lunes, 22 de abril de 2013

El piajeno

 
 
 

Elogio del burro
TONI RUMBAU
 
Asno, borrico, burro, jumento, pollino... pero más cariñosamente llamado piajeno, como se le dice en Piura; compañero inseparable del campesino, es injustamente tratado al identificarlo con los menos dotados de inteligencia... no obstante ser todo un personaje de la literatura universal, como lo confirman El asno de oro de Apuleyo, la cabalgadura de Sancho Panza —la contraparte de Rocinante, el caballo de Don Quijote—, o Platero, de Juan Ramón Jiménez; y también pertenece a la historia divina, como que estuvo presente en el pesebre de Belén y llevó sobre sí a la Virgen María en la huida a Egipto... Por ello, como un homenaje a aquel ser que en nuestra infancia nos transportó por los diversos caminos de Chungayo y pueblos vecinos, deseamos compartir la hermosa crónica que a continuación presentamos; una gentil cortesía del blog El Retablo de mi Blog. (El editor de Diez Ayllus)     
 
Me refiero al animal. Creo que, junto al perro, el burro es el animal tradicionalmente más amigo de los humanos. Estoy seguro de que la historia nos confirmaría esta afirmación, pues menos en América, encontramos al burro en todas las viejas culturas del mundo, tanto las más antiguas como las que todavía se mantienen a flote en la actualidad. Antes del caballo, estaba el burro, animal fuerte y seguro, algo terco y cabezudo, es verdad, lo que sin duda le confiere mayor personalidad.
Es curioso que al burro no lo hemos mitificado, a diferencia del caballo, que para nosotros simboliza la fuerza bruta del instinto sublimada. Retratar al caballero montado en su noble caballo alzándose sobre sus patas de atrás, ha sido una constante en la Historia del Arte, perfecta ilustración de la dualidad  hombre/bestia, tan amada de los barrocos, cuya intención básica era la de ensalzar la naturaleza humana, lo que explica que los reyes y los grandes aristócratas se hayan retratado todos o casi todos en esa posición. El caballo aparece, pues, siempre pegado al hombre, como un complemento salvaje pero noble del que nos orgullecemos de haber domado. En este sentido, no hay duda que el caballo ocupa un lugar destacado en el palmarés de los animales amigos de la Humanidad. Y sin embargo, y tal como veremos al compararlo con el burro, esta simbiosis del caballo con el hombre le quita personalidad y, desde luego, autonomía. Son muy bonitos, pero porque nosotros proyectamos en ellos toda la fuerza y la nobleza que nos gustaría tener pero de la que por desgracia carecemos.
Todo lo contrario del burro. En él no proyectamos fantasías sino realidades: las oscuridades de nuestro carácter, la terquedad que nos define como especie, el egoísmo del que somos hijos, y la idiotez que tanto nos caracteriza. Se entiende que tradicionalmente se haya tratado tan mal al burro: espejo de nuestra sombra, nos vemos a nosotros mismos tal como no nos queremos ver, y por ello, bastón y estacazo. Pobre asno, válvula de escape de nuestros complejos y auto-odios. Y no sólo lo dicen los cuentos. Esto lo he visto yo en países donde todavía se lo usa como animal de carga: recibiendo palos a mansalva, atados de una pata a un árbol, o con las dos patas de atrás sujetas por unas cuerdas a modo de argollas, o una de adelante atada con la de atrás, etc.
Pero también es verdad que junto al mal trato, ha coexistido siempre un curioso apego al burro, fiel compañero de viejas culturas, que tanto nos ha ayudado en nuestros traslados y transhumancias, y en el día a día del campo y los cultivos.
Hay mil anécdotas, cuentos e historietas que hablan de este amor singular de los humanos con el burro, un amor muy distinto al del perro (mucho más emotivo y dependiente éste, incluso a veces demasiado sentimental) o al del gato (al que sólo la modernidad ha dado categoría de verdadero amigo) o al del caballo (que, como hemos dicho, se basa más en la admiración y el orgullo de identificarse con su fuerza). El amor burro-hombre es un amor adulto y profundamente moderno, que parte del respeto de la doble individualidad, pues ambos saben muy bien que el otro tiene su carácter y que hay que respetarlo. Se miran con confianza pero siempre con un velo de desconfianza, al comprender los dos que el interés a veces prima por encima del amor: el uno para haraganear y comer sus zanahorrias, y el otro para llevar cargas de un lugar al otro, o para hacer girar la noria todo el santo día. No hay pues engaños sino pacto, guardando cada uno su independencia.
Es lógico que, en un ambiente rural, donde lo que más importa es el día a día del plato de garbanzos, estas consideraciones sobre el burro interesen poco.
Pero en un ambiente urbano, y desde la perspectiva que nos dan la Historia y los siglos, creo que tendríamos que atrevernos a reivindicar al burro como el futuro animal de compañía de la especie humana. Para ser concretos, resumiré las razones en los ocho siguientes argumentos:
1.- a diferencia del perro, al que consideramos como un animal de raza menor aunque muy amigo nuestro, el burro es un animal noble, de una presencia impactante, elegante a su manera, lo que nos permite efectos de proyección más poderosos que los del perro;
2.- ya antes lo hemos diferenciado suficientemente del caballo, pero es importante indicar que su tamaño más chico lo hace más “humano”, más cercano a nosotros, está, digamos, “más a nuestra altura”;
3.- en este sentido, sería una buena idea proponer a los pintores imágenes de caballeros montados en burros: seguro que del tono romántico e idealizado de la dualidad hombre/bestia de los cuadros de Rubens y Tiziano, pasaríamos a un tono mucho más interesante de tipo psicológico y realista de las mismas dualidades;
4.- muy importante insistir en que el burro sólo admite proyecciones de “realidades” y no de “fantasías”. Nos conecta pues con lo real, con el suelo que pisamos, no con ideales ni mistificaciones;
5.- efecto vacuna o de neutralización: deriva del punto anterior. Al tenerlo como animal de compañía, nos vemos siempre reflejados en su rostro, lo que nos vacuna a diario de los delirios de grandeza y otras enfermedades similares;
6.- es un animal simpático, exótico y divertido, uno nunca se cansa de mirarlo, pues parece patoso y eso le da un aire juguetón aunque a veces es demasiado caprichoso. En este sentido, es muy importante educarlo bien en lo de las coces;
7.- el rebuzno es una auténtica delicia dotada de una originalidad apabullante, pues no hay nada que sorprenda más al urbano que oír como el asno arranca a rebuznar. Lo hace con arte y donaire pero, a diferencia del perro que puede llegar a ponerse muy pesado cuando se obsesiona en ladrar horas y horas, el burro es muy comedido en su rebuznar: Lo hace pocas veces al día y en general a horas fijas, lo que le otorga una cualidad añadida de marcador del tiempo.
Respecto a la calidad del rebuzno, yo lo definiría como un canto que parece salirle del alma, a causa del esfuerzo que se le supone, algo así como un grito desgarrado que arranca de las entrañas, muy a lo flamenco. En este sentido, si alguna vez se consiguiera que los burros rebuznaran en concierto, siguiendo las indicaciones de algún director o maestro cantor, con el acompañamiento tal vez de alguna guitarra, los resultados podrían ser realmente espectaculares, aunque muy sui generis, eso sí.
8.- la otra gran ventaja del burro respecto al perro, visto como animal de compañía, es que, además de simbolizar una amistad basada en el respeto y en la independencia de cada uno, el burro es también animal de carga y de transporte.
Es decir, nos hace compañía, nos sorprende y nos distrae, pero permite además desplazarnos de un sitio para otro, o llevar nuestros bultos en sus espaldas.
Esto, que puede parecer baladí y hasta una excentricidad a los urbanitas actuales, puede que un día llegue a ser de un interés supino, obligados como estaremos, tarde o temprano, a desprendernos de nuestros carricoches con sus motores a combustión. Sí, ya sé que todo el mundo habla de los coches eléctricos o de coches a energía solar o de otras cosas aún más raras y avanzadas (que si alas en los pies, motorcitos en la espalda...), pero cuando la realidad nos obligue de verdad a bajar de la higuera y a morder el polvo, quizás entonces veremos al burro como la solución. Tal vez no la mejor, pero sí la más humana y la más amiga.
(Tomado de El Retablo de mi Blog)



lunes, 15 de abril de 2013

El almanaque de mis tiempos

 
 

El almanaque Bristol
 
No había casa, en el Alto Piura, que no tuviera, colgado con una pita de cabuya en algún horcón, una pared o detrás de la puerta, un ejemplar del legendario Bristol del año correspondiente. Era el vademécum donde el jefe de la familia consultaba acerca de las condiciones del tiempo para las labores agrícolas: si lloverá o no en las próximas semanas, cuándo será luna llena…; y si la madre había dado a luz, se recurría al santoral incluido en dicho almanaque para ponerle al bebé el nombre del santo o de la santa que se celebraba en el día del nacimiento. Fue una de mis primeras lecturas, pues además traía algunos relatos breves, chistes, anécdotas y referencias históricas, acompañados de ilustraciones y anuncios comerciales de productos de tocador, como los de jabón Reuter, agua de florida Murray & Lanman’s, la loción capilar Tricófero de Barry, etcétera. (El editor del blog). 
 
 
Cuando transcurre noviembre empiezan a aparecer en todas las ventas ambulantes, tiendas o en semáforos, los almanaques Bristol, toda una tradición mundial desde hace 180 años.
            El almanaque se debe a un médico neoyorquino llamado Charles Bristol, a quien se le ocurrió crear su propio recetario y que cada día crecía en su número de páginas.
            Un almanaque que se hizo sin importar el el estrato o creencia que tuviera la gente y que ha circulado por el mundo entero desde 1831.
            Con el paso del tiempo, el almanaque fue incluyendo temas como la luna, el clima, los días buenos de pesca, el horóscopo, entre otros, y para las personas cada vez se fue volviendo más importante.
            Ignacio Bejarano, vendedor ambulante hace más de cuarenta años, dijo que “es una tradición muy antigua donde trae los astros para saber el temperamento de la naturaleza y muchas otras cosas; pero antes los viejos cogíamos ese almanaque para buscar temblores, terremotos, fenómenos de la naturaleza, porque este lo traía todo”.
            Sin embargo, para Fabio Salazar, técnico agropecuario, la Internet y la llegada de las nuevas tecnologías han desplazado al Bristol, aunque aún sigue vivo.
            “Hoy todo mundo tiene acceso a Internet, a las redes meteorológicas y eso lleva a que puedan encontrar información por ejemplo en materia de cuál es la mejor época para sembrar”, puntualizó.
            Adicionalmente, la producción agropecuaria para la que era más utilizado el calendario, hoy cuenta con una tecnología de punta y métodos tan avanzados como la agricultura específica por sitio, que, como un sistema de GPS, dice la fecha y la mejor hora para abonar, sembrar, desyerbar, todo dependiendo de las condiciones del suelo y la pluviosidad.
            Otro hecho, que ha sacado buena parte de la circulación al Bristol es el cambio climático, pues según explicó Salazar, hace un par de décadas las épocas eran bien marcadas, las secas y las de lluvias que permitían hacer una programación, hoy la cuestión es distinta porque, como se dice comúnmente, “el clima está loco”. (Nota tomada de Internet)



viernes, 12 de abril de 2013

Crónica de un agricultor

 
“En Chulucanas el mango no vale nada”
 
La siguiente crónica, tomada del blog Chulucanas Noticias, nos genera una gran preocupación por la situación por la que está atravesando una buena parte de los agricultores altopiuranos. ¿Qué pasa con las autoridades y los parlamentarios de Piura? Hagan algo por ese pueblo que hace unas décadas era conocido como el principal productor del mango y del limón peruanos. (El editor de Diez Ayllus)
 
 
El mango del Alto Piura
 se convirtió en mermelada
El mango cuando no sirve
 lo avientan a la quebrada. . .
 
Estos versos son de mi cumpa Saúl, ellos reflejan la frustración de ser agricultor, así como él somos decenas que morimos lentamente ante la mirada indiferente de la gente, de las instituciones, del Estado que por falta de sensibilidad voltean la mirada haciéndose los desentendidos sobre nuestra situación.
Este año he vendido a dos soles la java de mango Ken, qué iba a hacer, poco me faltaba llorar al ver los montones de mango regados debajo de las plantas, no tenía alternativa y además el hambre de mi familia no espera. La única empresa que compra este mango es la de Tambogrande y este año, y como todos los otros, solo sacaron la primera cosecha y después me salieron con el cuento de que la fábrica ya estaba saturada.
Cómo quisiera que estés en mi pellejo, y  puedas sentir la rabia, la desilusión, el sufrimiento al ver que todo ese esfuerzo de decenas de años se pudran entre la hojarasca o lo regalas al comerciante que con el cuento de “te pago mañana” se llevan el mango y nunca más aparecen por el lugar y así viven jodiendo al campesino.
Ya estoy viejo, he visto crecer los campos, me queda pocos años de vida, me moriré y me llevo la amarga desilusión de ver a mis hermanos en el abandono y en la desunión, ¿cuántas cosas he vivido como chacarero? Cuando converso con mi compadre Herminio, un hombre mejor estudiado que yo, siempre le pregunto: ¿Por qué el Estado no nos toma en cuenta? Y mi compadre tiene razón cuando me dice que nosotros los campesinos no somos una fuerza que afecta al Estado. “Mira cumpita —me dice—. Si los médicos o enfermeros hacen huelga, los directamente afectados son los enfermos y el Estado, quiera o no, tiene que solucionar los problemas; o en el caso de los maestros, cuyas luchas afectan directamente a los estudiantes, el Estado, presionado por ese efecto, tiene que de alguna manera escucharlos; pero nosotros, si hacemos huelga, ¿a quién afectamos?, nos afectamos nosotros mismos, porque si estamos un día sin trabajar no comemos, pero si los médicos o profesores paran de trabajar siguen ganando. Aquí nomás, lo que pasó en Tambogrande, los productores de mango, como medida de protesta, se negaron a vender su fruta a la empresa; pero no pudieron continuar porque su producto se le maduró y después tuvieron que botarlo, al final cualquier medida de fuerza rebota contra nosotros”.
Lo que dice Herminio tiene sustento, nosotros los agricultores sufrimos golpes por todo lado; por los comerciantes, las empresas, por el Estado, y nos seguimos hundiendo; pese a los bajos precios de esta fruta todavía se sigue sembrando mango y el Ministerio de Agricultura sigue como esfinge, sin importarle el problema. Entre todos los ministerios este es el que no tiene razón de ser; aquí no más, en Chulucanas, ¿qué hace el Ministerio de Agricultura? ¿Acaso brindan asesoramiento al agricultor?, son oficinas que toda la vida han estado de adorno, estos funcionarios que “trabajan” ahí se dan vueltas sin ninguna productividad.
La campaña del mango ya terminó, me he quedado endeudado con las financieras, no sé qué hacer; a veces quisiera llevar una motosierra y derribar mi “plantal” para convertirlo en madera, pero me detengo porque esas plantas son mi vida, mi proyecto de decenas de años; solo sigo en esto por el amor al campo, pero me duele al ver que nadie hace un comentario sobre nuestra situación, nosotros los chacareros experimentamos estas decepciones y sufrimientos y nosotros mismos las tragamos, nadie saca la cara por nosotros, nadie sabe que este año no hemos recuperado ni el cincuenta por ciento de lo que hemos invertido en este cultivo. El Estado, el gran ausente, que a pesar de su nacionalismo solo tiene oído para las trasnacionales, y los campesinos estamos quedando como mango chupao.
 
Hasta la próxima.
 
Lunes, 8 de abril de 2013


miércoles, 10 de abril de 2013

El charango

 
El charango
JOSÉ MARÍA ARGUEDAS
 
Los españoles trajeron al mundo indio la bandurria y la guitarra. El indio dominó rápidamente la bandurria; y en su afán de adaptar este instrumento y la guitarra a la interpretación de la música propia —wayno, k´aswa, araskaska, jarawi...— creó el charango y el kirkincho, a imagen y semejanza de la bandurria y de la guitarra. El arpa y el violín fueron conquistados por el indio tal como lo recibieron de los invasores. Ahora el arpa, el violín, la bandurria, el kirkincho y el charango, son, con la quena, el pinkullo, la antara y la tinya, instrumentos indios. Alma y alegría de las fiestas. O cuando entra la pena a las casas y a los pueblos, el charango y el kirkincho lloran por el indio, con tanta fuerza y con la misma desesperación que la quena y el pinkullo.
Los indios más bravos y cantores del Perú, los cuatreros y jinetes de Pampacangallo y del Kollao, llevan el charango amarrado a la cintura. Y en la cárcel, o en la pampa, el charango es la voz del k´orilazo o del chuco kollavino y del morochuco, miedo y orgullo de los pokras, el ayllu más musical del Ande.
El charango es ahora el instrumento más querido y expresivo de los indios y aún de los mestizos.
Cada pueblo lo hace a su modo y según sus cantos; le miden el tamaño, la caja, el cuello, y escogen el sauce, el nogal, el cedro según las regiones.
Por eso el charango de Ayacucho no sirve para tocar el wayno de Chumbivilcas. Y mientras el charango del Kollao tiene 15 cuerdas de acero, de tres en tres y templadas en Mi – La- Mi – Do – Sol el de Ayacucho sólo tiene cuatro cuerdas gruesas de tripa. El charango del kollao es barnizado, y siempre tiene pintada en la caja junto a la boca, una paloma en vuelo. El charango de los pokras es llano y de madera blanca, pero del extremo del cuello cuelgan 10 ó más cintas de color, y entre las cintas a veces una trencita de cabellos de mujer.
La voz del charango del kollao es aguda y se oye lejos; sus 15 cuerdas chillan; “chillador” le llaman en los pueblos grandes como Arequipa; y cuando el indio o el mestizo del kollao lo tocan el wayno hiere y aunque parezca exagerado es como si el verdadero viento de los pajonales de la pampa grande estuviera cantando desde la boca del charango. Para eso han trabajado siglos los indios del Altiplano; quizás cuerda tras cuerda, tono tras tono, padecieron, hasta que su charango sonara así, como lo oímos ahora; instrumento perfecto para la música de sus creadores. Porque el indio es invencible en su afán de hacer su obra, de concluir el trabajo que le exige su espíritu. No cede jamás. Ni nadie le toca en la integridad de su alma. Recibió la guitarra de manos de los españoles, y el trabajo de adaptarla a su más íntima y sutil necesidad de expresión musical quizá no ha terminado todavía. Le ha creado varios temples especiales para la música india: uno para los waynos, otro para las danzas, otro para los tristes. Ni la creación del charango ha realizado toda su ansia de expresión musical, exacerbada por el dominio de todos los instrumentos musicales que le trajeron los españoles. Dominio, por supuesto reducido a su folklore, y a su mundo limitado por tantas prohibiciones.
El charango de Ayacucho es más chiquito, unos cuarenta centímetros; sus cuerdas gruesas tienen voz grave y pastosa. Y mientras el del Kollao tiene doce trastes, el de Ayacucho sólo tiene seis. Este charango casi nunca se toca “punteado”; rasgan todas sus cuerdas, y al mismo tiempo, en las cuatro cuerdas y con los seis trastes, se da la melodía. Es para música de quebrada; no es para esos waynos de la gente de puna, bravíos o desesperados; es para canto dulce; y cuando es de tristeza, no es tan tremenda y de tocarla fuerte, como para que lo oigan todos los pueblos que hay en la pampa. La quebrada repite el wayno; y junto al río, en medio de los maizales o de los sauces que cabecean, mojándose en el agua, no hay necesidad de gritar tanto, ni para decir la pena ni para cantar la alegría o el amor que nace.
Mientras, en la puna se cantan waynos como éste, cuya versión castellana también damos.
Jakurak´chus manarak´anchus
Chikchischay paraschay
Maumi jamusk´anchis chayta
Chikchischay paraschay
Misitu pfiña turucha
Chikchischay paraschayt
Cawalluytas wak´rark´unki
Chikchischay paraschay
Nok´allatak´tak´wamurk´ayki
Chikchischay paraschay
K´amllatak´wak´raykuwanki
Chikchischay paraschay
Alsariway chutariway
Chikchischay paraschay
Maymi jamusk´anchis chayta
Chikchischay paraschay
 
[Tú dirás si ya es hora de volver
Tormenta de agua y de nieve
Tú dirás si ya es hora de volver por donde vinimos,
Tormenta de agua y de nieve.
Toro de ojos de sangre, toro felino,
Tormenta de agua y de nieve,
Tú desangraste mi caballo,
Tormenta de agua y de nieve.
Y yo te separé del monte, toro felino
Tormenta de agua y de nieve,
Y tú mismo me desangras
Tormenta de agua y de nieve.
Llévame de aquí, jálame a nuestra querencia
Tormenta de agua y de nieve;
Es hora de volver, ¡arrástrame ya!
Viento de lluvia y de nieve].
En la quebrada, el wayno canta siempre la ternura aunque la alegría se haya perdido para siempre.
Ama urpichay ama sonk´ochay
Ripuyta yuyaychu
Sonk´oy k´ak´atak´ñitisunkiman
Ripusk´apasunkiman
Ripusk´ayki ñampi
Esta es la traducción:
[No te vayas, paloma mía
No te acuerdes del camino
Mi corazón como una peña
Te caería en el camino
Como un río mi llorar
Te llevaría].
 
En la voz del charango se oye también la diferencia de tono de estos waynos, porque desde la madera, hasta las cuerdas, se escogen para que canten distinto.
Si toda la música del Ande es de tono general y característico, es también la que más estilos y variaciones tiene. Dos pueblos a veces separados sólo por algunas leguas ya tiene su estilo propio.
Y los instrumentos y los temples han sido adaptados con una energía profunda a la interpretación de la más leve diferencia de estilo sin silenciar lo más mínimo. En estos pueblos cada fiesta tiene su música especial y esta música tiene sus instrumentos propios, ahora hablamos del charango, acaso en otros artículos podamos informar sobre el kirkincho, la bandurria, el pinkullo, el arpa, la antara, el wakawak´ra, las tijeras de acero, la tinya...
El charango es instrumento mestizo; es del indio actual del Perú y del pueblo leído y trabajador de las ciudades del Ande. Las pandillas mestizas de carnaval y aún las marineras serranas se bailan con charango. Pero el charango en manos del indio kollavino, o del indio de Pampacangallo, y de las quebradas de Apurimac y Ayacucho es el charango verdadero; nadie lo toca mejor; y oyéndolo tocado por ellos se comprende de golpe que el charango lo hicieron esos indios y que nació primero para la música de ellos.
La bandurria ha quedado también como instrumento indio. En las ferias de Pampamarca, Huanca, Pucará y Sicuani, los indios andan en grupos tocando bandurria. Tiemplan su instrumento en las calles, tocan en las esquinas o caminando entre la multitud. Dominando el murmullo de la gente de feria y aún el repique de las campanas, si oyen las bandurrias.
Pero en esos pueblos, llenos de indios y mestizos, la bandurria suena como instrumento forastero, cuando lejos o cerca tocan charango.
(Publicado en La Prensa de Buenos Aires, Marzo de 1940).
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Fuente: Arguedas, José María. Indios, mestizos y señores. Lima: Editorial Horizonte, 1989, pp. 41-44.


sábado, 6 de abril de 2013

Pecado capital

 
Somos comida
VICENTE VERDÚ
 
Cada día se hace más inexcusable saber que el apetito trata dife­ren­cialmente con un producto u otro, puesto que los víveres no son sólo para vivir, sino para vivirlos y alternar con ellos. De esta nueva sensibilidad comunicativa ha ido gestándose la gastronomía de cul­to, los co­cineros exquisitos, las mil publicaciones sobre nutrientes y los interminables programas que humean en la televisión.
Comer fue siempre un gusto. Y siendo un gustazo, incurría de plano en el pecado mortal. Hoy, sin embargo, la gula, como la luju­ria o la holganza, ha adquirido su estatuto y una vistosa aceptación social.
Sobre los placeres de la vista y el oído, Occidente fue históricamente benévolo y hasta entusiasta porque, en su extremo, los consideró como deleites del espíritu. La belleza de la figura o de la música propiciaba un enaltecimiento espiritual que llevaba a los estados superiores del alma.
Por el contrario, platonismo y cristianismo recelaron siempre de los sabores y los olo­res, que transmitían sensaciones demasiado groseras. Oriente y su voluptuosidad es el an­verso de un Occidente complaciéndose con las pudorosas distancias de la visión o el oído. Mientras la vista acaricia la cosa, el sabor es el saber. Saber directo y material porque el olor que desprende un cuerpo es el primer sustancioso indicio de su animalidad.
La actual complacencia occidental con el sabor y el olor, ma­nifiesta en la formidable proliferación de restaurantes y per­fu­merías, marca una tras­gre­sión moral y cultural, y es sig­no de cómo el mundo global mezcla sus juegos y trasvasa sus pecados. O también de cómo el hedonismo y no la abnegación, el gasto (el gusto) y no el ahorro (la alcancía de la escucha) es un paradigma de la cultura del consumo y se integra por completo entre sus postulados.
Mientras el olor resulta tan complejo que una persona es capaz de distinguir entre más de 4.000 fragancias, el gusto no parece dar mucho de sí. Lo salado, lo dulce, lo ácido y lo amargo constituyen sus cuatro puntos cardinales. Sin embargo, sólo con la permutación y graduación de estos elementos podría conformarse un modelo de personalidad singular.
Los bebés unen la experiencia de cada sabor a una mímica fa­cial diferente y también a clases distintas de emociones. ¿Podrá des­pués decirse que este individuo tiene un rostro avinagrado como efec­to de frecuentar lo ácido o de rechazarlo; y que el otro sonríe be­néficamente como consecuencia de elegir lo dulce o anhelar su bondad?
Podrá parecer exagerado, pero hay estudios que siguen el curso biográfico de las per­sonas en su interacción fisiológica y emocional con el sabor. Primero aparecen las pre­fe­ren­cias, el amor por el merengue, el delirio por los encurtidos, la pasión por los campari, la amis­tad del salazón; y después brotan las enfermedades impre­vi­si­bles que seleccionan, prohíben o matizan el consumo. Dolencias que, en su interior, promueven atracción y re­cha­zo por la cosa, im­pli­cación, frustración, sustitución, neurosis o dolor. A través de este ca­tá­lo­go va construyéndose el gusto y el disgusto personal. El disfrute sano o el éxito de la perversión.
Comer, en definitiva, ha dejado de ser un acto inocente o ancestral. Fue pronto, en cuanto se emancipó de la muerte, un claro quehacer cultural, pero nunca, como ahora, ha ad­quirido mayor conciencia de sí. Se come para ser más: más atractivo, más lúcido, más fuerte, más longevo. Se come, como siempre, en grupo, pero en buena medida se come a solas y cada vez más. Se come en solitario tanto porque los hogares de una persona aumen­tan im­pa­rablemente como porque cada cual se dispone el menú de acuerdo con sus carac­terísticas, su nature house y su ideal.
De este modo, poco a poco, seremos efectivamente cada cual lo que comemos, y no por­que el organismo actúe por su cuenta para producir un resultado azaroso entre sus la­be­rin­tos, sino porque cualquiera pretenderá que su metabolismo se comporte de acuerdo con un plan.
¿El gusto? Efectivamente, el placer del paladar explica el esplendor de la nueva gastronomía, pero también el gusto se practica fuera del mundo del paladar. Se ejercita en las elecciones abstractas de los bífidos, las omegas, las proteínas, los antioxidantes o las iso­flavonas que sin sabor a nada nos hacen creer cabales y sapientí­si­mos directores de nuestra apariencia y de nuestra interminable sa­lud. (Internet)

lunes, 1 de abril de 2013

Relato del Alto Piura

Daniel, el guitarrero*
Por: Javier Segundo Silva Carnero

Con el fin de difundir la cultura andina piurana, presentamos a continuación un bello relato ambientado en el distrito de Santo Domingo, provincia de Morropón, Piura. Dicho relato obtuvo Mención Honrosa (área Leyendas) en el VIII Concurso de Cuentos y Leyendas Regionales de Piura el año 1997. En cuanto al autor, solo se indica que es procedente de Piura.
 
El relincho furioso ha desmayado y le sigue un golpazo aguado en el piso de tierra mojada de la única casa en aquel campo de Chungayo. Se encienden los mecheros de cebo. Se abren dos puertas. Por una salen dos hombres en calzoncillos con machetes desenvainados. Por otra una mujer enorme arrastrando en su pollera a tres niños.
                La luna esférica les descubre el escenario y borra los mecheros. Una mula ceniza yace en el piso respirando con explosiones. Sus ojos parecen reventarse. De su hocico brota una interminable masa verde espumada. Sus patas tiemblan a un costado. Tiene destrozada la panza a fuerza de la espuela que le abrieron hondas grietas desde donde se elevan vaporcitos calientes.
                A unos metros tirado, el jinete convulsiona, se asfixia con su propia baba que es incontenible. En sus ojos rojizos convergen todas las direcciones y sus manos empuñan fuertemente el aire. Balbucea su palidez e inútilmente trata de calmarse viéndose rodeado de su familia. Así permanecería durante tres días hasta que la muerte terminó de invadirlo poro a poro.
 
* * *
 
Daniel monta una mula ceniza bien aperada. Lleva al cinto un revólver que alguien hallara en la Quebrada de la Guerra a fines del siglo pasado; y a la bandolera, una raída guitarra.
                Daniel es un serrano guapo, precursor de los caminos de herradura y de los atajos que comunican a Santo Domingo con los demás pueblos de la sierra morropana. Conoce bien cada paso, cada trocha y cada cueva en el campo. Su trabajo así lo requiere, reparte el correo desde Morropón y respeta los misterios del monte. Por eso en las hoyadas bebe de los higuerones pero no los mira hacia arriba, evita el jaque del chimir, aspira hondo el aroma de los overales y se escupe el pecho esquivando a los chivatos a medianoche.
                Los ceibos de vientres verduscos y prominentes hablan con él en los atardeceres, lo saludan, lo alegran y lo acompañan hasta el próximo pueblo. El trote inquieto de su mula es comparsado por el saludo atento de los caminantes.
                Daniel sabe armar las fiestas igual en San Luis que en Piedra del Toro, en el Faical o Paltashaco, en Pambarumbe, Palo Santo, San Agustín, Santo Domingo o Chungayo. Todo es cuestión de ánimo, unas botellas de primera y ajustar las clavijas de su compañera de cuitas.
                Daniel nunca tuvo hora de llegada —ni día— pero la Juana le dio tres hijos y aún sigue enamorada. Los mece en sus piernas y que tiene que regresar hasta Morropón, y que no dejen de ir a la escuela, y que debe acompañar a buscar el toro fugitivo del compadre, y que va a jugar un gallo que es fijo, y que sus cuñados no hablen cojudeces, y que la próxima semana se hace la landa de su hijo menor, y que él sabe cuidarse muy bien, y que mañana estará de regreso.
                Aquel día la fiesta se improvisó en la casa de los López de Santo Domingo y Daniel fue, una vez más, el guitarrero guapo que arrancó sonrisas y suspiros de las mozas y el llanto de los más ebrios. Las botellas vacías de aguardiente se fueron sumando y acabada la jarana un consejo: “Compadre, mejor se recuesta en la tarima hasta que empiece a aclarar. No se vaya hom… esta hora se salen los aparecidos…”.
 
* * *
 
Daniel sujeta las riendas y golpea con la mano. La mula ceniza empieza a caminar y los absorbe el tiempo. Daniel, contempla las estrellas del cielo que las luciérnagas imitan en el espeso follaje. Avanzan entre ramas de piñanes que le azotan el sombrero y los hombros. Escuchan perfecto el chillido punzante de los grillos, el reptar de algún animal entre las hojas secas y el diálogo de algunas ramas insomnes. El jinete extraña las voces de los ceibos que en los campos de Santo Domingo no crecen. Piensa que a veces hay que hacer caso a los consejos. Pero ¿qué podía pasar, si ya antes, en madrugadas como esta había andado por la Quebrada Honda, por la cuesta de Palo Santo, la Quebrada de la Guerra, y todo sin novedad, también por la Quebrada de La Laja que se viene más adelante.
                En la quebrada el agua era como un manto de plata tendido por la luna. La mujer que Daniel halló estaba proyectada en medio de la misma. Humedece su larga cabellera dorada y la peina. Viste una ligera túnica blanca y su piel es clara. Daniel piensa que claros deben ser también sus senos y en lo tibio que puede ser su vientre.
                “¡Arre Ceniza!” le insinúa a la mula pero ésta no se mueve. Daniel desea acariciar la dureza de aquellos muslos que escapan a la blancura de la túnica. Apuesta que sus cabellos deben oler a margaritas y “¡acerquémonos Ceniza, arre!” pero la mula trastabilla y se resiste. Daniel desea los labios y el cuello de la mujer, embriagarse en su sexo. De pronto ella lo está mirando también y le sonríe y le tiende los brazos, se está acercando sin caminar, flotando, llevada por el viento “¡Daniel, Daniel!”, lo llama y él estalla en un grito “¡me jodí, arre, arre, arre!” y la mula se desboca en la carrera “¡arre, arre!”. En la huída van quebrando ramas de chivatos y las lechuzas levantan su vuelo “¡arre, arre!”.
                La mula resbala, cae y se levanta y el jinete poniéndole el alma a las espuelas y “¡arre, arre!” y patea y clava una y otra vez las espuelas y “¡arre, arre!” Daniel sabe que no debe mirar atrás, aprieta los dientes y le da a las espuelas. En la veloz carrera, siente unos brazos claros rodeándole la cintura y los cabellos dorados chicoteándole los hombros y la voz que le suplica “¡tú no me dejes Daniel!” y él sabe que su casa está cerca “¡arre, arre!” pero es inalcanzable y la voz que se enfurece “¡tú no me dejes Daniel!” y él más espuela y más, hasta que la mula se desmorona y el jinete rueda a unos metros. Siente que unos mecheros se prenden en su casa y salen sus dos cuñados en calzoncillos con machetes desenvainados y la Juana con sus hijos prendidos de la pollera. La mujer de cabellos dorados se enreda en lo alto de un higuerón y desde allí durante tres días lo está llamando…
 
 
* Fuente: Juaninco, el pájaro enamorado. Octavo Concurso de Cuentos y Leyendas. Piura: Centro de Investigación y Promoción del Campesinado, 1997, pp. 46-48.