sábado, 21 de julio de 2012

Pinglo: el más grande compositor criollo del Perú

Felipe Pinglo Alva
El bardo inmortal

Nació en la calle de El Prado, en los Barrios Altos de Lima, el 18 de julio de 1899; hijo de Felipe Pinglo Meneses, un modesto normalista, y de María Florinda Alva quien lo alumbra, para morir días después, quedando huérfano de madre.

La pobreza en la que vivió y las enseñanzas de su padre y sus tías, fueron formándolo como niño instruido pero con sentimiento social. Con sus propinas adquirió más tarde un rondín e intuitivamente aprendió a repetir en el instrumento musical las interpreta­ciones de las bandas militares ofrecidas en las retretas, en las plazas públicas de su tradicional barrio.

Estudió en la escuela fiscal de los Naranjos y en la de Sancho Dávila, del Carmen Bajo, para seguir luego la instrucción secundaria en el colegio Guadalupe.

Palomilla en la pampa de Barbones, futbolista del club Alfonso Ugarte de los Barrios Altos o del Deportivo Naranjos, crítico de este deporte en varias revistas, empleado en la Compañía de Gas y en la Dirección General de Tiro, demostró desde muy joven una natural afición a la música, al interpretar los «one steps», los «fox trots» y los «black botton», los tangos y otros ritmos que estaban de moda para luego, delgado y melancólico, con su cara larga y angustiada, sosteniendo su guitarra con la mano izquierda, (fue zurdo guitarrista), componer infatigablemente la letra y la música de sus propios valses.

En ellos suele haber un romanticismo sencillo y hállase también la crónica sentimental de los barrios del suburbio capitalino, el deslumbrante bullicio de las jaranas que se armaban a punto de voz y pecho, las tristezas y las alegrías del alma mestiza que buscaba su propia expresión sin dejarse seducir por los ritmos ajenos o importados. En 1917, ganado por la música criolla, comenzó su producción con el vals "Amelia".

Entre sus producciones más afamadas estuvieron, entre muchas otras, "El Huerto de mi Amada", "Mendicidad", "La Oración del Labriego", "Sueños de Opio", "El Canillita", "Pobre Obrerita", "Pasión y Odio", "Rosa Luz", "El Espejo de mi Vida", "Bouquet", "Hermelinda", "Evangelina", "Amelia", "El Tísico"; "Bouquet", "Amor Traidor", "Melodías del Corazón", "Celos", etc.

También se recuerdan "De Vuelta al Barrio", este vals es un canto de amor entrañable a los Barrios Altos y una expresión de nostalgia del pasado; y "El Plebeyo", donde se esboza un problema social, pues el plebeyo Luis Enrique ama a una aristócrata. «Señor, por qué los seres no son de igual valor», pregunta el artista, además de otras composiciones que marcaron toda una época de esplendor.

Felipe Pinglo no sólo abrió una nueva etapa de la canción criolla sino, además, dejó una leyenda, en el transcurso de diecinueve años hasta 1936, en que tempranamente falleció, llegó a componer aproximadamente 300 canciones; muchas de ellas perdidas o conocidas solamente en forma fragmentada.

Pinglo le cantaba al amor y a la vida como para ahuyentar a su dolor perenne, hermanado a la guitarra que endulzaba su amargura. Por eso le cantaba a las Venus criollas de ojos que eran de cielo y de miel sus sonrisas, ocultando tras de ellas la escapatoria de sus sollozos.

Aquel hombre enfermizo y pálido que rengueaba, se destruyó en cuerpo y alma. Y el bordón de su guitarra gimió después de una vida corta, falleció en una casa de la calle de la Penitencia, el 13 de mayo de 1936. (Tomado de internet)