jueves, 29 de agosto de 2013

La Enfermedad del Tiempo


 
Movimiento Slow
La principal intención del movimiento Slow es mostrarnos la posibilidad de llevar una vida plena y desacelerada, haciendo que cada individuo pueda controlar y adueñarse de su existencia.
En propias palabras del movimiento Slow, en la actualidad el individuo moderno vive sumido en una particular carrera de obstáculos en la que controlar el cronómetro hasta la milésima determina nuestra existencia. La desconexión del medio natural y su tempo, ligado a las estaciones y demás factores que escapan a nuestro control, parece un espejismo en las sociedades occidentales de hoy en día. Las ciudades se vuelven anónimas y levitamos, sumidos en nuestro peculiar universo de intereses. La prisa es el motor de todas nuestras acciones y envuelve nuestra vida acelerándola, economizando cada segundo, rindiendo culto a una velocidad que no nos hace ser mejores.
El movimiento Slow no pretende abatir los cimientos de lo construido hasta la fecha. Su intención es iluminar la posibilidad de llevar una vida más plena y desacelerada, haciendo que cada individuo pueda controlar y adueñarse de su propio periplo vital. La clave reside en un juicio acertado de la marcha adecuada para cada momento de la carrera diaria. Se debe poder correr cuando las circunstancias apremian y soportar el temido estrés que en demasiadas ocasiones nos embarga; pero a la vez saber detenerse y disfrutar de un presente prolongado que en demasiados casos queda sepultado por las obligaciones del futuro más inmediato.
El movimiento Slow tiene su inicio en la Plaza de España en Roma (Italia) en 1986 y es fruto de cierta actitud contestataria por parte del periodista Carlo Petrini cuando se topó con la apertura de un restaurante McDonalds en este enclave histórico de la capital italiana. Consideró que se estaban traspasando los límites de lo aceptable y predijo los peligros que se cernían sobre los hábitos alimentarios de los europeos, empeñados en imitar los dictados del otro lado del Atlántico. La respuesta no se hizo esperar, fundándose la semilla del movimiento Slow Food.
Hay que distinguir entre ser lento y ser perezoso, y este movimiento propugna trabajar para vivir, no al contrario
Carl Honoré, autor del libro Elogio de la lentitud, es uno de los teóricos de este movimiento mundial que promueve un ritmo sosegado hasta en las actividades más cotidianas del ser humano. Para este periodista canadiense con residencia en Londres, una vida rápida es una vida superficial, de ahí que la lentitud no tenga nada que ver con la ineficacia, sino con el equilibrio.
El movimiento Slow no está organizado ni controlado por una organización como tal. Una característica importante de este movimiento es que se propone y su inercia se mantiene por individuos que constituyen la comunidad global Slow, comunidad que tiende a expandirse. Aunque ha existido bajo diversas formas y manifestaciones desde la Revolución Industrial, su popularidad ha crecido considerablemente desde que se estableció en Europa Slow Food y Cittaslow, al tiempo que otras iniciativas Slow se extendían por Australia y Japón.
Vivimos como si los recursos fueran infinitos
Según dicen sus teóricos, vivimos como si no hubiera mañana, como si los recursos naturales fueran infinitos, y sabemos que no lo son. Hay bastantes elementos en la vida moderna que combinados con la rapidez nos empujan directamente a la superficialidad.
Casi una década después, en los noventa, ese combate contra la tiranía de las prisas y a favor de una cultura de la tranquilidad, ha llevado a las distintas manifestaciones Slow que conocemos y otras que irán surgiendo.
Las ciudades, la comida, e incluso el turismo, son espacios vitales en los que sin renunciar a la tecnología, podemos mejorar nuestras experiencias simplemente olvidándonos un rato del reloj.
 



“Vivir de prisa no es vivir, es sobrevivir”

Carl Honoré

Carl Honoré, uno de los principales teóricos de la Filosofía Slow, famoso por su libro premiado Elogio de la lentitud, sostiene que la hiperactividad actual nos lleva a dedicar nuestras energías a otras metas que nos hacen olvidar las cosas importantes de la vida. A continuación algunas reflexiones suyas al respecto:

v  Sufrimos la Enfermedad del Tiempo creyendo que todo se debe hacer rápido.
 
v  Intentemos decrecer el ritmo alocado en que vivimos para no degradarnos nosotros mismos. Simplemente reduzcamos la marcha y busquemos el tiempo justo para cada cosa; saboreemos cada momento priorizando lo imprescindible.

v  No dejes que tu agenda te gobierne.
 

v  Muchas cosas que te planteas ahora son postergables. Prueba y verás.
 

v  Cuando estés con tu pareja y tus hijos, o con tus amigos, apaga el celular y desconecta el teléfono.
 

v  Tómate tiempo para comer y beber. Comer apurado genera males digestivos y si la comida es buena y está bien sazonada, no la apreciarás como se debe.
 

v  Este es uno de los placeres de la vida, no lo arruines.
 

v  Pasa tiempo a solas contigo mismo, en silencio. Escucha tu voz interior.
 

v  Medita sobre la vida en general.
 

v  No tengas miedo al silencio. Al principio te será difícil, luego notarás los beneficios.
 

v  No te aturdas con ruidos o mires televisión como si fueras una medusa petrificada.
 

v  Escucha música con calma y verás que es bellísima. No te quedes frente al televisor porque sí.
 

v  Escribe un ranking de prioridades. Si lo primero que escribiste es trabajo, algo anda mal, vuelve a redactarlo.
 

v  El trabajo es importante y debemos hacerlo, pero medita y notarás que no es lo más importante de tu vida.
 

v  No creas eso de que en poco tiempo das amor. Es una estupidez pensar que se puede amar una hora por día y basta con eso.
 

v  Escucha los sueños de la gente que amas, sus miedos, sus alegrías, sus  fracasos, sus fantasías y problemas.
 

v  No creas que tus hijos pueden seguir tu ritmo. Eres tú quien debe desacelerar e ir al ritmo de ellos.
 

v  Recuerda que la conversación y la compañía silenciosa son los medios de comunicación más antiguos que existen.
 

v  El virus de la prisa es una epidemia mundial. Si lo has contraído, trata de curarte.

 (Internet)

lunes, 19 de agosto de 2013

Aunque usted no lo crea

 
 
  
  
Comer puede matar. Alimentación, dependencia y explotación en el medio rural
LAYLA MARTÍNEZ
Todo lo que comemos procede del campo. Las ciudades, que concentran la mayor parte de la población, extraen del medio rural todos los alimentos que consumen, además de la energía y las materias primas. Sin embargo, ello no implica una relación igualitaria. El campo es la periferia, lo residual, aquello que no puede ser convertido en ciudad. El lugar donde no interesa ubicar un centro comercial.
El campo como colonia
La relación que mantiene la ciudad con el campo es una relación de dominación, similar en muchos sentidos a la que tenía la metrópolis con las colonias. A cambio de alimentos, materias primas y mano de obra barata, el campo solo recibe explotación y dominación por parte de la ciudad. Esta explotación se encubre, además, bajo una idea de progreso que pasa necesariamente por que el medio rural abandone sus rasgos culturales propios y se convierta en una periferia de la ciudad. Cuanto más similar es a la ciudad, más moderno se le considera, menos atrasado. El campo pasa a ser, simplemente, lo que queda a más de diez kilómetros de un centro comercial.
Pero las similitudes entre la relación ciudad-campo y metrópoli-colonia no se encuentran únicamente en la explotación económica y en una suerte de imperialismo cultural basado en la idea de progreso, sino también en la visión del campo que se tiene desde la ciudad. Esta forma de entender el campo se basa fundamentalmente en dos perspectivas: el campo como lugar de atraso y el campo como lugar de descanso. La primera visión […] vincula el campo con lo atrasado y lo primitivo, con aquello que debe dejarse atrás. Los habitantes de este territorio son vistos como personas incultas, embrutecidas y míseras, que dedican su tiempo a trabajos desagradables y que carecen de toda inquietud cultural. Desde esta visión, el campo es un residuo cuya existencia solo es producto del atraso que todavía existe en las sociedades modernas. […]
Desde la perspectiva del campo como lugar de descanso, el medio rural es el espacio de la calma y la tranquilidad. Para esta visión […], el medio rural es lo puro, lo auténtico, lo no contaminado. Los habitantes de este territorio son vistos como personas íntegras, sanas y trabajadoras, libres del estrés y las preocupaciones de la ciudad y depositarios de valores y tradiciones que deben mantenerse. Para esta perspectiva, el campo es un lugar que debe conservarse, pero que debe conservarse dentro de una bolsa de plástico y envasado al vacío. Porque no les pertenece a sus habitantes, sino a los habitantes de las ciudades que necesitan descanso. Los primeros solo tienen valor en tanto que cuelguen los viejos arados en las paredes para que el visitante necesitado de autenticidad pueda maravillarse con las “costumbres rurales”. El sueño de esta visión son los museos etnográficos, los parques nacionales con parking para dejar el coche, acceso para minusválidos y rutas perfectamente definidas. El campo debe ser convertido en una sucesión infinita de casas rurales.
Estas dos visiones parecen enfrentadas, pero en realidad parten de una misma forma de entender el campo en la que éste es un lugar al servicio de la ciudad.
Como sucede en la relación colonial, las ciudades también ven al campo como un lugar de atraso o de exotismo, pero nunca como un lugar autónomo, con sus propios rasgos culturales y cuyos habitantes son los que deben decidir sobre el territorio que habitan.
 Comer puede matar
Esta forma de ver el campo como un lugar dependiente hace que los problemas que enfrenta el medio rural no estén nunca entre las preocupaciones de los habitantes de la ciudad, incluso a pesar de que esos problemas están relacionados con su propia alimentación. Como denuncia “Comer puede matar”, el campo se encuentra actualmente en una situación crítica. Aunque Saporta no analiza las relaciones de dominación ciudad-campo, sí denuncia lo que, desde mi punto de vista, es consecuencia directa de ellas, que se expresa en datos como el elevado índice de suicidios en el medio rural o el abultado endeudamiento de las explotaciones agrarias. Presionados por las grandes multinacionales del sector, los agricultores y ganaderos se ven obligados a abandonar los usos tradicionales del campo y a recurrir a prácticas que aseguren un mínimo margen de beneficio, lo que en definitiva se traduce por una explotación cada vez más intensa de los animales y la tierra. Si quieren sobrevivir, cada temporada deben producir más y más barato que el año anterior, lo que implica cada vez más el uso de hormonas, pesticidas y abonos químicos, especies modificadas genéticamente y piensos de peor calidad. El resultado de todo ello es una enorme concentración de poder en manos de las grandes multinacionales del sector, como Monsanto o Sygenta, que proveen a los agricultores de todos estos productos sin los cuales es casi imposible sobrevivir. Con la complicidad de las autoridades políticas que regulan en beneficio de las grandes corporaciones y ponen cada vez más trabas a las explotaciones pequeñas y tradicionales, estas empresas colocan la soga alrededor del cuello del agricultor y la aprietan un poco más cada año.
Pero además, el resultado es también un alarmante deterioro de los alimentos que consumimos, llenos de hormonas, pesticidas, antibióticos y genes de otras especies. Como demuestra “Comer puede matar” mediante datos de una investigación de más de dos años, todo ello vinculado al aumento de las tasas de enfermedades como el cáncer, la diabetes, las alergias, el colesterol y la obesidad.
Sin embargo, a pesar de su gravedad, la mayoría de los habitantes de la ciudad desconocen esta situación. Atrapados en una visión despectiva o romántica del medio rural, se ven incapaces de reconocer las luchas en las que están inmersos los habitantes del campo. Puede que sus acciones no salgan en los telediarios, pero cada vez que alguien planta un huerto con semillas autóctonas, deja que sus animales pasten o decide no hormonarlos, está luchando contra las grandes corporaciones, contra los poderes económicos que no dudan en envenenarnos y hacernos enfermar para incrementar su tasa de beneficio. De ahí la importancia de libros como “Comer puede matar”, que denuncian lo que está sucediendo en el sector agrario y ayudan a romper el silencio sobre las prácticas de las multinacionales. Solo cuando todos nos impliquemos en esos problemas y reconozcamos el valor de los que luchan cada día por evitar que nos roben la soberanía alimentaria y nos hagan enfermar, la situación podrá cambiar, y eso debe ser lo antes posible. Al fin y cabo, están jugando con nuestra salud y nuestra comida.
 [Tomado de Culturamas]


jueves, 15 de agosto de 2013

Los churres lectores

¿Nada menos?
NELSON PEÑAHERRERA CASTILLO
 
¡Qué bueno que Piura tenga su propia Feria del Libro! Y qué bueno que el recinto sea una universidad pública. Y mucho más, qué bueno que la entrada sea gratuita.
Lo que discuto es que debido a los "malos hábitos de lectura", la gente piurana prefiere adquirir libros piratas.
Definamos "malos hábitos de lectura" primero. No me queda claro si se refiere a que la gente no sabe leer o lee poco, o no sabe elegir lo que lee. Sería bueno explicarlo.
Un estudio del Gobierno Regional de Piura encontró que uno de cada cinco estudiantes de segundo grado de primaria sí entiende lo que lee. Parece que por ahí tenemos una pista alarmante.
Si extrapoláramos antojadiza y optimistamente este número, quiere decir que apenas un cuarto de millón de habitantes en Piura entendemos lo que leemos. Este número equivale a la población de la provincia de Sullana, según el último censo: casi la quinta parte de la población regional.
Si tomáramos a los y las mayores de edad, que es la mitad, tenemos 125 mil, la población total de la ciudad de Sullana, y si encima dijéramos que la tercera parte gana un sueldo más o menos holgado —recuerden, estoy siendo optimista—, tenemos unas 45 mil personas.
No es un gran mercado para vender libros, pero tampoco despreciable.
Si le agregamos una vieja máxima del 'marketing' no escrito que dice que Piura compra precio y no calidad, y entre un libro a diez lucas y el mismo a 45, obviamente la decisión se va por el primero, me temo que más que malos hábitos de lectura, son las malas opciones de la oferta.
Cuando los puntos de venta se concentran sólo en centros comerciales —que de por sí son caros—, si alguien quiere practicar el hábito de la lectura, no tendrá que pensarlo mucho, y así mismo sucede en otros varios campos.
Claro que la solución 'facilista' es exterminar la piratería a como dé lugar.
Pero si eso pasara, hipotéticamente hablando, el mercado de libros en Piura quebraría por la cuestión del precio.
Entonces, si el problema es el hambre, la solución no es cambiar los platos de plástico por los de loza, sino mejorar el acceso a los alimentos, ¿no?
Por lo mismo, si queremos que la 'piuranada' lea originales, primero deberíamos trabajar cabildeando allá en Lima para que estos aún-objetos-de-lujo dejen de serlo, que, dicho sea de paso, es nuestra asignatura pendiente de hace años.
Segundo, más que fomentar hábitos de lectura, yo diría enseñar a amar la lectura, no parametrados por una lista, sino respetando la libertad de elegir lo que me gusta, de tal modo que convierta esa actividad en una afición. Y si me ven leer, seguro que alguien me imitará, especialmente los niños y las niñas.
Tercero, abrirse a las nuevas tecnologías que prescinden del papel, como los e-books, o que permiten la inclusión de más público, como los audio-books.
Cuarto, acabar con el star-system de la lectura, que concentra los títulos en las mismas tres o cuatro grandes editoriales de siempre. Si el talento es bueno, más que el sello, nos interesará el contenido.
No es tarea fácil, pero por algún lado se debe comenzar. Insisto, lo de la Feria me parece una idea formidable, y tenemos que ir aunque sea a ver las carátulas.
El objetivo de fondo, en tanto estilo de vida saludable, debería ser acabar con el sello elitista de la lectura y diseminarla hasta que el millón 600 mil personas que vivimos en Piura enseñemos al mundo cómo leer bien.
 
14 de agosto de 2013
Fuente: Diario Regional de Piura.
 


lunes, 12 de agosto de 2013

El café y la literatura

 
 
El café: el estimulante favorito de los creadores
CULTURAMAS
 
Los hábitos de los artistas: Balzac acostumbraba beber 50 tazas de café al día, Frank Baum unas 4 o 5 con el desayuno, Beethoven una sola taza con 60 granos.
Muchas personas son incapaces de comenzar su día sin una buena taza de café. Sea por el delicioso sabor reconfortante o por la dosis de cafeína que conlleva una taza de la adictiva bebida, esta ha sido una parte primordial de la existencia y convivencia social de la raza humana por siglos.
Desde que el café se convirtió en una actividad tradicional en la vida diaria occidental en el siglo XVI, este ha sido utilizado por las mentes más brillantes como una fuente de energía y ha llegado a constituir parte de la rutina sorprendentemente normal de muchos genios.
Un artista que disfrutaba empezar su día con una taza de café era Beethoven, cuya precisión al componer música se reflejaba en la minuciosidad con la que preparaba, él mismo, su taza de café en las mañanas. El compositor estaba completamente seguro de que la taza perfecta de café debía llevar 60 granos, por lo que con frecuencia las contaba en la mañana.
El filósofo Søren Kierkegaard prefería una mezcla mucho más dulce; tomaba una bolsa de azúcar y la vertía con entusiasmo en una taza hasta que el polvo blanco rebasara el tope de la taza, después vertía café negro muy concentrado y observaba mientras que la pirámide de azúcar se disolvía. Cuando se sentía satisfecho con su preparación, Kierkegaard la bebía en un solo trago.
El escritor de El mago de Oz, Frank Baum, también empezaba su día con un buen desayuno y 4 o 5 tazas de café con azúcar y crema. El matemático Paul Erdös creía que “Un matemático es una máquina que puede convertir el café en teoremas”, y gustaba de tomar expresos y tabletas de cafeína (con la anfetamina ocasional).
Entre los otros genios que no podían vivir sin una taza de café se encuentran Proust, Glenn Gould, Francis Bacon, Jean Paul Sartre, Gustav Mahler y Balzac.
Sin lugar a dudas el amor (o quizá dependencia) de Balzac supera a todos los demás. Parte de la rutina diaria del escritor incluía cenar ligeramente a las 6 pm y después acostarse. A la 1 am se despertaba y se sentaba frente a su mesa a escribir por 7 horas sin interrupción alguna. A las 8 am se permitía el lujo de tomar una siesta de hora y media, al despertar se ponía a trabajar bebiendo entre las 9.30 am y 4 pm taza tras taza de café negro; podía tomar hasta 50 tazas de café mientras escribía. El biógrafo de Balzac Herbert J. Hunt describió su rutina extrema como “orgías de trabajo puntuadas por orgías de relajación y placer”, el café era para Balzac tan placentero cómo necesario para trabajar.
Balzac describe su admiración de la siguiente manera: “El café acaricia la boca y la garganta y pone todas las fuerzas en movimiento: las ideas se precipitan como batallones en un gran ejército de batalla, el combate empieza, los recuerdos se despliegan como un estandarte. La caballería ligera se lanza a una soberbia galopada, la artillería de la lógica avanza con sus razonamientos y sus encadenamientos impecables. Las frases ingeniosas parten como balas certeras. Los personajes toman forma y se destacan. La pluma se desliza por el papel, el combate, la lucha, llega a una violencia extrema y luego muere bajo un mar de tinta negro como un auténtico campo de batalla que se oscurece en una nube de pólvora”.
Tal pareciera que las fuerzas en movimiento de 50 tazas de café al día terminaron perjudicando la salud de Balzac; hacia el final de su vida tenía la presión alta, dolores de cabeza crónicos, espasmos faciales y cólicos. Murió a los 51 años de edad a causa de un fallo cardiaco.
El café se ha vuelto una pieza irremplazable dentro de nuestra cultura, no importa cómo lo tomemos: expreso, cortado, negro, ristretto, chemex, frío, y cientos de otras maneras, seguirá inspirando a genios, impulsando nuestros sueños y llenando de energía nuestro día a día.
Escritores cafeinómanos
¿De verdad es inspirador el café? Sabemos que el alcohol y otras drogas han inspirado a narradores y a poetas.
¿Qué hay de la cafeína? No creo en las drogas y alcohol como fuentes de creatividad efectiva, porque entorpecen, logran que casi todo parezca válido o congruente, se hacen de la vista gorda frente a las inconsistencias y el resultado por lo general es un conjunto de disparates. El café, en cambio, confiere un nerviosismo y un estado de alerta que resultan muy útiles durante la escritura.
Muchos escritores se han declarado adictos al café. Algunos de ellos han decidido beber más café que alcohol, porque la cafeína los ayuda a mantenerse despiertos, a cumplir con las fechas de entrega, y además funciona como un sustituto tramposo del desayuno.
Por otra parte, resulta chocante este vínculo forzoso que se establece entre el café y la literatura: beber café mientras se lee o se escribe como el rey de los lugares comunes, uno que podemos volver más caricaturesco si le agregamos una tarde de lluvia y un disco de jazz sonando en el estéreo. Guácala.
Pero, nos guste o no, para muchos el café juega un papel importante en los procesos de lectura y escritura. Por eso vengo con una pequeña muestra de escritores adictos al café, y con otra de lo que se ha dicho de esta bebida.
Honoré de Balzac
Cuenta la leyenda que Balzac se tomaba unas cincuenta tazas de café al día, y mejor mientras más cargado. Algunos de sus biógrafos sostienen que fue esa adicción lo que lo llevó a la muerte, a los 51 años.
Cuando no tenía a la mano una taza, optaba por masticar granos de café. Así, pelones, sin cobertura de chocolate ni nada.
El autor de Comedia humana habló de los beneficios e inconvenientes de la cafeína en “Los placeres y dolores del café”, un ensayo que escribió antes de morir: “Este café cae en el estómago… A partir de ese momento, todo se agita. Las ideas rápidas se ponen en marcha como los batallones de un gran ejército… [...] La pluma se desliza por el papel, el combate, la lucha, llega a una violencia extrema y luego muere bajo un mar de tinta, negro como un auténtico campo de batalla que se oscurece en una nube de pólvora”.
Johann Wolfgang von Goethe
¿Sabían que Goethe contribuyó a nuestro descubrimiento de la cafeína? El café le gustaba tanto que incluso se interesó en la investigación de sus efectos.
Se dice que, en un encuentro con el joven científico Friedlieb Ferdinand Runge, el poeta lo animó a analizar unos granos de café para averiguar sus propiedades. Entonces Runge identificó la cafeína, la descubrió. A ellos dos les debemos el conocimiento de su existencia.
Truman Capote
Capote tenía que escribir recostado y a esta maña agregaba el hábito de fumar y beber café. Y pensar que sólo tenía dos manos. También sabemos que no se limitaba al café: le gustaba el alcohol y lo consumía con frecuencia, pero el café era el punto de partida: “Soy un autor completamente horizontal. No puedo pensar a menos que esté acostado, ya sea en la cama o en un diván y con un cigarrillo y café a la mano. Tengo que estar chupando y sorbiendo. A medida que avanza la tarde, cambio de café a té de menta y de jerez a martinis. No, no uso máquina de   escribir. No al comienzo. Escribo mi primera versión a mano (con lápiz)”.
J. K. Rowling
No estamos seguros de si haya bebido agua o té chai o café durante el proceso, pero se sabe que la Rowling escribió Harry Potter en espacios públicos, uno de ellos el café The Elephant House de Edimburgo… Entonces, es probable que haya sido café. De hecho, en un cartel de su ventana, el establecimiento declara ser “el lugar de nacimiento de Harry Potter”.
Otros autores
¿Qué han dicho los escritores sobre el café? Aquí una pequeña colección de citas textuales al respecto.
“La luz se llevó las esferas violetas y a Oliveira le empezó a gustar más el cigarrillo. Ahora se estaba realmente bien, hacía calor, iban a tomar café” (Julio Cortázar).
“Una buena taza de su negro licor, bien preparado, contiene tantos problemas y tantos poemas como una botella de tinta” (Rubén Darío).
“La mujer es como una buena taza de café: la primera vez que se toma, no deja dormir” (Alejandro Dumas).
“Yo he medido mi vida en cucharitas del café” (T. S. Eliot).
“El sacerdote vudú y todos sus poderes no eran nada comparados con el café expreso, el capuchino y la moka, que son más fuertes que todas las religiones del mundo juntas, y quizá más fuertes que el alma humana” (Mark Helprin).
“Es imposible conseguir una taza de café con sabor a café ya en este país? ¿Qué pasó con el café? ¡Puedes encontrar café con todos los sabores, excepto café con sabor a café” (Denis Leary).
“El café me enardece, me alegra, es fuego suave sin llama y me acelera toda la sangre de mis venas” (José Martí).
“Café, lo que hace que los políticos sean sabios, y que puedan ver a través de todas las cosas con sus ojos medio cerrados” (Alexander Pope).
“Creo que los seres humanos pueden hacer muchas cosas, no porque son inteligentes, sino porque tienen pulgares para poder hacer café” (Flash Rosenberg).
“La vida es como el café o las castañas en otoño. Siempre huele mejor de lo que sabe” (Maruja Torres).
“El café, néctar de dioses, ha de ser, para ser bueno, ardiente como tus ojos, negro como tus cabellos, tan puro como tu alma, tal dulce como tus besos” (Francisco Villaespesa).
“Claro que el café es un veneno lento: hace cuarenta años que lo bebo” (Voltaire).
Busqué una cita más, pero no la encontré, así que la parafraseo según mi mala memoria. Alguna vez leí, no sé en dónde, o escuché, una frase que decía algo así como “me parece insólita la existencia del café descafeinado, es como decir que se tiene sexo sin tener sexo”. Y me encantó, a pesar de que tomo café descafeinado, a veces, para evitar el insomnio.
Fuente: MonkeyZen
 [Tomado de la página web Culturamas]
 


lunes, 5 de agosto de 2013

De la huerta al supermercado

La globalización y la comida
ANTONIO MONTAÑA
El ritmo de la globalidad ha generado un suplantamiento de productos tradicionales por los de una comercialización estandarizada. El tema es la Globalización y la Comida. A primera vista los dos temas parecen disonar; es decir, no conciertan, más bien, desconciertan. Pero voy a tratar de armar, no una sonata, ni una cantata sobre el tema, o los temas sino más bien, poniéndolo sobre la mesa que es nues­tro tema, simplificarlos y ordenarlos para poder entender su relación. Y me adelanto al decir que es crítica en el sentido que tiene esta palabra de gravedad.
Voy a plazos: a nadie se escapa la relación que hay entre la huerta y la cocina. La huerta es el es­pa­cio que provee los contenidos de las ollas, su calidad, sus variantes, sus sa­bores, sus niveles die­té­ti­cos. En términos generales nuestra huerta se ha, a la vez, ampliado y distanciado. Ha dejado de ser pu­ra­mente local. La huerta hoy, para nosotros, no es el es­pa­cio amable, o típico: el trozo de solar en que se cul­tivan las verduras, las yerbas aro­má­ti­cas, se crían los pollos, se alimentan los cerdos o carneros. Para el ciudadano la huerta es el su­permercado. A él acuden los compradores y es el supermercado quien ri­ge, en cierto mo­do, los consumos porque selecciona los productos que pone en venta. Pero no de acuer­do a una tradición de consumo sino a una expectativa de flujo de mercancía. Hasta finales del si­glo XX los alimentos llegaban al mercado zonal y los marchantes, eran a la vez los mer­ca­deres y los pro­ductores. La huerta estaba presente en el mercado y el productor, el cam­pe­sino, llegaba para ofrecerla.
Durante años de mi niñez, el tintineo de las botellas de leche que arrastraba el carro ti­rado por una mula, era la primera señal de que la ciudad despertaba. Apenas acababan de so­nar las campanas de la iglesia, llamando a misa, y el carro de ‘Icodel’ se detenía en las es­quinas para dejar pasar el breve y oscuro ejército de beatas que correteaba hacia el tem­plo. En algunas esquinas, el aroma del pan sacado ape­nas del horno, perfumaba el aire y abría el apetito. Hasta los años 50 del siglo XX recuerdo las cam­pesinas que traían en ca­nas­tas de mimbre, como en cofres, cubiertos por el fresco verde de los helechos, moras o fre­sas. O los hombres que, colgadas de las patas llevaban, de casa en casa, atado de em­plu­ma­dos gallinas y pollos para la venta. Pero es­tas remi­nis­cen­cias son sólo eso: re­mi­nis­cen­cias; recuerdos. Ese mundo quedó ayer y tal vez no era el mejor, aunque tal vez en tér­mi­nos de alimentación sí. Porque las fresas que llevaba la mujer no habían sido sometidas a ba­ño de fungicidas y las gallinas en­gor­da­ban con maíz y no con hormonas. Salían al sa­cri­fi­cio engordadas con maíz y si la suer­te ha­bía si­do bon­da­do­sa con ellas con gusanos y hor­mi­gas, que iban perdiendo la vida y trans­for­mán­dose en alimento tras los rítmicos, cons­tan­tes y precisos picotazos de las aves en paseo.
A los supermercados llegan hoy pollos criados en galpones, alimentados con con­cen­tra­dos. Han permanecido su vida, inmóviles en las jaulas: carnes insaboras, como nor­ma­das a má­quina, con precisión diabólica. Al animal se le sacrifica cuando cumple con el re­qui­sito del peso.
Pero vamos a otro punto. Regresemos a los supermercados y a su oferta de mante­quillas a cuya grasa ha sido añadida la vegetal de las margarinas: la química, y la física es decir la tecnología, ha permitido la producción de pseudas mantequillas y pseudas leches. Con lo cual le han raptado al consumidor final algunas dichas. Una leche sobrepasterizada ha perdido en las torres de enfriamiento y calefacción componentes y cambia su sabor.
Visite usted, con un momento de paciencia saliéndose del afán al que le está obli­gan­do el concepto de que el tiempo es oro y aprovéchelo mirando las bolsas de leche expues­tas en las estanterías: leche‘deslactosada’, ‘leche descremada’, ‘leche enriquecida’, ‘leche de larga vida’,sobretripasterizada; leche medio descremada, o cremada a la fuerza, porque de los laboratorios de las empresas multinacionales que la embolsan, expenden y marcan ha salido la fórmula precisa para añadirle a la leche transformada en un líquido de color blan­co una grasa química que lleva el nombre de ‘butter oil’,que igual puede servir para lu­bricar un motor de un tractor que para engañar al comprador.
De unos años para acá los supermercados ya no son mercados grandes sino mer­ca­dos colosales. La amplitud hace posible que se expongan para la venta más productos, la fi­lo­sofía es simple: a mayor oferta habrá una mayor respuesta de compra. Pero esa de­man­da se obtiene por un camino a veces tortuoso: la artificial creada por la publicidad.
El mercado no es otra cosa que una mercadotecnia egoísta y cruel. Sus laberintos han sido diseñados para atrapar al visitante en los delitos del consumo. Si compró spaguetis al lado encontrará las salsas. Ya no tendrá que ir en busca del tomate, o la albaca. La tiene en­frascada a un paso. Claro que le saldrá algo más costosa. Pero el comprador piensa, "de todas maneras, me evito un trabajo". No sabe que el colorante rojo que le da el aspecto apetitoso no pro­ce­de del tomate sino de anilinas o colorantes; que los rojos no son ni siquiera de páprika o achio­te, sino fórmulas o procesos químicos de torrefacción, cuando no de caramelos lo­gra­dos a fuerza de secamientos que aniquilan el sabor.
Los supermercados a medida que se amplían requieren cómplices que garanticen su pro­gresivo gigantismo, las transnacionales dentro de un proceso de eso que llamamos glo­ba­lización son su socio en la expansión. Como operan sin ‘Intervención Pública’ pueden manejar sin peligro de incómodas con­tra­lorías, capitales de incierto origen que van de un lado al otro buscando rentabilidad segura. Al contrario de las tiendas de la preglobalización, los grandes su­permercados ama­rra­dos a la teta de las trans­na­cio­na­les, trabajan a nivel de escala: es decir bajos ren­di­mientos en productos individuales pero grandes ren­di­mien­tos por el volumen de ventas.
La globalización, en los hipermercados, no es solamente la integración in­ternacional, bien­venida o no, sino la puesta en marcha de una forma específica de arrasar la com­pe­ten­cia na­ti­va oponiéndole el vigor de la intrusa apoyada por el gran capital. A través de los pactos di­plo­máticos los estados fuertes apro­vechan la debilidad de los países del Tercer Mun­do es­ta­ble­ciendo con el Estado niñera, cómplice un quid pro quo: ofrecen amplia­cio­nes para generar inequidad.
El nivel de escala, las ganancias bajas por producto ha surgido como fórmula de com­­­­­petencia. El gran capital transnacional puede darse el lujo de aplastar al oponente po­bre reduciendo sus márgenes o trabajando a pérdida momentánea. Mientras que por otro ca­­­­mino obtiene de sus proveedores ventajas que hacen para ellos de la ganancia un es­pe­jismo.
Mientras los grandes capitales reducen los márgenes obligan a los proveedores a re­du­cir al suyo ampliando términos de pago y castigando así la posibilidad de que el ahorro se convierta en capital. Los grandes supermercados o hipermercados rigen los consumos res­­tringiendo la variedad de la oferta di­vi­dién­dola en sectores: los de alimentos más pe­re­ce­deros deben tener velocidad y flujos de intercambio rápido.
Se acepta del suministrador o del intermediario únicamente aquello que prevea una garantía de frescura. Los campesinos no tienen los capitales ni los recursos técnicos que pueden administrar los grandes productores: frigoríficos para verduras, o carnes, y deben ceder su paso al industrial que se convierte en el primer escalón de intermediación.
Se escoge dentro de la oferta otro grupo reducido ya sea por razones de experiencia o de pura sub­­jetividad, el de mercancías de alto consumo, o populares y mercancías de bajo consumo, no po­pu­la­res o exclusivas. De esta manera en los mercados termina por ofrecerse sólo una parcialidad de la pro­­duc­­ción nacional. Se vende papa, pero se da la espalda al productor de, por ejemplo, pa­ta­tas, o le­gu­mi­no­sas, de consumos restringidos y costumbres culinarias locales. La diver­si­dad biológica en venta se mer­ma.
El factor calidad pasa a un segundo o tercer plano. En frutas y verduras el primario resulta ser el artificial del aspecto, no el de la frescura y el segundo es el de la oportunidad, mejor dicho: la posibilidad de obtener con su venta réditos mayores. De esta manera se presiona al productor, es decir al campesino igual que se lo ha hecho con el industrial a reducir los precios o en aceptar largos plazos para obtener el pago de la mercancía.
Para decirlo de una vez: los supermercados han desplazado a los intermediarios ines­pe­cíficos para convertirse en primeros receptores. Y la variedad y riqueza de los productos ya no dependerá tanto de la demanda sino de las ventajas que ofrezca al globalizador la oferta.
Algo semejante está ocurriendo con el campo. Los grandes supermercados han am­pliado su radio a la producción misma de los elementos que vende o al establecimiento de contrato de suministro con granjas industrializadas, es decir, aquellas que pueden sobre­vi­vir únicamente con grandes recursos de capitales, o para decirlo de una vez, directamente con empresas apoyadas o generadas en los grandes grupos financieros.
En el campo de la industria o de los servicios alimentarios gracias a la mer­cadotecnia per­versa está sucediendo un fenómeno muy especial y yo diría casi dramático: la desa­pa­rición de marcas tradicionales. Los medianos o pe­queños industriales se han visto obli­ga­dos a vender su producto prescindiendo de la marca para convertirlo en la marca del co­mer­cializador. De esta manera tenemos chocolates tal y cual, en lugar de aquellos que fue­ron clásicos.
Las marcas, con su valor de perdurabilidad como afecto, se van rápidamente bo­rran­do. Dentro de la nueva mecánica del consumo, la opción será la de escoger con atención al factor precio olvidándonos las diferencias de calidad que hacían de la compra un acto de voluntad: la preferencia, para ingresar dentro de un acto simple de ‘comercio’ y claudicar así de nuestro po­der intervenir escogiendo, para entregarnos a la pura opción de aceptar la oferta sin más ni más.
Entramos aquí a mirar no un problema político o económico, sino un problema de carácter mucho más esquivo: psicológico. Globalización en términos de gusto implica una aculturización, es decir, un abandono del modo propio a costa de la adopción del ajeno. Y aquí tenemos ya el término previsto para el discurso: La enajenación es el síntoma primero de la des­culturización. No sólo un país puede perder su identidad perdiendo el terreno: en términos mi­litares un país puede ser invadido por otro y desposeído de aquello que lo configura como Patria.
Pero para quienes lo han olvidado, debo recordarles que la palabra Patria procede del latín y que no señalaba, en la hora de su nacimiento, un lugar o un terreno, sino un afecto: ‘Fratría’ era la unión de los hombres; un querer común. Es antes que nada un modo de ser. Y un modo de ser es un modo de actuar y un modo de actuar es un modo de vivir y un mo­do de vivir, es un modo de hacer, y de permanecer; de ser y de estar. La ‘Fratría’ es un ho­ri­zonte común.
Freud descubrió que la vida del hombre es una búsqueda continua de regustos y que la ausencia de ellos puede ser tan destructiva como la misma muerte. Hay una muerte, la biológica, definitiva y otra muerte, la espiritual: que es transitiva: prescindir de nuestros gustos para descubrirnos en los gustos del otro como en los de nosotros mismos, es como quien dice abandonar nuestra residencia para ser otros, vivir en el otro: en la alteridad, que es enajenarnos.
Otra manera de decir enajenarnos, es decir extrañarnos, o dicho de otra ma­nera, in­gre­sar en lo extraño, en lo impropio, en lo ajeno; negarnos a ser co­mo somos, y reducirnos a ser como los demás, o como otros diferentes a los que soy yo mismo. Para decirlo de una vez, quedarnos en el cero mismo de la cul­tura. Porque somos, así no lo parezcan todos, ca­da uno de nosotros mismos un hecho cultural. Hijos de nuestra historia y de nuestra expe­rien­cia, no po­de­mos ser súbditos de nada más que de nuestra propia entidad vegetativa e in­te­lectiva.
Aunque parezca que me estoy saliendo del campo hablando de cosas que parecen extra­ñas en un recinto dedicado a la fiesta del comer, voy a continuar. Y para hacerlo acu­do a una pa­la­bra que quizá re­quiera una breve explicación: la ‘mismidad’: solamente so­mos los mismos, ca­da uno de nosotros cuando nues­tras ganas, nuestro querer, nuestro ape­ti­to, es nuestro deseo de ser personas. Pero ocurre que a veces todo esto que acabo de decir, en un rapto de en­tu­siasmo, no se da siempre y fácilmente en el camino nuestro, que es el vivir. Que se interrumpe, pero no se de­tiene cuando algo o alguien le hace un guiño y lo invita a una pausa en la aventura pro­pia para in­tegrarse momentáneamente en la ajena. Los otros nos pueden atropellar y tor­cer el paso uti­li­zan­do fórmulas que a veces parecen mágicas para provocar en nosotros en­tusiasmos y apetencias.
La gran maquinaria de la comunicación y su tecnología intima; avasalla al hombre ac­tual. Lo toma desprevenido y le tuerce el paso: no hay nada más cautivador pa­ra un hombre común que aquello que le entra por los sentidos.
El mensaje audiovisual del cine, la televisión y, educan pero no enseñan: maleducan. Cau­tivado por el color, el sonido, la palabra y la promesa el hombre contemporáneo puede re­sultar atropellado en su intimidad, que son sus gustos, por el mensaje externo. Estamos sien­do sometidos a un bombardeo constante de seductoras formas de integración al con­su­mo (…) (Ponencia durante el Congreso de Gastronomía de Villa de Leyva). (Tomado de Internet).