sábado, 12 de enero de 2013

Piuranidad

 

Juego de identidades

SUSANA ALDANA
 
Si la identidad es tan importante para unos... ¿por qué no lo es para todos? ¿Por qué en la región interesa tanto el tema y prácticamente es inexistente en la capital? Ciertamente el asunto está vinculado a nuestro devenir como República. La historia salta así doblemente a la palestra. Primero porque cuando señalamos el tiempo que tiene la Nación peruana explícitamente nos referimos a la historia y porque local y regionalmente, la historia es la legitimadora de las identidades. Así aprovecho este ensayo para retomar dos temas que me apasionan, uno, Piura y el otro, la región dentro de la Nación. Retomar porque hace algunos años analicé la historiografía piurana como eje de la identidad regional1 y ahora, enmarco la temática en el nuevo panorama que se nos abre a los piuranos y peruanos.
Primero que nada señalemos que no hay nada más elusivo que la identidad; ésta se escapa día a día y cuando se fija, se anquilosa y simplemente, muere. La identidad responde a la cultura viva de la gente y cambia constantemente con ella.
Pero cuando hablamos de tiempo, hacemos una referencia implícita a la historia a pesar de que por lo común, cuando señalamos los elementos que visiblemente identifican a una región partimos de la cultura viva: nadie duda que el tondero es de Morropón o que el seco de chabelo y el majado de yuca son piuranos. Pero, más importante es el honor de la región y sus cualidades morales, explícitas en sus hijos ilustres; aquellos que han tenido una destacada labor en el nivel regional y más aún, en el nacional. Y para ello, se tiene que echar mano de la historia: Miguel Grau es el gran héroe de la guerra y el arquetipo nacional, cuya inmolación sentó las bases del ideal de marino en el Perú y opacó, por ejemplo, la destacada labor del también piurano Lizardo Montero. Pero hay muchas personas más que reflejan el ser piurano en el tiempo, en la región y en la Nación. Desde Miguel Gerónimo Seminario y Jaime, prócer de la independencia piurana, pasando por el médico Cayetano Heredia, el político Luis Antonio Eguiguren, el indigenista Hildebrando Castro Pozo, el costumbrista Justino Ramírez, el luchador social Sinforoso Benítez, la poetisa Carlota Ramos Santolaya, el literato Jorge Moscol Urbina y hasta el banquero Dionisio Romero entre tantos otros2.
Por eso, en segundo lugar, se tiene una referencia constante a la historia para solventar elementos, digamos "de fondo", en la identidad regional: sólo en el tiempo, en la vivencia de gente que ya pasó, se encuentran los elementos que sirven de arquetipos sociales para el conjunto de personas que ahora viven en un espacio dado y que les permite generar un sentimiento de pertenencia y de apego con su terruño. Si no fuera por la historia y su vertiente identitaria, es decir, de ofrecer visiones de largo aliento al conjunto social, ni las regiones ni el país podrían haber enfrentado esa apremiante necesidad de los siglos XIX y XX de identificarse nítida y distintamente del vecino, propio de los procesos de construc­ción nacional.
Es en este punto donde encontramos un sustento a nuestra pregunta inicial de cómo fue que se establecieron intereses tan diferentes entre los peruanos. Vinculamos, además, la historia regional con la nacional enmarcándolas en un proceso eminentemente histórico del que participó no sólo nuestro país sino el mundo entero y que supone la creación de lo que llamamos Nación, peruana en nuestro caso. Y es en verdad una larga historia que intentaré sintetizar.
Cuando Carlos III subió al trono hacia mediados del siglo XVIII, Piura y toda la gran región surquiteña-norlimeña3 contaba con una relativa autonomía dentro del virreinato del Perú —que ya había sido recortado con la definitiva creación del virreinato de Nueva Granada en 1739— a semejanza de cada una de las partes o regiones del imperio español. Por lo mismo, este rey español, hijo de la ilustración y del despotismo ilustrado, buscó recontrolar su reino, estableciendo plenamente el absolutismo en sus posesiones, reorganizando todo el sistema jurídico-administrativo y modernizando las estructuras de gobierno; fundamental­mente la recolección de tributos e impuestos que debían ser canalizados con mayor eficacia de las colonias a la metrópoli. Madrid se convirtió así en el eje centralizador de la vida económica, social y política del reino. Poco les gustó esta situación a los americanos —a pesar de que cada ciudad capital replicó el modelo centralizador en su espacio4— y menos aún a aquellos que se dedicaban al comercio y que encontraban en las nuevas imposiciones tributarias, una carga muy difícil de llevar y que además, las sentían como toda una afrenta para quienes se percibían como fieles vasallos del rey de España. Varios grupos regionales, in­cluso fuera del virreinato del Perú, no estuvieron muy felices con la nueva situación. Fue el caso de los piuranos o los norteños en general: sus productos agropecuarios, futuras materias primas en el siguiente siglo XIX, tenían un creciente mercado dentro del país y en las regiones vecinas. Incluso, en el caso específico de Piura, su comercio se proyectaba más allá, hacia los países europeos no-españoles a través de sus múltiples contactos y su excelente puerto, Paita.
Lo que económicamente significó una fuerte presión catapultó en paralelo, un sentimiento que a lo largo del virreinato había ido tomando forma: el amor a la patria chica, al terruño, que fue englobando, bastante confusamente lo que consideraban el mundo colonial. Confusamente porque un piurano no se identificaba plenamente con un limeño pero estos dos tenían más en común que con un rioplatense y todos compartían el sentirse americanos frente a un español. Más, frente a un inglés o un francés, ciertamente, ellos eran españoles sólo que nacidos en América. Sin embargo, si del espacio local se trataba, un personaje como el diputado de comercio Joaquín de Helguero era un europeo español para los piuranos.
El "cuerpo de nación" de base tomista que sustentara los reinos de España, se encarnaba a fines del siglo XVIII en realidades tangibles y terrenales; en el mundo europeo-occidental despertaba el sentimiento de pertenencia a una tierra y no a otra enmarcada por una voluntad de "liberar" la sociedad y sus actividades. Napoleón Bonaparte marca la voluntad de construir la Nación, pues a pesar de la experiencia revolucionaria francesa y de sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad, las tropas francesas poco o nada respetaron esos ideales democráticos en el continente y potenciaron las "nacionalidades". Para nosotros, es sabido, su presencia en España, unida a múltiples situaciones de descontento y de crisis en el conjunto del virreinato, significó la separación de América y la creación de múl­tiples repúblicas que, por supuesto, como en el mundo europeo, se abocaron a construir ese abstracto social llamado Nación.
A semejanza de lo que ocurría en el centro, Europa, múltiples personajes en América del Sur forjaron el nacimiento de las repúblicas y sobre todo, perfilaron el sentimiento nacional entre nosotros. Es el caso de Bolívar o del sagaz Santa Cruz, interesantes instrumentos de liberalismo5 de época, que generaron miedos y resquemores entre los nacientes estados y reforzaron su voluntad de levantar verdaderos muros nacionales que permitieran una identificación nítida y muy distinta de la del vecino. Este fue un proceso que afectó directamente los intereses de algunas regiones de frontera como en el caso específico de Piura, que si bien mantuvo el contacto con Tumbes —que había quedado del mismo lado— vio progresivamente recortada su relación tradicional con Loja y Cuenca.
Las nacientes repúblicas tuvieron que enfrentar varios retos: primero que nada, la representación dentro del conjunto ahora exvirreinal. ¿Por qué Lima tenía que ser la capital de la república si tanta fuerza socioeconómica podía tener Trujillo o Arequipa, ambas cabezas de regiones emergentes? A su favor ciertamente estaba la ubicación geográfica que facilitaba el otro elemento clave de la modernización de las estructuras de gobierno, la centralización. Mientras Piura estaba en el extremo norte y Trujillo iniciaba el norte, Lima se encontraba en el justo medio del territorio peruano, una situación de bisagra entre los productores norteños y los mercados de la sierra central, los del sur y hasta con los del Alto Perú (y viceversa) que la benefició. Pero ahora con la República ¿qué la legitimaba como capital? Además, los intereses regionales eran muy nítidos, sobre todo en el caso del norte. Tenía una larga tradición de unidad política, que se reflejó en la tardía intendencia de Trujillo, y que se combinó con un interesante poder económico; como se ha dicho, el norte contaba con productos de creciente demanda como el azúcar y Piura, particularmente, con el algodón, además del mejor puerto norteño a través del cual canalizar el comercio desde y hacia el exterior.
Las fuerzas centrífugas regionales eran muy fuertes y la naciente república debía encontrar la forma de subsumirlas. Algo nada fácil. La densidad de la población era baja y bastante dispersa: de 2´700,000 personas que había en el Perú, tan sólo 135,502 se ubicaban en Piura provincia6. Por otro lado, el Estado debía establecer una burocracia funcional que desde un centro, Lima, controlara gente y territorio, particularmente los recursos aprovechables. Un fuerte gasto para crear una burocracia de Estado que, ¿cómo podía ser solventado si prácticamente ningún peruano, piuranos incluidos, estaba acostumbrado al pago de impuestos?7 Los enfrentamientos no se hicieron esperar y se necesitó prácticamente todo el siglo XIX para que se construyera primero, un verdadero Estado republicano y luego se afirmara la existencia de la Nación.
Los grandes procesos históricos no impiden que la vida diaria continúe. Piura se movió a lo largo del siglo XIX de acuerdo al vaivén de las circunstancias. Sus hijos se dedicaron a la producción de algodón8 mientras contemplaban cómo unos y otros optaban por los diferentes caudillos y sus posiciones políticas. Las montoneras de Chalaco fueron dejadas atrás por las montoneras de Seminario y también el tiempo, inclemente, dejó atrás a Castilla y a Piérola. Económicamente la región tuvo un lugar importante en el mundo nacional: el algodón permitió un repunte de la región primero, en los años de 1860 y luego para la etapa de modernización social entre 1890 y 1930. En paralelo, calaba y se estampaba a hie­rro candente el nacionalismo, el amor a la Nación peruana, potenciado por las guerras nacionales. Pero también tomaba un viso particular el amor a la patria chica y se plasmaba en regionalismos, muchas veces repetición en pequeñito del nacionalismo.
Para 1910 se afirmaba plenamente la existencia de la Nación peruana, con Lima como capital y la figura del costeño, capitalino (urbano), jaranero y dicharachero como arquetipo del "hombre" nacional peruano. Desde el costumbrismo, Ricardo Palma sentaba la tradición señorial del Perú y desde la historia, se construían sus fundamentos: del mundo prehispánico, inerte cuanto englobante y difuso, sólo emergían los incas. Un gran imperio, aunque de "antiguallas" para los de la época, sobre el que se levantara el poderoso y rico virreinato del Perú, señero de la cultura española-europea y base directa de la república peruana, de la gran Nación peruana.
Tal como lo dijo Valdelomar, en pleno apogeo nacional, el Perú era Lima9 y el éxito de la República significó que las regiones fueran controladas y subsumidas por el centro. Entonces, por un lado, los fundamentos históricos del Perú se referían prácticamente en exclusivo a Lima y por otro, las regiones, otrora poderosas, habían dejado de ser tomadas en cuenta en las políticas nacionales. Un piurano por ejemplo, ¿de qué visión de historia podía echar mano para explicarse si la riqueza y la variedad regional habían sido eliminadas en favor de una imagen única de Nación y de ciudadano peruano? Por tanto, los estudiosos de provincia reflejaron el sentir de lo que vivían y se dedicaron a crear los fundamentos de su propia región. Así en Piura, el "regionalismo" se expresó históricamente en la im­portancia de los tallanes: un gran cacicazgo, casi sinónimo de imperio, cuyo territorio, curiosamente, recordaba el de los departamentos de Piura y Tumbes actuales. Una vez derrotado Maizavilca, el curaca piurano, se afirmó la plena im­posición española y la fundación de la primera ciudad. Porque si de ciudades se trata, con todo el orgullo que esto significa para los locales, Piura fue fundada antes que la Lima virreinal y aún más, no sólo fue la primera ciudad española en el Perú sino en la América del Sur.
Gran cultura prehispánica, primera ciudad colonial. Por supuesto, el tema siguiente e infaltable es la independencia, más aún porque los piuranos optaron por la independencia también antes que Lima —sinónimo de Perú. Por lo tanto, su amor a la Patria, su apoyo a la República, su opción por la Nación, quedaba fehacientemente establecido. El asunto se convertía en punto indiscutido con la Guerra del Pacífico, la gran guerra peruana, cuando el honor nacional había sido salvado por un hijo ilustrísimo de Piura, Miguel Grau. No obstante, este prohombre pasó a ser acervo de la Nación y regionalmente perdió sus calidades identitarias. Nunca se le ha olvidado y su batalla final, 8 de octubre, se convirtió durante muchos años en la fecha de la celebración del aniversario de la ciudad. Pero el personaje no es tema recurrente de estudio entre los estudiosos locales ni un símbolo local de piuranidad.
La Nación, como se ha dicho, no contempló más a las regiones. Y conforme se desenvolvió el siglo XX, Piura, junto con el resto de las provincias, fue progresivamente relegada y es más, su propia población, sobre todo la joven fuerza laboral, comenzó a migrar a Lima. Entonces, ¿cómo podía un piurano, un provinciano, afirmarse en ese excluyente marco nacional? ¿Cómo hacer sentir que existía y que la región de donde provenía había sido y era importante? Con la historia y la cultura. La identidad le ofrecía la posibilidad de que sus hijos —y los vecinos— se enterasen de su importante pasado histórico y de aquella riqueza cultural ahora marginada. Así, Grau era peruano, pero también era piurano quien comía majado de yuca y seco chabelo, bailaba la marinera y el tondero piurano y cantaba El rosal viviente.
Los duros años de 1970 remecieron este esquema. Ellos fueron el punto culminante de ideologías enfrentadas (izquierdas vs. derechas) que potenciaron el conflicto social y graves problemas poblacionales, políticos y económicos, nunca antes experimentados. Se dudó de la Nación y más aún del estado nacional; se dudó de la república liberal e igualitaria; se dudó del "hombre-arquetipo" nacional peruano y sobre todo, se buscó abrir la oferta de visiones sobre el Perú. Las regiones comenzaron a emerger con fuerza, como sacudiéndose del yugo que el centro les impusiera por casi un siglo. En paralelo grandes cambios sucedían en el mundo: se cayó el muro de Berlín y la revolución proletaria quedó atrás en el tiempo; se habló del fin de la historia y se aceptó que la modernidad daba paso a la posmodernidad. Con ello, a la Nación se le remecía hasta sus cimientos y emergía como nuevo proceso mundial, la globalización económica y la mundialización política. Así como el liberalismo le había roto el espinazo a los imperios monárquicos, el neoliberalismo comenzaba a quebrar la fuerza de los estados nacionales. Por supuesto, los "ismos" volvieron a ser catapultados: nacionalismo y regionalismo se dan, en realidad, la mano y desde la re­gión, el vacío nacional —o su redefinición— volvía más imperiosa la nítida caracterización de los elementos identitarios regionales. Peor aún, si de la mano con el nuevo proceso de interconexión mundial, se generó una suerte de temor a la pérdida de los valores culturales propios.
En el nuevo panorama mundial, ya no basta bailar marinera ni comer seco chabelo sino contar con algo quizás más concreto dentro de su abstracción, generar un arquetipo social piurano. Con poco éxito en realidad, porque justamente los procesos que se viven impulsan y establecen nuevos valores sociales como la plurietnicidad y la multiculturalidad. Pero de la historia sí que se ha vuelto a echar mano, pues se necesitan visiones de sociedad que permitan que amplios grupos sociales, antes casi inexistentes, se perciban como parte de una región dada y no de otra. Así, la gente de la sierra, los Sechura o los Catacaos10, están ahora presentes y son una fuerza social que no puede ser obviada: como pescadores o campesinos, de base indígena, tienen un espacio reconocido en la sociedad multiétnica. Ya no bastan los arquetipos; los Seminarios, los Grau o los Vegas Castillo pudieron ser prohombres piuranos en el pasado, necesarios para establecer los pilares socio-morales de la región. Mas ahora se requiere construir un nuevo sentir y una nueva visión de sociedad que permita que la gente de una región dada, Piura en este caso, se sienta parte de un país, el Perú; se encuentre en él y a la vez, se ubique consecuentemente en su región y establezca su sentimiento de pertenencia para con ella.
El proceso es muy complejo en verdad. El estado nacional tiene que darle espacio a las regiones; su reformulación, expresada en la descentralización y la regionalización, potencia un nuevo momento de búsqueda identitaria. Por eso en Piura, como en otras provincias, sus estudiosos sienten la necesidad de definir la "identidad" local. Pero el juego consiste en establecerla sin reproducir los "ismos" tan en boga un siglo atrás que hacían de lo mío, lo primero y lo único. Los piuranos deben buscar en la historia, ampliamente validada, nuevas visiones de sí mismos acordes al siglo XXI, que eviten "querencias" al estilo del siglo pasado y que más bien establezcan vinculaciones identitarias que se ajusten a este mundo hoy crecientemente globalizado y con el nuevo futuro que se desenvuelve día a día. La región debe abrirse a sí misma, hacia su interior, respetando e incorporando su realidad diversa sin olvidar que hacia fuera, debe relacionarse sistémicamente con un primer nivel, el estado nacional y en segunda instancia, el mundo. Así, la Nación dejará de solventar a la región y más bien la región potenciará a la Nación; el juego está en el tablero.
 
NOTAS
 
1. Hace algunos años publiqué un artículo sobre el tema. Ver: Aldana Rivera (1997), “Tres temas para una identidad. Pautas historiográficas en Piura y Tumbes (Perú)”. En Revista Complutense de Historia de América. Madrid, (23), pp.23-38.
 
2. Una gran cantidad de personajes representantes de la cultura piurana que escribieron sobre la región o sobre los cuales se ha escrito por su labor destacada a nivel nacional, en Revesz, Bruno; Aldana, Susana y otros (1996). Piura: región y sociedad. Derrotero bibliográfico para el desarrollo. Piura, Cipca, 766 pp.
 
3. Nombre que le puse a ese gran espacio de intereses mancomunados familiares y económicos que abarcaba el norte del Perú y el hoy sur del Ecuador. Ver, Aldana Rivera, Susana, Poderes de una región de frontera: comercio y familia en el norte (Piura, 1700-1830). Lima: Panaca, 1999 y también, Antiguo Gran Espacio. La unidad económica surecuatoriana-norperuana. Piura: Cámara de Comercio, 1992.
 
4. Así, para fines del siglo XVIII se hablaba del virreinato de Lima, del virreinato de Río de la Plata y del virreinato de Bogotá. El virreinato de México por ejemplo, tuvo éxito en mantener su nombre para todo el territorio de lo que es ahora la república.
 
5. Recuérdese que Adam Smith es reconocido como el teórico del liberalismo a pesar de que la frase francesa "laissez faire, laissez passer" sintetiza la doctrina liberal.
 
6. Ver Bonilla, Heraclio, Comp. (1975). Gran Bretaña y el Perú 1826-1919: informes de los cónsules británicos. Lima, IEP; Banco Industrial del Perú, v.1: 175.
 
7. Recuérdese que la burocracia virreinal había sido afrontada con el tributo indígena e impuestos a la actividad minera, fundamentalmente.
 
8. Como señala Mr. Spenser St. John, cónsul británico en el Perú de 1878, el algodón es un producto importante del cual no se encuentra estadística oficial del Estado (Ver Bonilla, Gran Bretaña..., 179). Sólo queda aceptar el panorama cualitativo, cual suele ser la norma en los estudios regionales, y en Piura, para la época hay una vitalidad regional interesante. Al analizar los informes que publica Bonilla señala —erróneamente a mi ver— que la vocación algodonera de la costa peruana empieza con la crisis norteamericana. No obstante, sí concuerdo con su afirmación de que "después de una década de un desarrollo vigoroso, la producción del algodón empieza a estancarse desde 1870"; la recuperación será después de la primera guerra mundial. Ver Bonilla, Heraclio (1975). Los mecanismos de un control económico. Lima, IEP; Banco Industrial del Perú, p. 39.
 
9. La conocida frase de Abraham Valdelomar en 1928 es: “el Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert soy yo”.
 
10. En este sentido, son interesantes los trabajos antropológicos de Alejandro Diez. Ver por ejem­plo, Fiestas y Cofradías: asociaciones religiosas e integración en la historia de la comunidad de Sechura.- Piura, Cipca, 1994. También Comunes y haciendas: procesos de comunalización en la sierra de Piura (siglos XVIII al XXI).- Piura; Cuzco, Cipca; CBC, 1998.
(Tomado de Internet).