podido ver una mujer pública sin ser conmovida por un sentimiento de compasión por nuestras sociedades, sin sentir el desprecio por su organización y odio por sus domi­na­dores que extraños a todo pudor, a todo respeto por la humanidad, a todo amor por sus se­me­jantes, reducen la criatura de Dios al último grado de abyección. ¡La rebajan por debajo de lo brutal!
 
Comprendo al salteador de caminos que saquea a los que pasan por los grandes caminos y entrega su cabeza a la guillotina. Comprendo al soldado que juega constantemente su vida y no recibe nada a cambio sino unos centavos por día. Comprendo al marinero que expone la suya al furor de los mares. Los tres encuentran en su oficio, una poesía sombría y terrible.
 
Pero no podría comprender a la mujer pública abdicando de ella misma, aniquilando su vo­luntad, sus sen­sa­ciones, entregando su cuerpo a la brutalidad y al sufrimiento y su alma al desprecio. La mujer pública es para mí un misterio impenetrable... Veo en la prostitución una locura horrenda, o bien es en tal forma su­blime que mi ser humano no puede tener con­ciencia de ello. Arrostrar la muerte no es nada; pero ¡qué muer­te afronta la mujer pú­bli­ca! Está comprometida con el dolor y consagrada a la abyección. Sufre tor­tu­ras físicas in­ce­san­temente repetidas, muerte moral en todos los instantes, y desprecio de sí misma.
 
Lo repito, hay en ella algo de sublime o de locura. La prostitución es la más horrorosa de las plagas que produce la desigual repartición de los bienes de este mundo. Esta infamia marchita la especie humana y atenta contra la organización social más que el crimen.
 
Los prejuicios, la miseria y la esclavitud combinan sus funestos efectos para producir esta sublevante degradación. Sí, si no se hubiese impuesto a la mujer la castidad por virtud sin que el hombre a ello fuese obligado, ella no sería rechazada de la sociedad por haber ac­ce­dido a los sentimientos de su corazón, y la mujer seducida, engañada y abandonada no es­taría reducida a pros­ti­tuirse. Sí, si vos la admitieseis a recibir la misma educación, a ejercer los mismos empleos y pro­fesiones que el hombre, ella no sería más frecuentemente que él propensa a la miseria. Si vos no la expusieseis a todos los abusos de la fuerza, por el despotismo del poder paterno y la indi­so­lu­bi­li­dad del matrimonio, ella no estaría jamás co­lo­cada en la alternativa de sufrir la opresión y la infamia.
 
La virtud o el vicio supone la libertad de hacer bien o mal; pero cuál puede ser la moral de la mujer que no se pertenece a sí misma, que no tiene nada propio, y que toda su vida ha si­do preparada a sustraerse a lo arbitrario por la astucia y a la coacción por la seducción. Y cuando es torturada por la miseria, cuando ve el goce de todos los bienes alrededor de los hom­bres, ¿el arte de gustar, en el cual ha sido educada no la conduce inevitablemente a la prostitución?
 
¡Por ello, que esta monstruosidad sea imputada a vuestro estado social y que la mujer sea absuelta! Mientras que ella esté sometida al yugo del hombre o del prejuicio, a que no reciba la más mínima educación profesional, que esté privada de sus derechos civiles, no podrá existir ley moral para ella. En tanto que no pueda obtener el goce de los bienes sino por la influencia que ella ejerce sobre las pasiones, que no haya título para ella y que sea despojada por su marido de las propiedades que ella ha adquirido por su trabajo o que su padre le ha dado, que no sepa asegurarse el uso de los bienes y de la libertad sino viviendo en el celibato, no podrá existir ley moral para ella, y puede afirmarse que hasta que la emancipación de la mujer tenga lugar, la prostitución irá creciendo todos los días.
 
[…]
 
No obstante, [en Inglaterra] existen, solo pocos empleos para las mujeres que han recibido alguna educa­ción; además los prejuicios fanáticos de las sectas religiosas hacen rechazar de todo hogar, y a menudo incluso del techo pa­­terno, a las muchachas que han sido seducidas o engañadas, y la mayor parte de los ricos propietarios del campo, los fabricantes y los jefes de fábricas hacen el juego de seducirlas y engañarlas.
 
Ah, que estos ca­pitalistas, que estos propietarios del suelo, a quienes los proletarios hacen tan ricos por el intercambio de catorce horas de trabajo por un pedazo de pan..., están lejos de balancear, por el uso que hacen de su for­tuna, los males y desórdenes de todo género que resultan de la acumulación de las riquezas en sus ma­nos. Aquellas riquezas casi siempre alimentan el orgullo y oca­sionan excesos de intemperancia y de liber­ti­naje, de suerte que el pueblo pervertido por su ho­rrible miseria es todavía corrompido por los vicios de los ricos.
 
Las muchachas nacidas en la clase pobre son empujadas a la prostitución por el hambre. Las mu­je­res son excluidas de los trabajos del campo y cuando no son ocupadas en las manufacturas, no tie­nen otro recurso de vida sino la servidumbre y la prostitución.
 
Vayamos, hermanas mías, marchemos en la noche como en el día; a toda hora, a todo precio es pre­ciso hacer el amor, es preciso hacerlo, aquí abajo el destino nos ha hecho para cuidar la casa y a las mujeres honestas.
 
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Fuente: Tristán, Flora. Paseos en Londres. [Tomado de Internet]
 


jueves, 16 de enero de 2014

Culto al sombrero

 
Mi sombrero Panamá.
 
 
 
Mi sombrero va volando
 
boca arriba, boca abajo,
 
y en su vuelo va diciendo
 
todo amor cuesta trabajo.
 
 

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La historia descubierta del sombrero
(Revista Familia)
 
Siguiendo un poco el consejo de nuestro simpático amigo ‘Piajeno’, indagamos en internet acerca de la historia de la referida prenda, y encontramos este ameno y muy bien informado artículo, que gustosamente comparto con los visitantes de este blog. Como no figura el nombre del autor o autora, a quien felicito por este notable aporte, consigno el nombre de la publicación de donde he extraído el texto. [El editor de Diez Ayllus] 
 
Cubrirse la cabeza es una costumbre antigua, bien antigua. De hecho, en el periodo Neolítico, el hombre ya usaba grandes sombreros para protegerse del Sol. Un momento, dirá el lector, si toda la ropa se hace con materiales perecibles (no hay sombreros de piedra, ¿no?), ¿cómo lo sabemos? Porque hay pinturas en las cuevas prehistóricas.
¿Qué materiales usarían? El más antiguo material debe haber sido la piel animal, usada primero en su estado natural y luego teñida con procesos rústicos, cortada y sujeta con cordones en ojales, abiertos con huesos puntiagudos. Los elementos que la naturaleza siempre ha ofrecido al ser humano, no solo para proteger las partes más delicadas del cuerpo, sino a la vez, para mantener una temperatura corporal constante, han sido el ya mencionado cuero, la lana, la seda y el algodón.
Aunque la cabeza necesitaba protección, el sombrero, como toda prenda de vestir, pasó de lo útil a lo ornamental. Cuando aparecen las primeras civilizaciones, el sombrero es, a más de protección y adorno, un distintivo oficial. En la antigua Roma, todo ritual religioso, especialmente los sacrificios, debían realizarse velato capite, es decir, con la cabeza completamente cubierta. Ya en la Edad Media, en el concilio de Lyon de 1245, el papa Inocencio IV ordenó que los cardenales usen un sombrero escarlata, como símbolo de su dignidad.
Ni qué decir de Oriente, con su turbante ampliamente extendido y los sombreros típicos de cada región. Precisamente, en la Edad Media, cuando Occidente estaba atrasado, las novedades en sombreros vinieron de las sofisticadas civilizaciones orientales, como China, India, Persia, Egipto.
Pero la Europa de entonces sí inventó un sombrero, uno práctico y austero que bien reflejaba su pobreza medieval: la caperuza. Esta era una capa con lo que hoy llamaríamos en español una capucha. Esa extensión, que todavía la usan hoy ciertos frailes y algunos diseñadores, nos recuerda el cuento infantil Caperucita Roja (Little Red Riding Hood, en inglés).
Pero el sombrero moderno recién se ve en la Europa del siglo XIV, en vìsperas del Renacimiento. Hasta entonces, a más de la caperuza, había gorras, no solo las de la gente común sino hasta las más encumbradas, como el ya nombrado ‘capelo' cardenalicio. Lo que distingue al sombrero moderno, este sí europeo y usado como adorno, es el ala. Para hacer el sombrero con ala, se usó el fieltro.
El fieltro es un paño cuya característica principal es que para fabricarlo no se teje. Para hacer un fieltro se necesita conglomerar mediante vapor y presión, varias capas de fibras de lana o pelo de varios animales, usando la propiedad que tienen de adherirse entre sí. De ahí que a veces sea conocido como aglomerado. Esta técnica se usa para hacer alfombras.
El Renacimiento marcó el triunfo del sombrero de fieltro. Y no solo en Europa. El siglo XVI, los turcos empezaron a usar el fieltro de sus alfombras en un sombrero sin alas: el fez, un cilindro con tapa. Hoy este se usa en África y en Asia, y no solo los musulmanes.
Pero el sombrero europeo no se quedó en las alas, voló más arriba. Francia empezó a ser el centro de la moda desde el siglo XVII. Los famosos mosqueteros usaban unos sombreros de alas anchísimas y con más plumas que una paloma.
Por un tiempo, los más ricos reemplazaron el sombrero por la peluca. Fue una moda iniciada por el rey Luis XIII de Francia, en 1620. Lo que pocos saben es que ese monarca no era un antecesor de Pierre Cardin; simplemente se quedó calvo, una característica hereditaria.
En Inglaterra, la peluca se convirtió en símbolo de autoridad. Allí, hasta ahora, la usan los jueces. Pero en toda Europa, el sombrero no se rindió y la nobleza empezó a usar peluca y sombrero. La Revolución Francesa, 1789, acabó con las pelucas (y con los pelucones), pero no con el sombrero.
Llegamos al siglo XIX y con él, al triunfo completo de la burguesía. El capitalismo naciente trajo consigo nuevos tipos de sombrero. El más ostentoso fue el de copa, símbolo de la elegancia francesa. Pero los ingleses popularizaron otro: el de hongo o bombín o de coco (no porque se usara en el ‘coco' o cabeza, sino porque fue inventado por un señor Coke).
A mediados del siglo XIX, el estadounidense Singer inventó una nueva máquina de coser y la sombrerería se convirtió en una industria. Mientras los sombreros militares se modernizaron (incluyendo el antiguo casco de metal), aparecieron otros modelos de sombreros, como los de vaqueros, en Estados Unidos.
El inicio del siglo XX, en Europa, mostró una curiosa tendencia: el ala ancha era señal de capitalismo y el ala delgada se hizo símbolo socialista. En los años veinte y treinta, apareció un movimiento político en Europa que despreciaba por igual a socialistas y capitalistas. Muchos de sus simpatizantes no usaban sombrero. Es curioso que nuestros abuelos, en Quito, tan lejos del escenario europeo, llamaban ‘fascistas' a los que no usaban sombrero.
También a principios de siglo, surgió el sombrero de paja en Europa. Era una creación italiana y reflejaba el hecho de que París ya no era el único centro de la moda, Milán había entrado en escena. Este nuevo sombrero de paja era el que usaban desde hace años los gondoleros en Venecia. Ahora lo usarían miles de personas.
Pero el sombrero de paja realmente espectacular surgió en el trópico. El sombrero de paja toquilla fue una creación ecuatoriana. Desde Jipijapa se vendía en todo el Ecuador a mediados del siglo XIX. Algunos comerciantes manabitas (como Eloy Alfaro, antes de convertirse en político) empezaron a llevarlos a Panamá. De allí pasaron unos cuantos a Estados Unidos.
En 1906, el presidente estadounidense Theodore Roosevelt apareció en la inauguración del canal de Panamá usando un sofisticado sombrero de paja. Fotografías y postales circunvalaron el globo. Aquel sombrero, fabricado en Ecuador, comenzó a ser llamado Panama hat o sombrero de Panamá. Ironías de la vida. Además, no era un simple sombrero de paja toquilla el que usó Roosevelt, era un Montecristi fino, de lo mejorcito.
Volviendo a nuestros abuelos, aunque en la Costa ecuatoriana usaban mucho los sombreros de paja toquilla, en la Sierra se usaban más los de fieltro. Entre estos últimos, lo elegante era lucir un sombrero italiano Borsalino.
Hace unos 50 años, empezó a perder vigencia el uso del sombrero, en buena parte del mundo. Quizá por influencia del cine. Decayó su uso, hasta ahora...
   
[Tomado de la revista ecuatoriana Familia, versión digital].
 
 

 
La población rural de la sierra piurana usa los sombreros de copa alta y ala grande vuelta hacia arriba, como se observa en esta fotografía tomada cuando la Municipalidad de Santo Domingo, Morropón, rendía homenaje a la mujer campesina, con motivo de celebrarse el Día de la Madre, el año pasado.
 
 
 


jueves, 2 de enero de 2014

Para reflexionar

 
 
 
¿Qué estamos haciendo con nuestra vida?
 
SERGIO SINAY
 
 
Comunicación versus conexión. Éxito versus calidad de vida. Deseo versus necesidad. En medio de la maraña tecnológica, según advierten los expertos, ¿nos estamos perdiendo a nosotros mismos?
 
 
Cuando tenemos sed o cuando nos lavamos la cara en la mañana, ¿qué es lo que de veras ne­ce­si­ta­mos? ¿El agua o el grifo? La pre­gun­ta, como muchos interrogantes sencillos, tiene un poderoso efec­­­to cuestionador, y fue formulada por John Thackara, filósofo, pe­rio­dista y uno de los más res­pe­tados y talentosos diseñadores con­tem­po­ráneos. Creador y director de Doors of Per­cep­tion, una red con se­de en Amsterdam que conecta a diseñadores, pen­sa­do­res e in­no­va­do­res de todo el mundo pa­ra reflexionar sobre el futuro, Thac­ka­ra es au­tor de un decálogo en el que pro­po­ne pen­sar en las ne­ce­­si­dades antes que en las innovaciones y en el valor social antes que en la no­ve­dad de la tecnología.
 
La pregunta sobre el agua y la canilla podría extenderse a numerosos rubros de la vida coti­diana. ¿Necesitamos comunicarnos o un celular que tome fotos, emita música y adivine qué número deseamos marcar? ¿Necesitamos ponernos en contacto con otro ser humano o per­der­nos en la mara­ña de un chateo multitudinario? ¿Necesitamos transportarnos o un auto que bata las marcas mun­dia­les de velocidad? ¿Necesitamos la información que nos es útil o toda la que se nos ofrece torren­cial­mente? ¿Necesitamos ver una película que nos alimente estética, emo­cional o intelectual­mente o só­lo bajar de Internet todos los filmes posibles y verlos uno detrás de otro hasta no recordar ni la tra­ma ni las imágenes de la mayoría de ellos? ¿Necesitamos comunicarnos cuando de ello de­pen­de al­go esencial o poseer un artefacto que nos salve del silencio y de la intimidad las vein­ti­cua­tro horas del día, en cualquier momento y en cualquier lugar? ¿Necesitamos escuchar música o ato­si­garnos de ruido sólo porque es fácil acceder a él?
 
Hacia mediados de 1940, el psicoterapeuta ruso-esta­douni­den­se Abraham Maslow, uno de los pilares de la psi­co­lo­gía humanista, desarrolló su célebre pi­rá­mide, que describía las ne­ce­sidades hu­ma­nas. En la cima están las necesi­dades de autorrea­li­za­­ción (cumpli­miento de las potencialidades más pro­fun­das del in­di­viduo, las que dan sentido a su vida). En la base, las fi­sio­lógicas (ali­mento, agua, aire, abrigo, techo). Entre ambas, las de au­toestima, de acep­tación (amor, amistad, afecto, per­te­nencia) y de seguridad (pro­tec­ción).
 
Maslow sostenía que, cubiertas las necesidades de la base, el individuo empieza a em­plear sus energías progresivamente en las otras. A mitad de camino de ese ascenso, en las de acep­tación, está socialmente incorporado. Maslow habla siempre de necesidades, nunca de “de­seos”. Estos sue­len camuflarse como necesidades, distraer la energía, generar conflictos inte­rio­res, insa­tisfac­ción, an­­gus­tia existencial. Confundir deseos con necesidades y satisfacción o pla­cer con felicidad suele ser un paso habitual en nuestra cultura y un motivo de confusión, desorientación y descontento.
 
Aunque ha recibido algunas críticas (se le objeta “arbitrariedad” y se la ha llamado “ob­so­le­ta”, como si las características humanas pudieran serlo), la vi­gencia de la pirámide es fá­cil­mente ob­servable en el mundo contemporáneo. Un caso es el del holandés Jil van Eyle, que además de ase­sorar al director técnico del Barcelona, Frank Rikjaard, es el creador del proyecto Teaming, de­di­ca­do a recoger fondos para diversas ONG del mundo. Hoy, Van Eyle tiene 39 años; hasta los 33 fue un asesor mimado de grandes corporaciones. Entonces nació Mónica, su pri­mera hija, afectada de hidrocefalia. No había esperanzas para ella: se le pronosticaba una pron­ta muerte. Van Eyle no se resignó, luchó por la niña a pesar del escepticismo médico. Mó­ni­ca sobrevivió. Es sorda, ve po­co, pero ha comenzado a caminar, sonríe, se comunica. “Hasta ha­ce diez años, con­fiesa Van Eyle con co­raje, yo era un idiota re­do­mado. Sólo me im­por­ta­ba mi carrera, ganar dinero y tener un coche ca­ro. Sufría si el auto de un ami­go o de un colega era me­jor que el mío. Así como me había pro­me­ti­do ser mi­llo­nario, a par­tir de Mónica me juré que se­ría el mejor padre del mundo. Ella me enseñó a dar­le sentido a mi vida, y una vida con sen­ti­do es una vida útil. Hoy no tengo coche, pero no me sien­to solo, co­mo cuando corría tras los mi­llo­nes. Vivo co­mu­ni­cado con los demás; eso es lo que ne­ce­si­ta­mos los seres humanos.”
 
Por cierto, no es lo mismo la comunicación de la que habla Van Eyle que la simple co­ne­xión. En su lúcido y ya clásico ensayo El amor líquido, en el que explora sin con­ce­sio­nes las re­­laciones humanas en la sociedad contemporánea, el sociólogo polaco Zygmunt Bau­man ad­vier­te que vivimos en un planeta en el que cada vez hay más personas co­nec­ta­das y, para­dóji­ca­men­te, más incomunicadas entre sí. ¿En qué se evidencia la inco­mu­ni­ca­ción? Por ejemplo, en la falta de tiempo de padres para los hijos. Se delega la crianza en la es­cuela, en personal asis­tente (niñeras, profesores privados, entrenadores), en los juegos de com­putación, en la com­pu­ta­dora misma, en la televisión. En septiembre de 2006, una en­cues­ta nacional efectuada por el Mi­nisterio de Educación señalaba que el 30% de los chi­cos de 11 a 17 años en la Argentina veía seis horas diarias de televisión y el resto, no me­nos de tres horas. Cifras inquietantes en un país donde, además, no parece haber ni regu­la­ción ni autorregulación responsable sobre los contenidos.
 
La falta de comunicación se manifiesta también en la falta de tiempo para la in­ti­midad (emo­cio­nal, conversacional, creativa) en las parejas y familias, un fenómeno que resuena en los lamentos que, cada vez más, escuchan los psicoterapeutas, los con­sul­tores psicológicos, los pas­to­res, rabinos y sacerdotes. Algo explicable cuando los prin­cipales suplementos económicos dan cuenta de la nueva modalidad de los eje­cutivos, que consiste en trabajar más horas por semana, hasta incluir los domingos, aun­que en este caso algunos aclaran que concurren a la oficina en bermudas, así como otros calzan su traje de baño y van a la playa provistos de su notebook con conexión ina­lámbrica. El psicoeconomista español Alex Rovira (asesor económico y autor de La brú­jula interior, un libro que vendió más de 400 mil ejemplares) fue consultado acerca de la frase que sostiene estas conductas: “No puedo no hacerlo, es mi trabajo, tengo que ganarme la vida”. Dice Rovira: “¡Qué frase tan perversa! La vida ya la tienes ganada, ahora dale sentido. O el último día te oirás decir: Sí, me gané la vida… ¡pero no la viví!”.
 
La comunicación se esfuma cuando los casi dos millones y medio de cuentas de correo elec­trónico que existen en el país portan un 90 por ciento de spam (mensajes basura) o de mensajes pres­cindibles, o cuando los 20 millones de celulares que circulan por el país son, a menudo, como ad­vierten los estudio­sos del comportamiento social, interruptores u obstáculo de la comunicación per­sonal, ya que siempre tienen prioridad sobre la presencia del interlocutor de carne y hueso. Lo que nació como una herramienta de gran utilidad en emergencias o para contactos necesarios e im­posibles hasta entonces, amenaza ahora con ser el “ruido” que impide la comunicación. Una ver­da­de­ra paradoja.
 
Pero acaso nada sea tan paradójico como la cifra que proporcionó a La Nación en el último mes de octubre el representante de una de las dos empresas que recogen desechos electrónicos a escala nacional. Unas 100 mil toneladas de equipos informáticos y electró­ni­cos se convierten cada año en chatarra en el país. La mayoría de ellos no se rompió ni dejó de funcionar. Sim­ple­mente son obsoletos, pasaron de moda. Sus usuarios los descartan sin haber aprendido a usar todas las funciones del equipo. El motivo es, sencillamente, “ponerse al día”, no quedar “fuera de onda”.
 
Dónde poner el foco
 
Para todas estas cosas se necesita tiempo. Como el dinero, el tiempo es una convención y, como aquél, si se usa en un lugar mer­ma en otro. La conexión sin comunicación, la carrera detrás de lo no­­­­vedoso, el priorizar lo material (bajo la forma de rentabilidad, con­­­sumo de bienes y servicios, lu­jo disfuncional y dispendioso, ex­plo­tación irracional del medio ambiente) requiere un tiempo y una atención que, usualmente, se resta de los vínculos con amigos, con fa­­miliares, con hijos y pare­ja, con actividades enri­que­cedoras en lo emo­cional y espiritual. Y esto conlleva costos de salud psí­qui­ca y vincular.
 
Como suele aconsejar Stephen Covey, el célebre consultor en liderazgo que asesora a empresas, colegios, universidades y gobiernos, además de ser au­tor, entre otros títulos, de Los siete hábitos de la gente altamente efectiva y Pri­mero lo primero, “la urgencia es un calmante temporal que se usa en exce­so”. ¿Qué calma la urgencia? Procura aplacar la angustia provocada por la bre­cha que se abre entre la brújula y el reloj. Aunque son parecidos (cuadrante, cris­tal, agujas), el reloj marca el tiempo mientras que la brújula orienta la dirección.
 
Y hoy estamos inmersos en la cultura del reloj. Hacerlo todo, rápido, llegar a tiempo, ganar tiempo, no tener tiempo. La brújula (¿adónde voy?, ¿para qué?, ¿qué puedo aprender y apreciar en el camino?, ¿cuál es el norte de mi marcha y, por lo tanto, el sentido de mi vida?) suele quedar olvidada en el fondo de una mochila sobrecargada de cosas prescin­dibles.
 
En el Tíbet existe este dicho milenario: “Si quieres conocer el futuro, mira el presente”. Se pue­de traducir en las siguientes preguntas: ¿Están nuestros es­fuerzos en lo que de veras importa y tras­ciende? ¿Estamos comunicados con la voz de nuestro co­ra­zón y con la mirada de nuestros seres queridos? ¿Estamos aten­diendo a nuestras ne­ce­sidades o somos presa de nuestros deseos? ¿Estamos viviendo una vida elegida o só­lo la que se nos induce a vivir? Michael y Justine Toms, un ma­tri­mo­nio de con­sul­tores en comunicación y mercadotecnia, crea­do­res de los Círculos de Trabajo Au­tén­ti­co, gru­pos de reflexión sobre el senti­do, el cómo y el para qué del trabajo en la vida de las per­sonas, y autores de El zen del trabajo, dicen: “Servir a las personas y al planeta es el sello dis­tin­ti­vo del tra­bajo auténtico. Lo que hagamos, cómo lo hagamos, cómo pro­duzcamos, có­mo con­su­ma­mos, có­mo nos relacionemos entre nosotros y con los otros, influirá en nuestra vida, en la de nues­tros hijos y en la de los hijos de nuestros hijos”.
 
En contraste con esta propuesta, hay cifras que llaman a una deliberación urgente y ac­tiva. En octubre de 2006, la New Economic Foundation (NEF), una organización que ha de­sarrollado el concep­to de deuda ecológica para cuantificar la incidencia de la in­dus­tria­li­za­ción y el consumo masivo sobre el planeta, informaba que para esa fecha los seis mil mi­llo­nes de habitantes de la Tierra habían ago­tado el capital ecológico correspondiente a todo el año. En los tres meses que faltaban para completar el período, advertía NEF, se gas­ta­rían más recursos de los que el planeta está en con­di­ciones de re­generar. Es, como el título del do­cumental que el ex vicepresidente de Es­ta­dos Unidos, Al Gore, ha divulgado a lo largo y an­cho del mundo, Una verdad in­có­moda. Pero es una verdad que nos atañe en nuestra vida y hábitos cotidianos. Se pue­de permanecer indiferente ante ella, pero eso no garantiza indemnidad. Al contrario.
 
Muy entretenidos
 
Toneladas de chatarra electrónica usable, frenesí en la pro­duc­ción de au­tos y gasto de combustible, invitación a consumir en ho­ra­rios de descanso (hap­py hours de compras des­pués de me­diano­che) son apenas algunos emer­gen­tes de un estilo de vida que se di­fun­de mientras desaparecen los es­pa­cios de encuentro hu­ma­no, esos en los cuales se dialoga, se confraterniza, se com­parte, se re­la­ta, se es­cucha. Se construyen cada vez más espacios de esos que el an­tro­pó­­logo francés Marc Augé bautizó como no lugares (centros co­­mer­cia­les, me­ga­esta­dios, gigantescos aeropuertos con faraónicos free shopp­ings, etc.), de los que Bauman, en su ensayo La globaliza­ción, dice: “La gente es atraída y en­­trete­ni­da cons­tan­temente, aun­que nun­ca du­rante mucho tiempo, por las in­terminables atracciones. Pero no la alientan a detenerse, mirarse, conversar, pen­­sar, ponderar y de­ba­tir algo distinto, a em­plear el tiempo en actividades des­pro­vistas de va­lor comercial”. De ese mo­do, se ro­bus­te­ce un tipo de vi­da que Bau­man insiste en describir: “No solidarizarse con el otro, si­no evi­tarlo, se­pararse de él: tal es la gran estrategia de su­per­vi­ven­cia en la megalópolis mo­derna”.
 
Sin embargo, algo no funciona. En la última semana de di­ciem­bre, el semanario bri­tá­nico The Economist confirmaba que, aun cuando la economía mundial ha crecido a una ta­sa anual del 3,2% desde 2000 (y los ricos se enriquecieron más, consecuentemente), las en­cuestas sobre el estado de felicidad de las personas no mues­tran índices crecientes. De re­greso a Maslow, pa­rece confirmarse que satisfacer ne­ce­si­dades materiales y fisio­ló­gi­cas na­da significa si no se continúa el ascenso de la pi­rámide. Insatis­fe­chas, las otras ne­ce­si­da­des seguirán siendo preguntas abiertas, co­mo las que salpican este texto. Su falta de res­puesta también puede medirse en cifras. En la Argentina, donde la economía crece a un sos­tenido 9% anual, la Confederación Far­ma­céutica (que representa a 10 mil farmacias de to­do el país) señala que el con­su­mo de an­ti­depresivos aumenta un 12% por año. Una en­cues­ta de Gallup rea­li­zada hace un año y que abarcó a 50 mil per­so­nas en 70 países, in­cluido el nuestro, reveló que cada vez más per­sonas se inclinan ha­cia la religión. Buscan en un ámbito tras­cen­den­te las respuestas emo­cionales y espirituales que necesitan ante “la in­­con­sistencia de los valores sociales y políticos”, como señaló en­ton­ces el filósofo Santiago Kovadloff.
 
Sobre esto mismo, la escritora italiana Susana Tamaro (autora de Donde el corazón te lleve, un libro profundamente reflexivo que ya alcanzó nueve mi­llo­­nes de ejemplares en el mundo) le confió a la periodista argentina Teresa de Eli­­zalde: “La tendencia de convertir al hombre en una máquina sin alma ha crea­do el efecto contrario. Las personas sentimos nostalgia de cosas esen­cia­les, de vida interior, y nos revelamos a la dictadura del ma­te­ria­lis­mo. La vida es al­go más que com­prar o drogarse. Hay una realidad más miste­rio­sa y pro­funda, la rea­­­lidad espiritual. Aparentar y vivir son considerados sinónimos, pero no es así”.
 
Esa realidad espiritual, esas necesidades del alma, el encuentro con los otros, el tiempo para el diálogo y la caricia, para la mirada y el registro, para sentir y transmitir, son el agua. Todo lo demás es gri­fería. Mejor o peor diseñada, más cara o más barata, más osten­to­sa o más minimalista. Sólo grifería. Es útil. Pero lo necesario es el agua.
 
¿Con C o con E?
 
Los especialistas en mercadotecnia hablan ya de una Ge­ne­ra­ción C: la de los con­su­mi­dores. Y ésa parece ser la gran oleada hu­mana de estos tiempos. Per­sonas atentas a las no­ve­da­des del mer­ca­do, in­fatigables compradores que van fielmente detrás de lo no­vedo­so. No es una generación que se de­fine por idea­les polí­ti­cos o fi­lo­sóficos, no se propone cam­biar ni mejorar nada, no tiene in­te­rro­gan­tes de tipo espiritual (o no se identifica a partir de ellos). Su aten­ción y su tiempo libre están de­di­ca­dos a consumir.
 
Así, sin eu­fe­mis­mos. Los di­se­ña­dores y de­par­ta­mentos de marketing los tie­nen en cuen­ta, los estudian, incluso los “in­filtran” para adi­vi­nar sus ape­ten­cias, o para fomentarlas. “Cam­biar por cam­biar, con­su­mir por con­su­mir, no supone nin­gún avance”, dice al respecto el re­co­nocido di­se­ñador ca­ta­lán Juli Capella. “Ninguna in­no­va­ción es automáti­ca­men­­te positiva y, sin embargo, es el pan nuestro de cada día. Miles y miles de nuevos productos, de nuevos modelos, cier­ta­mente no­ve­do­sos, pero no innovadores.”
 
Ca­pe­lla recuerda que permitirse el encuentro con el otro, el ha­llazgo inesperado, la expresión crea­tiva de una necesidad emo­cional, el tiempo para la re­flexión y hasta para la ru­ti­na considerada como ritual requiere también del es­pí­ritu de búsqueda. “Ser re­cep­ti­vo a fe­li­ces acon­tecimientos no buscados –es­cri­be– es también inno­va­dor.” Acaso ésa sea la tarea de una ge­­neración a crear. La Ge­ne­ra­ción E (empática, espiritual, emprendedora de vi­das signifi­ca­­ti­vas).
 
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* El autor es escritor, periodista y especialista en vínculos humanos. Su último libro es La masculinidad tóxica.
 
Tomado del diario argentino La Nación (versión digital).