viernes, 27 de septiembre de 2013

Flor del guayacán

 
 
 
 

 
 
 
En primera persona

Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras…
Martín Adán
 
Para mi bella prima Afrodita Jiménez
 
 
Recuerdo tu sonrisa,
Tus trenzas azabaches, largas y sedosas
Tu faz, como la luna que nos alumbrara
                           cierta noche de agosto 
Tus ojos, los luceros más brillantes de la Vía Láctea  
Tus labios, que sabían a moras silvestres
Tu talle, sinuoso como la flor del guayacán
Tu risa, cantarina como la lluvia de febrero     
Tu voz, sensual como el arrullo de las torcazas
Y todo lo demás
Que nada ni nadie ha podido
                                                hacerme olvidar.
                                                                                [Saúl, 2013]
 
 


lunes, 2 de septiembre de 2013

¿Somos libres...?

 
Festejos por una independencia sin libertad
HERBERT MOROTE
[Extracto]
 
[…]
 
«Los norteños, tanto de la costa y como de la sierra, festejaron el fin del sacrificio de vidas y despojo de bienes, creyeron que la miseria en la que se encontraban acabaría finalmente después de la política de “tierra arrasada” de Bolívar. Los departamentos del sur —que también habían contribuido a la causa patriota aunque en menor grado, ya que Bolívar no controló esa zona— festejaron la libertad y la esperanza que ofrecía un Pe­rú libre e independiente. Los limeños también creyeron que la independencia signifi­ca­ba el fin a los saqueos, robos, asaltos, y la vuelta al orden, al progreso. En la sierra cen­­tral muchos indígenas festejaron el fin a la explotación y al trato inhumano, creyeron que serían dueños de su futuro o, por lo menos, tener la posibilidad de participar en el di­se­ño de él. En fin, casi todos los peruanos creyeron que la independencia traería liber­tad individual, paz y bienestar. En los siguientes meses Bolívar se encargó de demostrar que los peruanos estaban equivocados.
La separación de España no trajo la libertad personal, en nada cambió la es­tructura social y económica del pueblo, siguió la esclavitud, la explotación del indígena fue peor. Los que momentáneamente ganaron fueron algunos criollos advenedizos y la jerarquía militar; los primeros se beneficiaron de lo dejado o expropiado a los españoles que emigraron a su patria. Por su parte, la jerarquía militar creyó que por haber dirigido la guerra estaba designada para dirigir la paz. Por lo demás, poco cambió en el Perú y lo poco fue malo para los indígenas que representaban cerca del 60% de la población.
La independencia pasó “inadvertida”, dice Gootenberg, un prestigioso historia­dor contemporáneo. Los peruanos siguieron sin libertad para expresar sus pensamientos ni para decidir cuál debía ser su futuro. El hecho de cambiar de amo no los hizo más libres, podría haber dicho Marcuse.
Sobre este punto es necesario llamar la atención sobre la horrenda confusión en­tre lo que es “independencia” y lo que es “libertad”. Muchos historiadores nos han in­du­cido a creer que ambos términos son sinónimos y esto no es verdad. El Perú, como es­tado, se independizó de España, pero su gente siguió oprimida. La independencia de un estado al sometimiento de otro no significa necesariamente que sus ciudadanos que­den libres, a veces siguen sometidos a la tiranía del gobierno de turno, como fue nuestro caso. Nosotros festejamos el 28 de julio conmemorando la Jura de la Independencia como si ese evento hubiera traído la libertad. Hasta el primer verso del Himno Nacional ayuda a confundirnos: “somos libres”. No fue así, el peruano siguió “largo tiempo opri­mido y en silencio gimió”.
La independencia del Perú fue únicamente la eliminación de España como fuen­te de poder político. Y decimos poder político y no económico ni social, porque para un trabajador de las minas o del campo, es decir la mayoría de los peruanos del siglo XIX, fue exactamente igual que la propiedad estuviese en manos de un español, de un inglés o de un criollo peruano. En lo político se cambió el régimen colonial por una dictadura mi­litar, y una dictadura siempre está más cercana al colonialismo que a la democracia. De este modo, la independencia no trajo libertad porque para tener libertad había que te­ner democracia, y esto ni Bolívar ni sus sucesores lo permitieron. El peruano siguió sin tener canales para expresar su opinión, para defender sus derechos, para participar con su voto en los destinos de la nación. La independencia no creó accesos para encaminar las protestas y opiniones del pueblo, al contrario, las pocas vías que protegieron a los peruanos durante la Colonia, tal como apelar al rey de España, desaparecieron con la independencia.
Con la independencia el Perú se convirtió en lo que Alberto Flores Galindo llamó justificadamente “una república sin ciudadanos”
[…]
 
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[Extraído del libro Bolívar, libertador y enemigo número 1 del Perú…, de Herbert Morote. Tomado de internet]