jueves, 29 de marzo de 2012

El maíz

El principal alimento de los habitantes de mi pueblo, Chungayo, en el Alto Piura, es el maíz, que se prepara en distintos potajes: sango, cancha, mote, tamales de choclo o de maíz pelado, tortillas; o para preparar los deliciosos mazapanes o la rica chicha; por eso, a manera de homenaje, presento este interesante artículo de un periodista colombiano. Disfrútenlo.     


Maíz, el pan americano

ANTONIO MONTAÑA


La mazorca, un bocado colombiano masivo. Es base de la gastronomía conti­nental. Desde México hasta Perú, Bolivia y Chile, su uso está enraizado en la culinaria nacional.


No hay planta ni producto más americano que el maíz. Para los mayas, el hombre fue hecho por los dioses de su masa. Cuenta Sahagún que tanto a los aztecas como a los mayas, a la ho­ra de evangelización, les provocaba repugnancia el barro como origen: los dioses no se re­ba­ja­­rían a trabajarlo para formar figuras. Por eso lo hicieron con pasta de harina de maíz mojada.

El maíz, en todas sus formas, es la base de la gastronomía americana. Desde México hasta Perú, Bolivia y Chile los diversos usos del maíz están íntimamente enraizados en la culinaria nacional.

Hay cosas curiosas en la filología maicera. Hasta ahora nadie ha sabido cómo explicar por cuáles caminos una palabra azteca, ná­huatl, mote, que designa los granos cocidos y suel­tos del maíz, se ha­ya trasladado a Colombia y muy específicamente a Santander como mute.

De maíz son las tortillas, base de la alimentación mexicana y gua­te­mal­teca. Las más de doscientas variaciones de las recetas de los tamales co­lom­bianos se hacen con su masa. La chi­cha, masa de maíz disuelta en dulce y fer­mentada, fue la bebida predilecta de los dioses y en centro de Colombia, sirvió a la vez de alimento y fuente de alegría para las reuniones so­cia­les. Más del 50 por ciento de la dieta nacional colombiana incluye el maíz en diversas formas.

El maíz ha sido objeto de una larga domesticación. Al contrario de una buena parte de las plantas cuyas vainas se abren, las semillas del maíz vienen recubiertas por una funda que hay que arrancar a mano igual que cada grano debe ser sembrado y cuidado. El maíz no se da silvestre ni por casualidad.

Las semillas están protegidas por el amero (perifolia) y la mazorca, a salvaguarda de pájaros y otros animales que pudieran arrancar granos, tragar­los y favorecer la repro­duc­ción de la planta, que tampoco puede reproducirse por otros métodos (reproducción ve­ge­ta­tiva). El maíz necesita del hombre para extenderse y el hombre necesitó del maíz para so­bre­vivir, fundar civiliza­ciones. Desgranada la mazorca, los granos deben ser sembrados a rela­tiva profundidad y luego, cubiertos para que no sean arrebatados por pájaros u otros animales.

El maíz se siembra acompañado por otra planta originaria de América y que es su complemento alimenticio: el fríjol. Crecen en todos los climas en suelos más o menos ricos y bien drenados. En los climas cálidos los frutos están listos para el consumo a los no­venta días. En las tierras altas se pueden cosechar dos veces al año.

Muchos antropólogos consideran que los aztecas reinaron sobre México central y se enfrentaron a las demás tribus triunfando en las batallas porque estaban mejor alimentados. La razón: el proceso de nixtamalización. El grano del maíz está recubierto por una película que de no ser retirada impide el aprovechamiento de la totalidad del valor nutritivo. Los aztecas aprendieron a trabajar el maíz y consumirlo luego de someterlo a un hervor pro­lon­ga­do en agua con cal o potasio (lejía). La una y la otra atacan la película y dejan libre el valor nutritivo total, además de enriquecer el grano con calcio y potasio. El maíz nixta­malizado pue­de molerse para convertirlo en masa o en harina base de las preparaciones múltiples. Este pro­ceso comenzó a utilizarse antes de la llegada de Colón a América, pero los españoles, una vez llegados, despre­ciaron la técnica y molieron el grano directamente como si se tratara de trigo.

La harina les pareció de mala calidad e igual que las papas, insaboras "cosas de in­dio". Las tortillas, las arepas hechas de masa de maíz, fueron el pan de América. En Te­noch­titlán, dejar caer al suelo una tortilla invocaba la ira de los dioses: tenía castigos muy se­mejantes a los que pudiera merecer quien, a sabiendas, tirara al suelo, en España, las hos­tias ya consagradas. Igual que los hombres, los dioses centroamericanos se alimentaban de maíz. Y lo preferían a cualquier otra cosa.

Muy pocos vegetales ofrecen como el maíz una variedad tan enorme de prepa­raciones; se puede usar el grano aún no maduro asándolo sobre el fuego o moliéndolo para convertirlo en bebidas. Al hornearlo o asarlo, sus almidones se transforman en azúcares. Esto hace que los sabores sean más interesantes y superiores a los de la materia prima original.

Se puede usar la mazorca cociéndola desgranada o en la tusa. Al contrario de otros granos, una vez seco se conserva durante largo tiempo si se le cuida del gorgojo y basta nixtamalizarlo para darle nuevos sabores y luego molerlo. El maíz llegó a Europa como una de las curiosidades en el primer viaje de Colón, pero igual que otros muchos productos (papas, chiles, aguacates, piñas) no se cultivó formalmente y solo hasta el siglo XVII fuera de España, en Italia, se utilizó como alimento en forma masiva.

Sembrado al norte de Italia, y en Nápoles, territorios de los Aragón, se incorporó a la dieta en forma de polenta. Así como la pasta "ciuta" es el regalo de Italia a América, la polenta fue el regalo de América a Italia. En el norte sigue siendo plato central de múltiples preparaciones diversas.

Molido el maíz en España durante el siglo XVIII, se convirtió en harina que servía, eventualmente, para rendir la de trigo. So­la­men­te hasta el siglo XVII, una masa de maíz, leche y queso hor­nea­da produjo un milagro de sabor. Por el nombre del producto tenemos la certidumbre de que sus panaderos fueron árabes. Había nacido la al­mojábana. Viene del árabe almochabbana: torta de harina, huevos queso y miel.

Muy seguramente se usó también esta masa para la fabricación de "churros", que en lugar de hornearse se fritaban. La masa de la almojábana es semejante a la del buñuelo, otro derivado de la harina de maíz y popular, bajo distintas preparaciones, en América.


El pueblo de Chungayo está rodeado de cultivos de maíz, sobre todo de la especie denominada tumbaque, con la que se elaboran las deliciosas tortillas.  

miércoles, 28 de marzo de 2012

Historia de la belleza femenina

 

Historia de la belleza



LA PREHISTORIA


Los orígenes de la estética se remontan a la prehistoria. A través del arte y de los ins­tru­men­tos de uso cotidiano que han llegado a nuestros días, po­de­mos ver como ya entonces existía una preocu­pa­ción por la belleza. La cua­li­dad que se aprecia más en la mujer y que se toma co­­­mo símbolo de ésta es la fertilidad.

Las esculturas y grabados nos muestran figuras femeninas vo­lu­mi­no­sas, incluso de­for­mes, que reflejan el interés de los pre­históricos por la fer­ti­lidad, tan necesaria para la con­ti­nui­­dad del grupo.

Entre los hallazgos más antiguos que hacen alusión al inci­piente in­te­rés femenino por la belleza, encontramos un grabado en las cercanías de Os­lo, Noruega. Este grabado re­pro­du­­ce la fi­gu­ra de una mujer emba­dur­nán­dose con grasa de reno, animal que está al lado de la fi­gura femenina. Tam­bién en Austria, la co­nocida Venus de Willendorf, y en la Costa Azul fran­­cesa, La Ve­nus de Grimaldi; se han hallado representaciones de mu­je­res sim­bo­lizando la preo­cupación de éstas por el cuidado de su belleza.

Los productos de que disponía la mujer prehistórica se limi­ta­ban, prác­ticamente, a la ar­cilla, tierras de pigmentos colorantes o toscos pro­duc­tos elaborados a partir de grasas ani­ma­les. El afei­te más antiguo que se co­no­ce estaba compuesto de sulfuro de an­timonio.


LA BIBLIA


Será en la Biblia donde encontremos las primeras referen­cias escritas de la belleza en la antigüedad.

El texto recoge acontecimientos en los que el papel de la es­té­tica es sig­nificativo, por ejemplo el caso de la reina de Israel, Je­zabel, quien "ador­nó" su cutis con afeites para seducir a Jehu y pa­ra hablarle con ma­yo­res "poderes de seducción"; o cómo esa misma reina ador­na­ba su rostro con "schrouda" como aun hoy en día hacen las mujeres tunecinas.

Otro ejemplo narrado en la Biblia es el de Esther, reina de Ba­bilonia, quien embellecía con afeites sus maravillosos ojos, has­ta el punto de ser considerada la mujer con los más be­llos ojos que nunca existió.


EGIPTO


De todos es conocida la mítica belleza de las reinas del an­ti­guo Egip­to y cómo los egip­­­cios embalsamaban a sus faraones.

Estos dos factores impulsaron un gran culto a la belleza y a la cos­mé­tica, prin­cipal­men­­te en las cortes faraónicas.

Los ritos funerarios se caracterizaban no solo por em­bal­sa­mar los cuer­pos de los di­fun­­tos, sino también por depositar junto a ellos toda clase de objetos, alimentos y materiales pre­ciosos pa­ra que en la vida futura dis­fru­tasen de los bienes terrenales. Entre los objetos se en­­­contraban peines de mar­fil, cremas, negro para los ojos, polvo, etc., dentro de pequeños re­­­ci­pientes en los que es­taban grabadas las instrucciones para su uso.

El refinamiento de los cuidados estéticos era enorme. Fór­mu­las se­cre­tas em­be­lle­cían a las reinas de Egipto que, con mucha rapidez, eran imi­ta­das por sus cortesanas.

Los peinados, las pelucas, los baños de leche, las estilizadas si­luetas, to­do formaba par­­te de una cultura en la que lo espiritual, el arte, la religión y la ciencia tenían una im­por­tan­­cia funda­men­tal.

Especial atención merecían el cabello, la piel y los ojos. El ca­bello era teñido con hen­na, consiguiendo mil matices encar­na­dos o bien se ra­su­ra­ba completamente para facilitar los con­tinuos cambios de pelucas, su­ma­mente sofisticadas.

Con ungüentos, afeites y baños perfumados o de leche cui­daban de man­tener una piel tersa y extremadamente suave.

Los ojos se remarcaban en negro, engrandeciendo y suavi­zan­do su for­ma natural. El car­mín de los labios, el blanco para res­tar vivez a la cara, el rojo-naranja para las mejillas, eran pro­ductos extraídos de plantas y ar­bus­tos.

Usaban antimonio para cambiar el color de los párpados en azul y verde, realzando así más las pestañas.

Las dos reinas que más se significaron por su belleza y sus secretos de estética fueron Nefertiti y Cleopatra.

De Nefertiti se recuerda aun su estilizada silueta, a pesar de ha­ber tenido seis hijos, sien­­­do ella quien extendió la moda del co­lor ver­de para los párpados. El hermoso busto de es­­­ta reina, es­po­sa de Amen­hotep IV, se conserva en magnífico estado en un mu­seo de Ber­lín.

De Cleopatra se cuenta que fue la mujer que reunió más se­cretos so­bre el cuidado de su belleza: sus mascarillas, su ma­qui­lla­je y sus baños de le­che pasaron a la historia.



GRECIA


Grecia fue la civilización de la belleza. Ha sido tal su in­fluen­cia en las culturas oc­ci­den­tales posteriores que su cultura y su arte han con­fi­gu­ra­do el llamado ideal clásico de be­lle­za. Eran, en contraste con los egipcios, todos los estamentos sociales los que compartían su inquietud por la es­té­ti­ca. Hasta tal extremo lle­va­ron este gusto por la belleza que en uno de sus li­bros, Apolonio de Herofila explica que "en Atenas no había mujeres vie­jas ni feas". De hecho fueron los griegos quienes difundieron por Euro­pa gran cantidad de productos de be­lleza, de fórmulas de cos­mé­ti­ca, así como el culto al cuerpo y los baños; en resumen, el con­cepto de la estética.

La mayor atención la prestaban al cuidado del cuerpo. Los cá­nones de belleza griegos no toleraban ni la grasa ni los senos vo­luminosos. Era ne­cesario cultivar el cuerpo para con­seguir la per­fección estética que con­sis­tía en, además de tener senos pe­queños y fuertes, po­seer un cuello fino y es­belto y los hombros proporcionados.

En los baños era donde este amor por el cuidado del cuerpo te­nía lu­gar. Precedían al ba­ño diversos ejercicios físicos que pre­pa­raban al cuerpo pa­ra recibir el baño, habitualmente rea­lizado con agua fría. También los ma­sajes tenían un papel importante ya que, junto con el ba­ño y los ejer­ci­cios gimnásticos, lograban que en el cuerpo no hu­bie­se rastro alguno de gra­sa y que se mantu­vie­ran la figura grácil y la piel tersa.

La cosmética, en Grecia, vivió un momento esplendoroso, so­bre to­do en la utilización de los aceites. Estos se extraían de flores y se em­plea­ban además de en estética, en los actos re­li­gio­sos, deportivos y en la vida diaria.

Los aceites perfumados se aplicaban después de los baños o de los ma­sajes y se ela­bo­ra­ban de muchas flores distintas, de ro­sas, de jazmines, to­millo, etc., y su fabricación se con­centraba en Chipre, Corinto y Rodas. El cabello se cuidaba con esmero y se elaboraban tin­tes también con ex­trac­tos naturales.

El maquillaje de las mujeres en Atenas se basaba en el color negro y azul para los ojos; coloreaban sus mejillas con carmín y los labios y las uñas se pintaban de un único tono.

Se consideraba que el color de la piel de la cara debía ser pálido, ya que era reflejo ine­quí­vo­co de pasión.

Pero no únicamente las mujeres y los hombres griegos te­nían es­ta in­quietud por la es­tética. Sus dioses buscaban también el ideal de la belleza. La figura de la diosa Afrodita de Cri­­dona nos ha llegado re­producida en el mo­mento en el que está des­nu­dándose para entrar al baño.


ROMA


En el Imperio romano la estética constituyó una auténtica obsesión. Hom­­bres y mu­je­res atesoraban fórmula de cosméticos, se maquillaban, pei­­na­ban y depilaban por igual.

Baños y masajes, vestidos y peinados o el cuidado del cuer­po no eran exclu­sivos del se­xo femenino, sino que todos los ro­ma­nos querían em­­be­llecerse y cuidarse.

Pero, contrariamente a Grecia, no existía un único ideal de belleza, ya que las su­ce­si­vas conquistas del Imperio romano re­co­gieron influencias dis­pares de los pueblos do­mi­na­dos. Un ejem­plo de ello lo constituye la "lo­cura" de las romanas por ser rubias. Su­cedió a la vuel­ta de la conquista por Julio César de los terri­to­rios germánicos. Los esclavos que con él trajo, sor­prendieron por el color de su cabello y de su cutis. Con gran velocidad circularon por Roma fórmulas y ungüentos para cambiar el color, gene­ral­mente moreno, de la piel y el ca­­bello de las romanas.

En Egipto y en Grecia se inició la costumbre de tener escla­vas de­di­ca­das exclu­si­va­mente al cultivo de la belleza de sus amos. Esta costumbre se acentuó en la época romana y las es­cla­vas se especializaron en temas con­cretos: baños, maquillaje, to­ca­dos, etc.

Sobresalen las romanas por el especial cuidado que dedi­ca­ban a los to­cados. So­fis­ti­ca­dos y barrocos hasta lo increíble, se ha­cían con materiales con­siderados preciosos. Perlas, te­las, flo­res, mallas bordadas, eran mani­pu­la­das hasta conseguir el tocado más refinado.

La popularización del baño llegó al extremo de edificar, en Roma, los conocidos ba­ños de Caracalla, con capacidad para 1.600 bañistas o los aun mayores baños termales de Dio­­cleciano que podían acoger simul­tá­nea­mente a 3.000 bañistas. Solo en el si­glo IV había en Roma 900 esta­ble­ci­mientos de baños termales.



EDAD MEDIA: EL DECAIMIENTO DE LA ESTÉTICA


La mujer de la Edad Media soportó las consecuencias de una época ca­racterizada por la austeridad, las frecuentes guerras y las grandes epi­de­mias.

El cuidado de la belleza resurge, sin embargo, en los siglos XI al XIII al organizarse en Occidente las Cruzadas para recu­pe­rar los llamados "San­tos Lugares", entonces en manos de los mu­sul­manes.

Estas guerras originaron contactos e intercambios con otras culturas y conse­cuen­te­men­­te se introdujeron nuevas técnicas so­bre afeites y cos­mé­ti­ca que suplieron las ya exis­ten­tes en Europa. La nobleza, en este período, se recluye en sus castillos. Son los vendedores am­bulantes de bálsamos, ar­tí­culos de tocador y hier­bas medicinales, que van de castillo en cas­tillo ven­diendo sus pro­ductos, quienes conservarán y renovarán los secretos de la cos­­mé­ti­­ca. Estos se guardan en la "muñeca para adornarse", nombre que se le daba al tocador. El to­­cador medieval era un her­moso y complicado mue­ble, lleno de cajones y espejos que, al es­tar cerrados, daban al tocador la apariencia de un escritorio.

Durante los primeros siglos de la Edad Media los nobles no des­cui­da­ban la higiene per­­­sonal. En las ciudades, los baños pú­bli­cos eran vi­si­ta­dos con frecuencia por éstos, mien­­tras que en los castillos las damas se ba­ña­ban con agua fría perfumada con hier­bas aro­­má­ticas. Pero en la medida que la Edad Media avanza, estas costumbres se van ol­vi­dando. Los per­fu­mes de fuerte olor sustituirán poco a poco a la más mínima higiene corporal.



EL RENACIMIENTO: NUEVO RESURGIR DE LA ESTÉTICA


A la Edad Media le sucede el Renacimiento, época en que los va­lo­res estéticos toman un nuevo impulso, olvidados desde Gre­cia y Roma.

La sensibilidad por el arte, la filosofía y la cultura en gene­ral, ad­quie­ren en el Rena­ci­miento una importancia clave. Es el mo­mento del flo­re­cimiento del arte italiano, de los me­ce­nas, de la con­cepción filosófica del hombre como "hombre-total", sin espe­cia­liza­cio­nes.

La estética, en todos los campos creativos, llega a cotas re­fina­dí­si­mas. La belleza lo abarcará todo y por lo tanto la estética femenina formará tam­bién parte de esta armonía que envuelve la vida de la Italia rena­cen­tis­ta. Este país se convertirá en el centro europeo de la elegancia. Las nuevas propuestas de la moda, la belleza y la estética salen de Italia para influir en las cortes de Europa.

En el siglo XVI los monjes de Santa María Novella, crean el primer gran laboratorio de productos cosméticos y medicinales. El ideal de belleza de las mujeres nobles italianas consistía en te­ner un cuerpo de for­mas muy cur­vadas, la frente alta y des­pejada, sin apenas cejas y la piel blanquecina.

Tener el pelo rubio era sinónimo de buen gusto y para con­se­guirlo mez­claban los extrac­tos más inverosímiles. Los primeros tratados de cos­mé­tica y belleza aparecieron en Fran­cia e Italia du­rante estos siglos. En 1573, en París se publica el libro "instruc­cio­nes para las damas jóvenes" y en Italia el libro de Catalina de Sforza "Experimentos". En este libro en­con­tramos toda clase de recetas de cosmética y perfumería, escritos sobre ma­quillaje, para co­­rregir defectos del cuerpo e incluso reconciliar ma­tri­mo­nios.

En el siglo XVI Catalina de Medicis, interesada en todo lo referente a la es­té­tica, de­di­có parte de su tiempo al estudio de un­güentos y com­bi­na­ciones de cremas. Más tarde al con­vertirse en reina de Francia, llevó con­si­go a los mejores es­pe­cialistas en per­fumes de Flo­ren­cia, quienes se impu­sie­ron en el arte de la perfumería.

Fue precisamente una de sus más intimas amigas quien ins­ta­ló en Pa­rís el primer Ins­tituto de Belleza. A pesar de los cam­bios producidos, to­davía la higiene personal dejaba mu­cho que desear. Las memorias per­so­nales de los nobles de la época relatan como a la reina Mar­­garita de Valois le resultaba dificilísimo pei­nar­se por lo enredado que tenía el cabello a fal­ta de hacerlo más a menudo; o cómo se lavaban las manos una vez por se­mana.


EL SIGLO XVIII


Con la llegada de Catalina de Medicis a la capital francesa, el cen­tro euro­peo de la moda y la es­tética será hasta nuestros días París.

Desde finales del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII las mu­je­res pa­ri­sinas ten­drán la "fiebre del colorete". Todas pa­re­cían cortadas por el mismo pa­trón: labios en for­ma de mi­núsculo corazón, extravagantes y em­polvadas pe­lu­cas, mejillas enroje­ci­das con gran profusión de colorete, pol­vos esparcidos por el cue­llo y los hombros, con lunares co­que­ta­mente re­partidos por la cara y la espalda.

Los productos de belleza deben ser elaborados artesa­nal­men­te para com­­prar­se en los lu­josos establecimientos de Fau­bourg Saint Honore y los pe­lu­queros sustituirán a las sir­vien­tas de la corte componiendo excéntricas pelucas.

La época dorada de la cosmética se inicia en este siglo con las más so­fisticadas cre­mas, esencias y aguas. Los polvos se usa­ban con ge­ne­ro­si­dad; para las pelucas, harina de trigo; y para la ca­ra, harina de arroz.

La higiene personal va poco a poco retomando importancia. No obs­tan­te, los perfumes continúan siendo imprescindibles para disimu­lar los ma­los olores. Resultaba excepcional el caso de Ma­dam­me Du Barry, que llamaba la atención en la corte por du­char­se a diario con agua fría.

Pero todo cambió con la Revolución Francesa. Los excesos es­té­ticos de la nobleza de­sa­parecieron con ella y no fue sino hasta la lle­ga­­da de Na­po­león al poder, y gracias a su es­po­sa Josefina, que los cui­­dados de belleza re­nacieron en Francia. En Josefina se aúnan su ani­­mado carácter criollo con una gran tendencia a la obe­sidad. Es­ta ten­dencia le obligaba a tener que seguir continuos regímenes de adel­ga­zamiento y a su­ce­sivos trata­mien­tos estéticos para el cuerpo y el cutis.

Llega después el Romanticismo y con él la languidez, los aires des­va­­li­dos, los talles ce­­ñidos y las minúsculas cinturas. Las pelucas desa­pa­re­cen tem­po­ral­mente para dar paso a bu­­cles realizados en las peluquerías pari­sienses.

Es en este momento de refinada feminidad que surge una nue­va mu­jer. Una mu­jer que osa vestirse como un hombre, que fu­ma cigarrillos pu­ros y que hace las mis­mas cosas que un hom­bre; es el tiempo de George Sand. Pero no será más que una moda pa­sajera, como un avi­so de lo que en el siguiente siglo, el nuestro, sucederá.

Retornan la palidez, los polvos emblanqueciendo el rostro y los hom­bros, los cuerpos pe­queños y las faldas de gran tamaño. Pero esta mo­da de la piel de por­ce­lana se contradice con el estilo de vida de las mujeres de la alta sociedad. Las co­pio­sas comidas dejarán señales ine­­quívocas de una mala alimentación; piel que se quiere blanca hasta lo increíble pero que se maltrata a diario. Las cremas no serán remedio suficiente pero se re­des­cubre un re­me­dio an­­tiquísimo: los balnearios. El mar, fuente de salud se­gún los médicos de la época, era también lugar de obligada visita.


ORIENTE: LA DELICADA FANTASÍA ESTÉTICA


La India

Este extenso y complejo país es muy rico en materias pri­mas para la es­tética. Los pro­ductos de belleza se han usado en la In­dia desde tiempo in­me­morial en ritos re­ligiosos y en la vida dia­ria, sin que hayan expe­ri­men­ta­do evolución de importancia.

Las flores, el kohol y los polvos de azafrán se usan coti­dia­na­mente y aun hoy en día los niños de este país pintan sus ojos con kohol por sus po­de­res desinfectantes.

En uno de los libros más antiguos sobre medicina en el mun­­do, el "Sus­ruta", se expli­can cuidados de belleza con aceites perfumados, entre otras muchas recetas de extractos ve­ge­tales de­di­cados a la estética.


China

La China tiene en cosmética, como en tantos otros aspectos, una tra­di­ción an­ti­quísima. Sus cánones estéticos se basaban en una mujer deli­ca­da­mente ma­qui­llada y con un cutis cui­da­do al má­ximo. El ma­quillaje con­sis­tía en finos polvos de color ro­sa­do, rojo o anaranjado y los ojos se sub­ra­yaban con bastoncillos un­ta­dos en tinta china.

La piel se trataba con cremas elaboradas con pulpa de fru­tas, aceites de té o grasas ani­ma­les. Los perfumes provenían de flo­res -jazmín, al­miz­cle, came­lia- o de maderos aromá­ti­cos como el patchouli. La poesía y el ar­te chino en general han reflejado pro­­fu­sa­mente esta delicada atención de las mujeres chinas a la estética.


Japón

El país del "Sol Naciente" recogió muchas influencias de la belleza y la cosmética chi­nas. El cuidado del cuerpo está ínti­ma­mente ligado en Ja­pón a la vida religiosa, por lo que los hombres y mujeres de este país han te­nido siempre en aprecio el mundo de la estética.

Aceites, pigmentos y polvos de alazor son algunos de los productos que estas mujeres usa­ban para su belleza. La tinta chi­na embellecía tam­bién sus ojos.

El cabello era tratado con el máximo de atenciones, puesto que tener el pelo negro, bri­llante y voluminoso era símbolo de gran belleza.

La pintura japonesa de todos los siglos ha dejado patente mues­tra de los mimos que dedicaban sus mujeres a la belleza del cuer­po y del cutis.


SIGLO XX y XXI: LA ESTÉTICA INTEGRAL


En el siglo XX, los acontecimientos históricos, de una parte, y la evo­lución científica, de la otra, han marcado los sucesivos cambios esté­ti­cos de la mujer.

Fue tan solo a principios del siglo XX cuando las mujeres lle­va­ban an­chos y largos vestidos y, sin embargo... ¡nos parece tan lejano!

De la palidez que las damas querían conseguir a toda costa al bron­cea­do per­ma­nente, que con igual obsesión se desea hoy en día, han pasado po­co más de ochenta años.

Décadas de esplendor se han sucedido rápidamente por épo­cas de crisis, de grandes gue­rras. Los cambios sociales han sido apre­surados y con ellos la moda y la estética, que se han amol­da­do a cada nuevo período.

Lo que antes se mantenía durante décadas, dura actualmente unos po­cos años. A la eter­­na necesidad de belleza en el mundo fe­me­ni­no se han uni­do la ciencia y un nuevo sis­te­ma de vida en el que es im­posible separar la actividad diaria del aspecto personal. Las mu­je­res de hoy en día tienen an­te ellas un mundo que nunca antes se hu­bie­­ra podido sospechar por el al­to grado de trata­mien­tos y cono­ci­mien­­­tos que posee la estética actual. Los co­­no­ci­mien­tos científicos han ayudado, y ayudarán enormemente a me­jo­rar el trabajo de la cos­me­tó­loga.

De una parte, al conocer más profundamente los orígenes y las cau­sas de mu­chos pro­ble­mas del organismo, es más fácil apli­car tratamientos que los solucionen. Además, los conocimientos técnicos son, hoy por hoy, im­pres­cin­di­bles en los ins­ti­tu­tos de belleza, puesto que resultan fun­da­mentales para la aplicación de todo tipo de tra­ta­mientos.

La inmensa mayoría de los tratamientos efectuados en un ins­tituto de be­lle­za requiere la es­trecha colaboración de la cos­me­tó­loga con los pro­ce­di­mientos científicos. Desde la lim­pieza de cutis con aplicaciones de rayos ultravioletas o va­pores de ozono, la incor­po­ra­ción del rayo láser para mu­chos tratamientos, o los tra­tamientos an­ti­ce­­lulíticos con alta tec­no­lo­gía, ve­mos como en la estética actual y prác­­ticamente en todos los terrenos se hace im­pres­cin­di­ble la apli­ca­ción de técnicas científicas de primer orden. (Internet)