viernes, 28 de septiembre de 2012

Estudio etnobotánico

Datos etnobotánicos del poblado de Huaylingas


Cuenca La Gallega,

de Santo Domingo, Piura
 
 
 
ALDO CERONI STUVA

Se realizó un estudio etnobotánico en el poblado de Huaylingas (Santo Domingo, Morropón, Piura) con la finalidad de obtener información acerca del conocimiento sobre los recursos vegetales y técnicas autóctonas en un ecosistema de alta montaña. Se registraron actividades de subsistencia, técnicas de cultivo, de conservación de alimentos y una gran fuente de recursos fitogenéticos de uso potencial tanto en la alimentación como en la salud. Las 86 especies registradas fueron clasificadas en 8 categorías de uso, siendo 46 de ellas de uso medicinal.
 
 
Introducción
 
Desde los comienzos de la humanidad, las plantas han ocupado un papel importante, sir­vién­­­dole al hombre como: alimento, en la construcción de sus casas, mobiliario, en la fa­bri­ca­­ción de telas, tintes, aceites, esencias, en instrumentos de caza, de guerra, como fo­rra­je, etc. (Infantes, 1962). El desconocimiento de la escritura en los antiguos pobladores del Perú no permitió dejar documento alguno que hubiera servido para conocer en forma di­recta y con exactitud el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, los estudios etno­bo­tánicos per­miten rescatar una serie de conocimientos y técnicas ancestrales que los an­ti­guos pe­rua­nos utilizaban con gran eficacia para el mejor aprovechamiento y con­ser­va­ción de los re­cur­sos naturales de su medio. La etnobotánica si bien es cierto que es­pe­cí­fi­camente permite co­nocer la concepción autóctona, de la naturaleza y el mundo de las plan­tas de un deter­mi­na­do grupo étnico, también es cierto que es una de las mejores ma­neras de conocer el apro­ve­chamiento de los recursos naturales, ya que todas las acti­vidades de los seres humanos están principalmente relacionadas con las plantas. En cuanto a la sie­rra de Piura, hay en la actualidad algunos estudios etnobotánicos pero al pa­recer no son muy nu­me­rosos. El presente trabajo tuvo como objetivo realizar un estudio et­no­bo­tánico en el po­bla­do de Huaylingas, para lo cual se registraron datos en cuanto a las ac­ti­vi­da­des de sub­sis­ten­cia, técnicas de cultivo, técnicas de conservación de alimentos, así como del uso de las plan­tas.
 
Materiales y método
 
Ubicación de la zona de estudio
 
El poblado de Huaylingas se ubica en la parte alta de la cuenca La Gallega, en la cor­di­llera, a 2700 msnm aproximadamente, en el distrito de Santo Do­min­go, provincia de Morropón, departamento de Piura. Esta cuenca está ubicada al suroeste de la microrregión an­di­na central, dentro de la Gran Cuenca del Piura. La microrregión andina central se ubica entre los 4°90' y 5°10' LS y los 79°30' y 80°10' LO.
La zona de estudio presenta un tipo de bosque húmedo siempre verde, con plantas como higuerón, suro, paltón y pu­chuguero. En cuanto al clima, éste presenta áreas húmedas con precipitaciones de 800 a 1000 mm por año.
 
Lugares de colecta
 
La información, así como el material botánico fue colectado en los alrededores: Florecer, Las Pircas y Cerro Negro.
 
Método
 
En cuanto al procedimiento, este consistió primero en establecer un flujo de información a través de la comunicación con los pobladores, entrevistas, etc. El flujo de información se obtuvo principalmente del Sr. Ángel Córdova Guerrero y de Manuel Jesús, su hijo mayor. En segundo lugar, se hizo una herborización de las especies útiles para todas y cada una de las actividades de la comunidad. La información obtenida fue ordenada y evaluada, mien­tras que las especies vegetales fueron determinadas en el Herbario Weberbauer de la Uni­ver­sidad Nacional Agraria La Molina (MOL) y en el Herbario del Museo de Historia Na­tu­ral "Javier Prado", de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
 
Resultados y discusión
 
Huaylingas es un poblado que alberga apro­xi­ma­damente 200 familias. Para sus habitantes  las plantas son sin lugar a dudas lo más importante por cuanto constituyen la principal fuen­te de sus recursos tanto como alimento, material de cons­truc­ción y medicina. Hay también una influencia de la religión en el sentido que previo a las siembras ellos invocan a Dios pa­ra tener éxito en sus cultivos y obtener buenas cosechas.
Las plantas las clasifican por su utilidad en: alimenticias, medicinales, para cons­trucción, para leña, etc. Reconocen las plantas básicamente por el olor y el sabor, espe­cial­mente las hierbas medicinales.
En cuanto a la nominación de las partes de la planta usan los términos raíz, hojas, flo­res y frutos, a excepción de tallo, al que llaman "palo". Asimismo, llaman "tamo" a lo que queda de la cosecha y se usa como alimento para los animales.
Otros términos usados por ellos son: "monte" para los árboles no cultivados y "ár­bol" para los cultivados.
 
Actividades de subsistencia
 
La principal actividad de subsistencia es la agricultura. La ganadería es menos importante, ya que no tienen mucha agua como para preparar invernas.
Las vacas comen hierbas naturales como el suro (Chusquea sp.) y el llamado "tamo". En cuanto a las actividades agrícolas, tenemos que la siembra de tuberosas empieza en diciembre y la de granos en febrero, mientras que las cosechas las hacen desde mayo y agosto, para las tuberosas y granos, respectivamente. En noviembre, empieza la preparación de la tierra para tubérculos como el olluco y la papa.
Entre las plantas que cultivan están: maíz, trigo, cebada, arveja, papa, ollu­co, oca, zanahoria, ajo, cebolla y zambumba. En el caso de la papa cul­ti­van las variedades: Ranrainca, Nativa, Limeña, Yopata, Perrichola y Amapola.
Otra de las actividades que realizan es el trueque de productos que ellos producen por otros que no siembran. Por ejemplo: en los lugares de menor altitud no cultivan granos ni tubérculos, entonces cambian estos cultivos que si producen por "caña de Guayaquil" que no puede desarrollar en su sitio por el frío, pero que es muy necesario como material de construcción.
También realizan actividades como: recolección de leña, corte de árboles para ob­tener madera de construcción y recolección de semillas. Algunas plantas que usan para le­ña son la “chilca” (Baccharis latifolia) y el “puchuguero” (Ocotea cernua); para madera: el alcanfor (Euca­lyptus globulus), de donde obtienen 5 ó 6 tablones de cada tronco de 60 cm de diámetro aproximadamente. Cuando cortan estos últimos colectan semillas para preparar almácigos y obtener plantas para usarlas como cortinas rompevientos alrededor de sus cultivos.
La cría de sus animales, la obtención de algunos productos como: leche, manteca, etc. y la recolección de plantas medicinales, son las actividades de su vida cotidiana.
 
Técnicas autóctonas modificadas de cultivo
 
En el mes de noviembre empieza la pre­pa­ra­ción de la tierra para el cultivo de tubérculos. Para el caso de la oca, abonan la tierra con estiércol de oveja y deshacen todos los te­rro­nes rompiéndolos con el "pilón", he­rramienta hecha de madera con una bola a un extremo (Foto 1). Las maderas que usan para ela­borar esta herramienta pueden ser el “lanche” (Myr­cia sp.), el “cucharillo” (Oreocallis gran­di­flora) o el “chachacomo” (Escallonia resinosa). Des­hechos los terrones proceden a arar el terreno con bueyes que tiran el arado. Para el cul­tivo de la papa, usan úrea cuando pre­pa­ran la tierra.
 
Otras técnicas
 
Para la preparación de almácigos de "alcanfor" proceden de la siguiente manera: los frutos colectados con semillas son tendidos al sol por 3 días, luego sacan las semillas sacudiendo cada fruto. Preparan la tierra abonándola con estiércol de oveja; siembran las semillas y en 3 ó 4 meses obtienen los plantoncitos para el transplante.
Otra técnica observada entre los pobladores de este lugar fue el tratamiento de la ma­dera cuando es cortada muy joven (verde): entierran los tablones por 3 meses apro­xi­ma­da­mente antes de usarlos; de esta manera evitan que se raje.
 
Técnicas de conservación de alimentos
 
Los pobladores de Huaylingas usan algunas técnicas como el “soberado” o tabanque para conservar tubérculos. En este caso tienden la cosecha sobre un tabladillo hecho de "yuto", el denominado "tabanque" (Myrsine oligophylla). De esta manera, pueden conservar la co­se­cha hasta 3 ó 4 meses.
Para conservar granos guardan las cosechas en unos sacos de cuero de vaca bien cerrados: los denominados "zurrones". En cada saco se puede guardar hasta 13 almudes; cada almud es aproximadamente 2 latas y cada lata tiene 12 kg. Es decir, cada zurrón con­tiene hasta 310 Kg. De esta manera pueden conservar los granos 7 ó 10 años.
 
Usos de las plantas silvestres
 
Además de la información recogida, se recolectó especies vegetales silvestres utilizadas por los pobladores, registrándose alrededor de 86 especies con usos variados, siendo 46 de uso medicinal. Una visita y entrevista al Sr. Gerardo Peña, curandero de Cerro Negro, permitió conocer el uso medicinal de muchas plantas. En general, se registraron hasta 8 categorías de uso: Alimenticias-Bebidas-Frutales; De carpintería y construcción; De higiene; Forrajeras; Medicinales; Para la buena suerte; Para leña y Para reforestar.
 


domingo, 16 de septiembre de 2012

Ética alimentaria


La producción de comida también necesita ética

PETER SINGER*

 

Se ha predicho que el consumo mundial de carne se duplicará para el año 2020. Sin em­bar­go, en Europa y América del Norte existe una creciente preo­cu­pación sobre la ética de có­mo se producen la carne y los huevos. El con­su­mo de ternera ha caído drásticamente desde que se conoció que para producir la así llamada ternera "blanca" (en realidad, rosa pálido), las crías recién na­ci­das son separadas de sus madres, se las vuelve anémicas, se les niega el ac­ce­so a forraje y se las mantiene en establos tan estrechos que no pueden caminar.

 

En Europa, la enfermedad de la vaca loca dejó impactada a mucha gente, no sólo porque hi­zo pedazos la imagen de la carne de vacuno como un alimento sano y seguro, sino por­que se su­po que la causa de la enfermedad fue la práctica de dar como alimento sesos y te­jido ner­vio­so de ovejas al ganado vacuno. Quienes ingenuamente creían que las vacas co­mían pasto des­cubrieron que el ganado vacuno obli­ga­do a comer en lotes de alimentación come desde maíz hasta pes­ca­­do, residuos de pollo (incluidos sus excrementos) y desechos de los ma­ta­de­ros.

La preocupación sobre cómo tratamos a los animales está lejos de limitarse al pe­que­ño por­centaje de personas que son vegetarianas. A pesar de los sólidos argumentos éticos del ve­getarianismo, todavía no es una posición generalizada. Más común es la opinión de que se justifica comer carne, siem­pre y cuando los animales tengan una vida decente antes de que se los mate.

El problema, como Jim Mason y yo lo describimos en nuestro reciente libro "The Way We Eat" (El modo como comemos), es que la agricultura industrial niega a los ani­ma­les in­cluso una vida mínimamente decente. Decenas de miles de millones de pollos pro­du­ci­dos en la actualidad nunca salen al aire libre. Se los cría para que tengan apetitos voraces y engor­den lo más rápido posible, y luego se los coloca en cobertizos que pueden contener más de 20.000 aves. El nivel de amoníaco de sus excrementos acumulados hace el aire tan al­calino que provoca picazón en los ojos y daña los pulmones. Cuando se los mata, con ape­nas 45 días de vida, sus huesos poco desarrollados apenas pueden soportar el peso de sus cuerpos. Al­gunos caen y mueren al poco tiempo, incapaces de lograr acceso a los ali­men­tos o el agua; su destino es irrelevante para la economía de la empresa.

Las condiciones son peores (si es posible imaginarlo) para las gallinas ponedoras, em­­butidas en jaulas de alambre tan pequeñas que incluso si hubiera una por jaula sería in­ca­paz de estirar las alas. Pero por lo general hay al menos cuatro gallinas por jaula, y a me­nu­do más. En condiciones tan atestadas, lo más probable es que las aves más agresivas ter­mi­­nen ma­tando a picotazos a las gallinas más débiles de la jaula. Para evitar esto, los pro­duc­tores cor­tan los picos de las aves con una cuchilla caliente. El pico de las gallinas está lle­no de te­jido nervioso, pero no se usan anestésicos ni analgésicos para aliviar su dolor.

Es probable que los cerdos sean los animales más inteligentes y sensibles que co­me­mos normalmente. Al buscar forraje en un pue­blo rural, pueden ejercitar esa inteligencia y explo­rar el ambiente. Antes de parir, las puercas usan paja u hojas y ramitas para construir un nido cómodo y seguro en el que cuidar a sus lechones.

Sin embargo, en las granjas industriales de hoy las puercas preñadas son mantenidas en cajas tan estrechas que no pueden darse vuelta o caminar más de un paso hacia adelante o atrás. Yacen sobre concreto, sin paja, hojas ni ninguna otra forma de lecho para sus crías. Los lechones les son arrebatados lo antes posible, para que puedan quedar preñadas nue­va­men­te; su destino es no salir nunca del cobertizo, excepto para ser llevadas al matadero.

Los defensores de estos métodos de producción argumentan que son una respuesta la­mentable pero necesaria a la demanda de ali­­mentos de una población en crecimiento. Por el con­trario, cuando confinamos animales en granjas industriales, tenemos que producir ali­­men­­­tos para ellos. Los animales queman la mayor parte de esa ener­­gía de los alimentos en el pro­ceso de respirar y mantener tibios sus cuerpos, de modo que a nosotros nos llega una pe­queña fracción —no más de un tercio, y a veces hasta un décimo— del valor nu­tri­tivo con que los alimentamos. En contraste, las vacas que pas­tan con­sumen un alimento que no­so­tros no podemos digerir, lo que sig­ni­fica que son un aporte a la cantidad de alimentos a nuestra dis­posición.

Es trágico el hecho de que países como China e India, a me­di­da que se vuelven más prós­­­­peros, estén copiando los métodos oc­ci­dentales y poniendo a los animales en enormes gran­­­jas indus­tria­les pa­ra suministrar más carne y huevos a sus crecientes clases me­dias. Si es­to continúa, el resultado será un sufrimiento ani­mal a una escala in­cluso mayor que la que hoy existe en Occi­den­te, así como más da­ño al medio ambiente y un aumento en las en­fer­me­da­­des cardíacas y los casos de cáncer en el sistema digestivo. Tam­bién será un sis­tema enor­me­­mente ineficiente. Como consu­mi­dores, tenemos el poder —y la obligación mo­ral— de ne­gar­­nos a apo­yar métodos agro­pecuarios crueles con los animales y per­ju­di­cia­les para noso­tros.
 

* Profesor de Bioética, Universidad de Princeton.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Libertinaje gastronómico




Media ración de emociones

KARELIA VÁZQUEZ

 

¿Glotones o frugales? ¿Nos ponemos las botas con una pizza o adelgazamos con los cereales Especial K? Del atracón a la dieta, y de la dieta al atracón. El hambre y la saciedad son reacciones fisiológicas normales que se activan mediante reacciones químicas y conexiones nerviosas automáticas que no necesitan de nuestra fuerza de voluntad. Así funcionan los animales y los recién nacidos. Comen cuando tienen hambre, y cuando se sienten saciados, paran. No cuentan calorías, no miden las grasas que han comido y no se dan un atracón de chocolate cuando están tristes. Comer por razones que nada tienen que ver con el hambre es una cualidad netamente de los humanos, que aprendemos a conectar la comida, además de con el apetito, con recuerdos buenos y malos, con lugares y con personas que nos cuidaron.

 

Los acontecimientos desagradables también se pagan con la comida. Se come por ansiedad, se deja de comer por desamor o uno se atiborra de dulces cuando es­tá triste. "Con la comida conseguimos rebajar tensión. El lenguaje cotidiano es­tá lleno de referencias de esta mezcla entre los sentimientos y la alimenta­ción: 'no me lo puedo tragar', cuando rechazamos algo; 'se me revuelve el estó­ma­go', cuando sentimos asco", explica la psicóloga Isabel Menéndez en su libro Alimentación emocional. La relación entre nuestras emo­cio­nes y los con­flic­tos de la comida (Grijalbo, 2006). Los alimentos no sólo cubren las necesidades biológicas, sino que también llenan otros deseos que tienen que ver con las emociones. Lo saben los crea­tivos de publicidad. Ya no es suficiente con que un producto ten­ga buen sabor. Le pedimos mucho más. Albert Font, planificador estratégico de la agencia Tiempo BBDO, explica que un anuncio de comida tiene que prometer imposibles para triunfar. "Buen sabor, pre­sencia exquisita, ser fácil de preparar porque la gen­te tiene poco tiempo y garantizar la idea de salud. Y últimamente tiene también que tener un punto gourmet. El círculo se está cerrando", advierte.

Crecen como setas las tiendas para sibaritas y los restaurantes sofisti­cados. La comida parece ser lo de menos. La gente quiere emocionarse cuando sale a comer, quiere vivir una experiencia y está dispuesta a pagar por ello. A la par de esta búsqueda de lo exquisito en la restauración, en la vida doméstica comemos cada vez más rápido, sentados frente a la televisión y más solos que la una. ¿En qué punto de nuestra historia se juntan la comida y las emo­ciones? "Desde el principio de la vida, el alimento de la madre nos entra con una serie de afectos", explica Isabel Menéndez, y agrega: "Cuando una madre alimenta a su hijo con placer le está dando un gran regalo. Pero si está ansiosa y estresada, este bienestar no existe; no se trasmite al bebé, que sí recibe, en cambio, la carga de angustia de la mujer. Esto se cuida poco y a la mujer se le presiona mucho para que se reincorpore a la vida laboral en tiempo récord".

Este niño no me come nada. La ansiedad que genera una madre cuando cree que su hijo no se alimenta bien se refleja en ese "no me come", que convierte el acto de la alimentación en un lo­gro o en un fracaso personal. Los psicólogos conocen lo rápido que aprenden los niños a con­ver­tir a los padres en rehenes de la comida. "Usan la comida para retener a la madre y conseguir cosas. Enseguida descubren si en la familia hay angustia cuando ellos no comen, y, sobre todo, los adolescentes usan los alimentos para protestar", recuerda Isabel, que cree que los padres co­meten un error cuando se fijan demasiado en cuánto y cómo comen sus hijos. Muchas veces, los vómitos repetitivos de los bebés, cuando no existe una justificación orgánica, son una con­se­cuen­cia de la angustia de la madre, un modo de llamar la atención y de conseguir que la madre no los deje solos.

Hoy, pechuga y ensalada. Mañana, también. ¿Por qué acabamos comien­do siempre lo mismo? ¿Poco tiempo? ¿Falta de imaginación? Las dietas monó­to­nas son una manera rápida de eliminar la emoción de la comida y comenzar a comportarnos como si repostáramos combustible. Los expe­ri­men­tos realizados por la neuróloga estadounidense Ann E. Nelly sobre el poder adic­tivo de la comida han revelado que la variedad de sabores estimula las ga­nas de comer. Si se reduce cada comida a un único ingrediente, el apetito dis­mi­nu­ye drásti­ca­men­te. Es el principio de funcionamiento de las dietas mo­nó­tonas que se ponen de moda. Pero también es el tiro de gracia contra el placer de comer. Para la autora de Alimentación emocional, hacer de la comida un me­ro trámite nutri­cio­nal es la base de la explosión de los conflictos con la ali­men­ta­ción de nuestra época. "Dedicamos menos tiempo a comer y obtene­mos me­nos placer al ha­cer­lo. Es aburrido comer solo. Comemos demasiado de­pri­sa, sin pen­­sar mucho, sin disfrutar. Si esto es tedioso para un adulto, imagine para un ni­ño". Para ase­gurar una comida que alimente a la par el cuerpo y el al­ma ha­bría que rescatar –según la autora– al menos una comida al día en familia. ¿Pa­ra qué sirve? "Para llenarse de las dos cosas imprescindibles para la vida: ali­­men­tos y compañía", asegura. Una teoría cercana al postulado de Sigmund Freud, que aseguraba que las necesidades básicas del ser humano sólo eran dos: el hambre y el amor.

 

Me declaro 'adicto' al chocolate

 

Las propiedades analgésicas para los dolores del alma que se le suponen al chocolate tienen que ver con su capacidad de levantar el ánimo. Un poco de mito, otro de conducta aprendida, otro de aso­ciación con buenos momentos y otra porción de los efectos fi­sio­lógicos del chocolate que estimula la segre­ga­ción de serotonina en el cerebro, un neurotransmisor que nos pone de buen hu­mor. El mismo que regula el Prozac. Algunos estudios estiman que el cho­co­la­te es el protagonista del 40% de los antojos de las mujeres y del 15% de los capri­chos de los hombres. En un estudio realizado por An­tonio Bulbena, jefe de psi­quiatría del hospital del Mar en Bar­ce­lona, entre un 15% y un 18% de los par­ti­cipantes se declararon adic­tos al chocolate. "La gente lo dice porque lo en­cuentra divertido y gra­cioso. No diría lo mismo", advierte Bulbena, que de­mos­tró que para tener adicción al chocolate habría que consumir 15 kilos diarios.

 

Asalto a la nevera con nocturnidad y alevosía

 

La comida funciona para algunas emociones como una aspirina para un do­­­lor de cabeza. La tristeza, el miedo, la soledad, el aburrimiento y, sobre todo, la ansiedad suelen enmascararse con atracones. O todo lo contrario, con una ne­ga­­­tiva a probar alimento. Según Isabel Menéndez, cualquier emoción puede ex­pre­­sarse a través de un conflicto con la comida. Pero el más espectacular es la culpa. "Es un sentimiento inconsciente que se calma comiendo". Las visitas in­­tempestivas a la nevera encajan en lo que la psicoterapeuta estadounidense Do­­reen Virtue llamó glotonería emocional. Según ella, tras esta conducta suele ha­ber al menos una de estas cuatro emociones: miedo, rabia, tensión y vergüenza.

La psicóloga Isabel Larraburu distinguía en un artículo las diferencias entre un ataque de comer y un antojo. "El atracón no tiene en cuenta el tipo de comida. Los antojos son selectivos y no se satisfacen con cualquier alimento: tiene que ser uno en concreto". Según esta experta, los antojos son frecuentes y no indican necesariamente ningún tipo de enfermedad.

 

El lunes empiezo

 

Dianne Neumar-Sztainer, especialista en nutrición en adolescentes, identificó los dos grandes problemas de las dietas: las reglas estrictas y la duración. Las reglas se inventaron para saltárselas, pues producen estados de privación que acaban por provocar el abandono del régimen. Cuando la persona se siente li­be­rada, come de manera desenfrenada hasta que vuelve a la dieta. Isabel La­rra­bu­ru explica que la manera clásica de boicotear un régimen es decir: "Ya comí lo que no debía, qué más da". A partir de ahí comienza lo que ella llama "el li­ber­tinaje alimentario": probar todo lo que antes estaba prohibido. Sin límites. "Lue­go llega un remordimiento intenso que hace volver a la privación reac­tivando el ciclo freno-desenfreno". Este juego es más peligroso de lo que parece y los expertos lo consideran el primer paso para desórdenes alimentarios.

Las dietas intermitentes no funcionan porque se toman como algo eventual y no como un cambio radical en la forma de comer. Además, sobre todo en adolescentes, abren las puertas a la depresión, según un estudio realizado en EE UU con 1.000 estudiantes de bachillerato.

 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Netamente de Morropón

 
Qué mejor celebración que disfrutar del clásico tondero de Morropón. Salud con la rica chicha piurana. ¡Gua, paisano!


miércoles, 5 de septiembre de 2012

El repe

Acerca del repe

MIGUEL GUTIÉRREZ CORREA

Presentamos un fragmento extraído del artículo “Primer encuentro con Arguedas” del novelista piurano Miguel Gutiérrez, donde el autor de Hombres de caminos y otras importantes obras se refiere al “repe”, potaje típico del Alto Piura.  Provecho.

 
“[…] pero lo misterioso es que, acaso por la presencia del queso, recordé un plato de la sierra piurana, de Ayabaca, que mi madre solía preparar en memoria de sus padres, y ella lo cocinaba casi de manera clandestina, porque aparte de mí, no gustaba a mi padre ni a mis hermanos, pues lo consideraban un plato que sólo comían los serranos, a los cuales la gente denostaba llamándolos "serranos piquientos, patas con queso". Le conté esta historia a mi anfitrión y en seguida quiso saber el nombre del plato, los ingredientes y la preparación. El plato se llamaba repe, se hacía de guineos verdes, arvejas secas, queso de vaca, cebolla y achiote molido y se preparaba –le dije- de esta y otra manera. Creo que como nunca capté la atención de Arguedas y me pidió que le hablara de otros platos de la cocina piurana; pero como mis conocimientos de la culinaria de los Andes piuranos eran muy limitados, le nombré algunos de los potajes de las tierras bajas, como el copús, la sopa de novios, las carnes aliñadas y un poco para sorprenderlo le conté de los pacazos que en el patio criaba mi abuelo alimentándolos de alfalfa y mondaduras de verduras y yucas y después los sacrificaba y despellejaba y luego maceraba con chicha de un día para otro la carne blanquísima y tierna y preparaba su exclusivo seco de capazo que servía con sarandajas y yucas de monte”.