martes, 10 de abril de 2012

Contra las guerras


"Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren" (Jean-Paul Sartre).

 

jueves, 5 de abril de 2012

El Señor Cautivo



AYABACA

La fe cautiva
MARCELA OLIVAS WESTON

A Ayabaca salgo yo, a ver a mi Señor
con alegría y emoción llegamos mi Señor
porque sanas los males, con tu lindo poder...
(“A Ayabaca”, alabanza con ritmo de cumbia)

El sol refulgía sobre la pintoresca provincia serrana de Ayabaca, a 211 kilómetros al nor­es­te de la ciudad de Piura, cuando un humilde labrador, al rozar los árboles del totoral, ob­ser­vó que de un tronco brotaba un líquido rojo como la sangre de una herida. Creyendo que la mejor manera de santificar este madero original era haciendo una imagen que mitigase sus temores, mandó tallar un Cristo de sobrecogedora belleza.

Esta leyenda se suma a otra historia, en la que se atribuye al padre García Guerrero, párroco del pueblo, la idea de tallar, hacia 1751, una imagen del Señor con madera de ce­dro procedente del monte Sahumerio, un pueblo de Jililí, en Ecuador.

Pero el más difundido relato afirma que tres hombres vestidos con impecables pon­chos blancos de lana llegaron al pueblo de Ayabaca. Trotaban sobre tres briosos caballos al­binos. Eran artistas talladores. Y se comprometieron a esculpir la imagen del Señor Cau­ti­vo a condición de que el pueblo guardara absoluta reserva sobre su presencia. Nadie, ade­más, de­bía interrumpirlos durante sus labores y los alimentos les serían servidos solamente al ama­necer. Ningún poblador debía verlos trabajar.

Pasó el tiempo y la curiosidad de los ayabaquinos pudo más que su paciencia. Que­rían ver los avances de trabajo de los tres misteriosos caballeros. Los pobladores se acer­ca­ron a la casa, llamaron insistentemente y, al no obtener respuesta, creyeron que se habían burlado de ellos. Entonces forzaron la puerta. En el interior no había persona alguna y la comida estaba intacta. Pero ante ellos se alzaba, imponente y majestuosa, la escultura de un na­zareno con las manos cruzadas. Sólo entonces se dieron cuenta de que los autores eran ángeles vestidos de chalanes que al concluir la escultura alzaron vuelo y se perdieron entre la blanca espesura de las nubes.

Tampoco están ausentes los relatos que señalan a España como el origen de este cul­to, que habría venido a estas tierras junto con los conquistadores. Se dice que la imagen de Cristo fue hecha prisionera por los turcos y los padres trinitarios se vieron obligados a rea­lizar gestiones para recuperarla. De acuerdo a lo pactado, debían depositar tanto oro en una balanza como pesara la escultura. Como no poseían recursos, colocaron una bolsa va­cía en el platillo que correspondía al precioso metal. Ante el asombro de todos los pre­sentes, la es­cul­tura se elevó como una pluma. Y hasta hoy, cada primer viernes del mes de marzo se celebra el rescate de la bendita imagen.

Sin embargo, la devoción al Señor Cautivo de Ayabaca podría ser también una remi­nis­cencia de la peregrinación prehispánica a centros de culto local, como Aypate y La Hua­­ca. Antes de la presencia española, en las alturas de Ayabaca existía ya un centro re­li­gio­­so de particular importancia: Ayahuaca. Éste era sede de los diez jerarcas religiosos más con­no­tados de la organización sacerdotal inca y estaba conformado por un imponente san­tua­rio –o grupo de santuarios– de origen preincaico. Tenía gran influencia en la sierra de Piura, que desde esos tiempos era centro de paqarinas (complejo de lagunas) y apus (mon­ta­ñas sa­gra­das), ubicadas entre Ayabaca y Huancabamba.

En 1580 las autoridades coloniales, tomando como base la población de Ayabaca Vie­ja (antiguo pueblo cuyos restos todavía existen), formaron el Pueblo de Indios de Nues­­tra Señora del Pilar de Zaragoza de Ayabaca. La resistencia de la población a la rea­gru­pa­ción y traslado dio lugar a que la curia asegurara que la "voluntad de la virgen" había de­signado el nuevo asentamiento. Fue así como la Virgen del Pilar se convirtió en la pri­me­ra patrona de la reubicada Ayabaca. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, el propio pue­blo de Ayabaca decidió adoptar como santo patrono al Señor Cautivo, cuya imagen co­rres­pondía a las expectativas religiosas locales. Así, la fiesta quedó establecida, y desde en­ton­ces se festeja el día 13 de octubre.

El culto al Señor Cautivo está asociado estrechamente con los pedidos de agua, salud y bienes. Estos se manifiestan con nuevas formas, pero tomando como referencia antiguos cultos vinculados a consultas sobre el tiempo y prácticas rituales en demanda de agua y pros­peridad. La mayoría de estos rituales religiosos prehispánicos se realizaban en octubre, tanto en la sierra de Piura como en otros lugares del país.

A lo largo del tiempo, el sentido de las prácticas religiosas ha ido cambiando y los sa­cerdotes católicos intentaron restringir algunas formas de culto, pues consideraban que con­tenían elementos de idolatría. Sin embargo, la sencilla religiosidad de la mayor parte de la población encuentra aquí motivos más cercanos a su identidad y a su propia búsqueda de espiritualidad.
 

Ecce Homo



La imagen del Cristo Cautivo de Ayabaca es una delicada talla de madera de cuerpo entero. De tez morena, con una pigmentación más bien olivácea, es un Cristo negro. Sus fac­ciones son delicadas, la nariz perfilada, la barba tupida, el pelo largo ensortijado y de col­or marrón. Tiene una expresión muy fuerte: sus ojos miran hacia abajo como si ob­ser­va­ra con tristeza al mundo. Pero su mirada es también dura, firme y penetrante. Flagelado y con las manos atadas, la boca entreabierta, inspira un terrible dolor.

La imagen está vestida con trajes de terciopelo morado bordados con finos hilos de oro y plata, pedrería y lentejuelas. Tiene las manos atadas por una soga dorada y está or­na­mentado con una corona y un detente de oro, que tiene la cruz latina en el centro, y porta va­riados anillos de metales preciosos en las manos. Los bordados de su traje tienen di­versos motivos: el cáliz con la hostia, la paloma blanca símbolo del Espíritu Santo y enor­mes or­quídeas. Según los fieles, el cabello y la barba del Señor Cautivo crecen con el tiem­po, como si se tratara de una persona de carne y hueso.

Según el evangelio de San Juan, después de que Pilatos ordenó azotar a Jesús los sol­­dados tejieron una corona de ramas con espinas, se la pusieron en la cabeza y lo vis­tie­ron con un manto de color púrpura. La versión de San Marcos señala que Jesús tenía las ma­nos atadas y San Mateo, por su parte, agrega que colocaron una caña en su mano. Al Na­zareno se lo trata como loco o delincuente, se le viste con el color de los reyes y pon­ti­fi­ces, se le hace portar un remedo de cetro y una corona grotesca; recibe las reverencias de un rey al tiempo que es golpeado. Enseguida Pilatos, director de esta escena burlesca, vuel­ve a sacar al prisionero y lo muestra a la multitud diciendo: He aquí el Hombre (ecce homo).

Tal vez corresponda mencionar también la importancia que tiene la figura mítica del In­ka Rey en la memoria popular y, particularmente, en el curanderismo de la sierra de Piu­ra. Su evocación no se refiere a un personaje histórico específico. Solamente demuestra que un relato mítico ha sido conservado y transmitido: un Rey poderoso, representante del or­den cós­mico, ha debido ocultarse en un mundo subterráneo para evadir el caos, entrar en un pe­ríodo de latencia y preparar el futuro. En el caso de Ayabaca, es impresionante es­cu­char en­tre las exclamaciones de celebración, aquellas que proclaman: "¡Viva el Rey de los Andes!"

El poeta piurano Dimas Arrieta, quien lleva quince años investigando sobre los cu­ran­­deros de la zona, nos informó que para los brujos de Piura (Huancabamba, Ayabaca, etc.), el Cristo Cautivo es el maestro mayor, lo reconocen como el gran mago, de carácter re­cio, fuerte y poderoso, que tiene una mirada muy intensa y lo denominan también el ne­gro y lo saludan con maíz blanco, perfumes y agua de florida.
 
     Inclusive, muchas veces, en sus visiones de las mesas rituales, cuando ingieren el cac­tus San Pedro, el Señor Cautivo les ordena que sus pacientes vayan a apromesar, es de­cir, que hagan la peregrinación, le recen, lo visiten y le pidan por su bienestar. Para los cu­ran­de­ros es una presencia de sus mayores.