lunes, 20 de mayo de 2013

Cuando fumar era un placer


 
 
LOS CIGARROS
Oscuros, rubios, fatales
DIDIER NOURISSON
 
Cuando era churre, allá en Chungayo, recuerdo los cigarros sin filtro Nacional o Inca que fumaban los ‘grandes’, mientras descansaban después de deshierbar el maíz, mirando cómo el sol de la tarde doraba los cerros antes de la ‘oración’. Al pasar de los años, yo también frecuenté el hábito de fumar, y en el bolsillo de mi camisa no podía faltar la cajetilla de Ducal, Dexter, Premier o Winston, u otras marcas, y durante alguna época los cigarros negros Piel Canela o Imperio. Cómo cambian los tiempos; entonces se podía fumar donde a uno le apeteciera, sin que fuera recriminado por ello, ahora los fumadores son mal mirados, y constituyen una especie en extinción. Rememorando aquellas épocas, comparto este interesante artículo sobre uno de los placeres más populares, que va pasando al olvido, como los fósforos marca Llama o los ceniceros. (El editor de Diez Ayllus)    
 
 
Fatal: el cigarro no merece otro calificativo en el transcurso del siglo XX. Primero es un hechicero, relumbrante dentro de su estuche aluminizado, seductor en su traje de papel, desconcertante cuando se convierte en humo. En los años veinte, se convierte en el atributo esencial de la seducción femenina, colocado en una boquilla larga de carey y convertido en arabescos voluptuosos.
Fatal, el cigarro se convierte en un criminal al acabar este siglo: las estadísticas mé­di­cas le atribuyen decenas de millares de muertos al año. Ya están lejos los tiempos en los que una obrera lo liaba hábilmente a mano y su producción era baja. El em­perador Na­poleón III se aficiona al tabaco y se convierte en ``el hombre del cigarro''. La Re­pú­bli­ca lo vulgariza. En el último tercio del siglo XIX, la revolución industrial llega hasta la manufactura tabacalera. Grandes máquinas, al principio de vapor, más tarde eléctricas, lían los cigarros en cadena por miles, por decenas de miles al día. En 1894 se co­mer­cializan 242 tipos de cigarros en el mercado francés. Sus nombres evocan el exotismo, la sensualidad, el viaje o el sueño. Vendidas desde 1878, las marcas hún­ga­ras Amazone, Fa­vorite y Grenade se presentan en manojos de doce, de veinte o de veinticinco unidades, amarradas con un lazo de color. En 1910, llegan a los cincuenta mil comer­cian­tes franceses al menudeo (menos de treinta mil hoy en día) los primeros Gauloises y Gitanes empaquetados.
El cigarro impone el tono social. Desde el pequeñoburgués hasta la costu­re­ra, desde el estudiante hasta el ``apache'' (el chico malo), el cigarro está en to­das las bocas.
Gauloises y Gitanes adquieren una nueva presentación: el casco alado pa­ra los primeros, el abanico de la andaluza para los segundos. El cine, el cartel y la prensa difunden esas imágenes de exotismo y relajación en una sociedad don­de el trabajo perdura, el tiempo apremia y las relaciones sociales carecen de afabilidad.
La segunda guerra mundial le da una dimensión internacional al cigarro. Los fran­ceses descubren el tabaco rubio alemán, antes de rendirse al de Virginia. El atrac­tivo del american way of life nace con los furgones de los GI (soldados america­nos). En un son­deo de 1953 se les pregunta a los franceses qué ponen a la cabeza de sus pre­ferencias americanas: los cigarros ocupan el segundo lugar después de los aparatos del hogar, pe­ro antes que el jazz, el cine y la Coca Cola.
La sociedad de consumo convierte a los productos en estrellas y a las estrellas en vehículos publicitarios. En 1953, cada francés de más de quince años consume tres ciga­rros por día; en 1985, este promedio aumenta a seis, un récord histórico. El cigarro ame­ni­za la compañía, es signo de convivencia, es fácil de ofrecer e intercambiar, es expre­sión de simpatía, de complicidad, de generosidad, entra en el rito del regalo, es un objeto que valo­riza al que lo ofrece y al que lo recibe. Apa­rece, según se fume, como expresión de aplomo, de sangre fría, de elegancia o de nerviosismo; se convierte en el atributo de los héroes populares del cine y las tiras cómicas. Bajo el mismo título que la mezclilla de los Levi's o el coche de dos caballos, simboliza el hedonismo de masa, la civilización de los placeres y de la relajación.
Pero mientras el cigarro triunfa en todas las bocas, y probablemente debido a esa de­mocratización, su prestigio declina en las esferas dirigentes. En los años cincuenta los in­vestigadores, principalmente anglosajones, prueban la nocividad del humo del tabaco y su influencia determinante en el cáncer de las vías respiratorias. Al mismo tiempo, en Fran­cia, la seguridad social extiende su ala protectora a todos a cambio de una coti­za­ción generalizada. La preocupación por la salud pública (y por frenar los gastos que im­pli­ca) ordena entonces limitar el placer del consumo indivi­dual. Una con­tra­pu­bli­ci­dad que hace un llamado a la responsabilidad ciudadana, empieza a llamar la aten­ción so­bre los riesgos del tabaquismo. La vieja Sociedad Fran­cesa contra el Abuso del Tabaco (1868) regresa bajo el nombre de Comité Nacio­nal contra el Taba­quis­mo y su­ma sus es­fuerzos a los de las ligas contra el cáncer y otros comités de educa­ción para la salud. El Es­tado se involucra. Una primera ley, bajo la iniciativa de Simone Veil, mi­nistro de Sa­lud en el gobierno de Jacques Chirac en 1976, restringe la publicidad del ta­ba­co, au­men­ta los impuestos y limita el derecho de fumar en lugares públicos. Otra, más ri­gu­rosa, bajo el impulso del ministro socialista Claude Evin, es aprobada en 1991: pro­­híbe la pu­blicidad en la prensa, escrita o audiovisual; obliga a delimitar los espacios pú­blicos para fumar y no fumar; grava los cigarros (la cajetilla de Gauloises aumenta de 9.70 francos en 1993 a 13.90 en 1998) y anima a las sociedades de educación sanitaria a per­se­guir a los infractores. La guerra del fuego se ha declarado. Sería raro que se in­te­rrum­pie­ra en bre­ve, dados los intereses económicos, políticos y hasta morales im­pli­ca­dos en am­bos fren­tes.
 
La cajetilla
 
Fácil de producir, barata y funcional, la cajetilla de cigarros inaugura, a comienzos del si­glo, la era del producto de gran consumo. Los números son más elocuentes que cual­quier adjetivo: una sola fábrica (la R.J. Reynolds de Winston-Salem) devora 4 mil to­ne­ladas de tabaco al día, las mismas que devuelve en forma de 8 mil cigarros por minuto, es decir, cerca de 500 mil por hora, doce millones por día, más de 4 mil mi­llo­nes por año... Humo y más humo...
Cuando llegas a Tobaccoville, el aire de Carolina del Norte se car­ga de ese olor a la vez dulzón e insistente que impregna, en los re­cuerdos de infancia, las salidas paternas al café de la esquina para comprar una cajetilla de cigarros tan cotidiana como el pan. Las imá­genes de Bogart, Bacall, Dietrich, Brando y tantas otras estrellas, despiertan en las pantallas de la memoria. En gran parte, de ahí ve­nía su aura y su glamour, de esas vo­lutas de humo lánguidas o ame­na­zadoras que se desprendían de los cigarros que ellos sacaban de la cajetilla con un golpecito seco de la muñeca o que dejaban con­sumir len­tamente, como en la primera imagen de Casablanca. La fábrica de la R.J. Reynolds (RJR) en Tobac­coville es una de las dos más grandes del mundo. Está rodeada de campos cubiertos de ta­baco —una planta alta y verde de hojas grue­sas, lustrosas y pesadas—, cu­yo vicio transmitieron los indios ca­ri­be­ños a los ma­ri­ne­ros de Cris­tóbal Colón, poco después de que este último desembarcara en América.
Las montañas de cajetillas apiladas tienen todas la misma forma de ladrillito rec­tan­gular, las mismas dimensiones, el mismo contenido. Forman parte del ``sueño'' que Nor­teamérica exporta a todo el pla­neta. Solamente cambian la gráfica y los colores: Wins­ton rojo y blanco, Salem verde y blanco, Camel naranja y blanco. La producción au­tomatizada e computarizada de esa fábrica ultramoderna muestra que la cajetilla de cigarros sigue siendo, como ya se había anunciado en 1925 en el New York Times, ``uno de los símbolos más completos de la era de la máquina'', es decir el siglo XX. ``Pro­du­ci­da, vendida, comprada, consumida y desechada por miles de millones de ejemplares al año, la caje­ti­lla de cigarros es tan banal que casi se ha vuelto invisible'', anota Chris Mu­llen en su historia del arte de los paquetes. Sin embargo no hay otro objeto tan exhibido, to­cado o usado por el hombre moderno.
 
La máquina revolucionaria
 
Veinte veces al día en promedio, miles de millones de seres humanos hur­gan febril­mente en sus bolsillos para sacar ese talismán y encender el pequeño cilindro de papel lleno de tabaco que va a proveerlos de su dosis de narcótico. Los franceses lo bautizaron ``cigarro'' desde fines del siglo XVI, y lo fuman por lo menos desde fines del XVIII. Pero el cigarro se convirtió en lo que Ri­chard Klu­ger llama ``el verdadero opio del pueblo'' hasta principios del siglo XX. A mediados del XIX, la gente consumía el tabaco en forma de trozos para mascar, de pizca, de pipa o de pu­ro. El cigarro obtuvo su título de nobleza en los cam­pos de batalla, primero en Cri­mea, de don­de los oficiales franceses e ingleses trajeron los ``tur­cos''. Luego, en los campos de la guerra civil nor­tea­me­ricana, que se libró en medio de los campos de tabaco de Virginia y Carolina del Norte.
Decenas de sociedades producían cigarros en Nueva York, Richmond y Lon­dres a fi­nes del siglo XIX; los liaban a mano y los presentaban sueltos, en simples en­volturas de papel. La máquina inventada por James Bonsack, de Rich­mond (Vir­gi­nia), re­vo­lu­cio­nó la industria en 1886. Permitía fabricar 200 por minuto, todos de la misma medida de largo y diámetro, con la cantidad y la ca­lidad de tabaco necesarias para que el humo inhalado tuviera la constancia del sabor y el efecto nar­cóticos. Pero así como la ``ca­li­dad'' de tal o cual mezcla de tabaco podía ser su­perior, ``el aspecto y la identidad vi­sual del producto eran esen­ciales en un mercado de ri­va­lidad encar­ni­zada'', anota Mu­llen. La industria del cigarro inaugura la era de la ``marca'' y del pro­ducto de gran con­sumo pre­sen­tado en una envoltura hecha para seducir al clien­te. Muy pronto fue acom­pa­ñado de estampitas pro­mo­cio­nales a color que revelaban los encantos de ac­tri­ces se­mi­des­nu­das, las maravillas del mundo y las virtudes de héroes mi­li­ta­res o de­por­tivos del pasado y del presente. Pero la difusión del pro­duc­to se veía obs­tacu­li­za­da por su tendencia a secarse rá­pi­damente, a perder su sabor y a desin­te­grarse, es­par­ciendo he­bras de ta­ba­co en los bolsillos. Hacía falta una se­gun­da revolución para que el ci­garro pu­diera realmente inundar al mundo con sus nubes de humo.
Esta revolución tuvo lugar en 1913, cuando R. J. Reynolds, fundador de la so­cie­dad del mismo nombre, inventó la cajetilla tal y como la conocemos hoy. Al mismo tiem­po creó un imperio (RJR, la segunda empresa líder en el mundo del tabaco, cuyo cuar­tel general es Winston-Salem) y un icono casi tan reconocido como la botella de Co­ca-Cola o las orejas de Mickey: el Camel. La imagen de Joe el camello (pensionado del circo Barnum & Bailey) se imprimió en un cup (``cubilete'') de papel doblado en el que se envolvían veinte cigarros de setenta milímetros de largo, protegidos por un pa­pel me­tálico. Este conjunto se sellaba con un timbre fiscal y era fácil de mani­pu­larse. En 1915, RJR inventó el paquete de diez cajetillas. En 1931 envolvió la cajetilla de Camel en papel celofán para garantizar una mayor ``frescura''. Ya para entonces se había con­ver­tido en el objeto de mayor consumo en el mundo.
 
Cuestión de personalidad
 
``Camel fue el primer cigarro del americano medio'', explica Tom Gray, histo­ria­­dor y coleccionista cuyos ancestros dirigieron la RJR. ``El éxito fue ins­tan­tá­neo. Sin duda por su clasicismo, su sim­pli­cidad de imagen y de nombre, y tam­bién por el atractivo exó­tico.'' Pero también, y tal vez más que nada, porque la cajetilla resultó ser un objeto de una funcionalidad tan perfecta que muy pron­to fue adoptado como norma por toda la in­dustria del tabaco, en Estados Unidos y en todo el mundo. ``Prácticamente no ha cambiado en un siglo de exis­tencia'', reconoce Joe Inman, vice­pre­si­dente de RJR encar­ga­do de la fabri­ca­ción.
La cajetilla de cigarros probó definitivamente su superioridad en las trin­che­ras de la primera guerra mundial. ``Para ganar esta guerra —proclamó el general Pers­hing, co­mandante del cuerpo expedicionario americano— necesita­mos tabaco y ba­las.'' En el in­fierno de Verdun, los soldados descubrieron que la guerra moderna no per­mitía la pipa, el puro, el tabaco para mascar (por razones sanitarias), para aspirar ni pa­ra liar. A fines de la guerra, los Camel para los norteamericanos, como los Gau­loises (apa­recidos en 1910) para los franceses, eran la principal forma de consu­mo de tabaco. La cajetilla de ci­garros, emblema de la fraternidad en las trincheras, pronto resultó ser la droga in­dis­pen­sable para enfrentar la aceleración de la vida moderna y de la urba­ni­za­ción galopante.
Hollywood convirtió al cigarro en uno de los leitmotiv de su mitología: el ac­ce­so­rio necesario para el estilo cool del gángster de las películas de detectives. Barry Miller, an­tiguo empleado de R. J. Reynolds y actual archivista de la Universidad de Carolina del Norte, dice que hasta hoy ``el fumador anuncia, mediante la elección de la cajetilla que saca de su bolsillo y pone en la mesa, la personalidad que quiere exhibir''. Cuando es­talló la segunda guerra mundial, Roosevelt decretó que el tabaco era ``un ma­terial es­tra­té­gico''. La cajetilla de cigarros era un ingrediente base de la ración de cada sol­dado. Al final del conflicto se convirtió en moneda de cam­bio y de contrabando a tra­vés de to­da la Europa devastada, y sigue siendo el medio principal de la ``mor­di­da'' en los países en guerra.
Se han hecho muchos otros acondicionamientos: cajetillas de madera, me­tal o plástico; planas (como la de los Gitanes) o redondas; con cinco, diez, cin­cuenta o cien cigarros; de cartón rígido con tapa y formato ``largo'' de ochen­ta milímetros (la de Marl­boro, de 1954). Surgieron los ciga­rros con filtro (Vice­roy, 1936), perfumados con menta (Salem, 1956), largos king size de ochenta y cinco milímetros (Pall Mall, 1941) y algunos otros. La grafía que los acompaña siem­pre ha ido con la época. Al estilo fi­gu­rativo de tema orientalista de Camel han seguido la abs­trac­ción modern style de Lucky Strike (1917), y el mi­nimalismo de los Winston o los Marl­boro (1954). A partir de los años ochen­ta, las cajetillas ``ge­né­ricas'' anónimas, que se conforman con anun­ciar en blan­co y negro el tipo de cigarro que contienen, se han propagado en Estados Uni­dos.
En Occidente, el cigarro se ha convertido en el blanco de otra guerra: la cruzada antitabaco. Todas las cajetillas (desde 1966 en Estados Unidos) deben llevar el aviso que denuncia, en caracteres cada vez más grandes y alarmantes, al consumo de tabaco como algo ``nocivo para la salud''.
Recientemente, la cajetilla se ha convertido en un objeto casi tan vergonzoso como una revista porno, que está prohibido sacar en el lugar de trabajo y en lugares públicos. Sin embargo, todavía se ven­­­den 24 mil millones de cajetillas al año en Estados Unidos. Y nunca antes se habían vendido tantas en el mundo: 263 mil millones tan sólo en 1995, es decir, más de cuarenta por ha­bitante del planeta. Y los héroes todavía fuman en las películas producidas por Ho­lly­wood entre 1990 y 1995, como John Tra­volta y Uma Thurman en Tiem­pos violentos. ``Nadie cree que aquí se acaben las cajetillas de ci­­garros al­gún día'', dice en tono desafiante Tom Gray. ``Si habrá un último bastión, ése se­rá Winston-Salem. Aquí lo entierran a uno con un paquete de cigarros en el ataúd.'' (Traducción de Gabriela Peyrón).
 
(Tomado de Internet)

martes, 7 de mayo de 2013

El placer de leer

 

 
Elogio de la lectura
ALBERTO MANGUEL
 
Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes so­­mos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque so­mos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, ima­­gino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percibíamos el mun­do como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas in­tuíamos, un mun­do nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entre­sue­ño o cuando ciertos reflejos me­cá­nicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sen­saciones se resuelven en conocimiento, en reco­no­ci­mien­to. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocer­me, ser cons­cien­te de mí mismo, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Vir­gi­nia Woolf, de un sinnúmero de autores anónimos. La lombriz de la conciencia (como la lla­mó Nicolà Chiaromonte en otra página que me define) denota la incisiva, constante, ob­se­si­va búsqueda de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.
El placer ha sido denigrado en nuestra época al entretenimiento superficial, a la dis­trac­ción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con cono­cimien­to, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con to­lerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sen­­tir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos sub­­yugar por míseros paraísos, deshumanizarnos.
Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a to­mar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de inte­rro­ga­ción en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.
 
(Tomado de Internet)