lunes, 27 de febrero de 2012

Elogio de la chicha

 
 
 

UN MACERADO ENFOQUE DE LA CULTURA Y LOS ESTÓMAGOS FERMENTADOS POR AGUA DE MAÍZ

La chicha

LUCAS JIMÉNEZ


Con el paso de los años hasta su concepto parece haberse fermentado. Hace rato que la chi­cha amplió su bajo piurano significado de bebida de maíz macerado. En su variedad chicha tabloide tiene titulares montesinistas y una calata matadora de imaginaciones. Los roqueros andinos dicen chicha para marcar distancia de la choledad. Chicha es combustible de al­ba­ñi­les, ataque de histeria, alternativa de un sol para la resaca del lunes. Por último, si alguien se quiere propasar de autóctono pesado, lo llamas chichero y lo dejas herido.

Chicha no es sólo la espumosa. Es también la imagen de la me­sera que la sirve, baja la ramada. Muchacha de pico rojo y em­pastado bamba, con aires de importante y coqueta, pe­ro al mismo tiem­po malhablada y vulgar. Solo eres una “chichera”, dicen los au­to­res de los piropos cada vez que se saben rechazados por la cara empolvada.

Refregarle el oficio es el último dardo que llega desde una mesa de borrachos clien­tes andinos: “vieja chichera”. El insulto cruel va contra la dueña del negocio, cuando eleva mucho la cuenta. Para el diccionario de la Real Academia es el calificativo de todo lo re­la­ti­vo a la chicha, lugares de elaboración y venta, también de los utensilios para fabricarla o guardarla.

Para el real entendimiento del populorum, gracias a la chicha hablas de potos y co­ju­dos, con soltura y libertad. El que toma chicha es un pobre estómago injertado, tal vez em­bo­bado remedo de turista, que deambula por este mundo ardiente y sediento, con un sol pa­ra aplacarlo. No sólo es líquido de biberón en el Bajo Piura. La chicha también está pre­sen­te en ambos lados de ley. Hay custodios del orden que la llevan de apodo y en el lado del ham­pa, existe una pandilla Los Chichas.

A Vargas Llosa le debemos haber llevado nuestra picante bebida piurana a la lite­ra­tu­ra, en La casa verde y en ¿Quién mató a Palomino Molero? Hay pe­ruanos, en cambio, que se les dio por llamar Francia, Holanda y hasta China a algunas calles en el sector Oes­te, en vez de calle Chicha, jirón Los Cántaros o avenida El maíz, como, muy proba­ble­men­te, harían los europeos en nuestro lugar.  

Más allá del refinado concepto del diccionario de la RAE: “bebida parcialmente fer­men­tada, generalmente de maíz, que desde la época prehispánica se elaboraba en Co­lom­bia, Perú, Ecuador, Chile y Argentina”, ¡chicha¡ es un ataque de rabia e histeria. Es esa pa­ta­leta que por fin terminan con la pregunta ¿ya te pasó la chicha?

El líquido sabor panza de barro une a obreros y albañiles en la agobiante batalla de ce­mento y arena contra el sol. La chicha une y divide, o al menos, hay quienes la usan para ani­mar gente o sembrar cizaña. Los segundos son los tórtolos embobados con la fiebre de la música bajada de la web.

Todo estaría bien para sus ímpetus de extranjeros in­com­pren­didos, de no ser porque no se contentan con ser los únicos apóstoles andinos de Jennifer López y B. Spears. No. Quie­ren jalar adeptos entre sus viejos y tíos de la base cuatro. No perdonan a na­die que co­me­­ta el pecado grave de bailar teknocumbia, cumbia san­jua­nera, huaino, pasillo y pa­sa­ca­lle. Son los autoproclamados due­ños de los gustos ajenos, arrinconados con cara de palo, en pleno cum­­­pleaños materno, sólo porque la complementada vibra con Ali­tas Quebradas.  

En materia de jaranas familiares, el dilema de la chicha o la música extranjera, fe­liz­men­te tiene a un tercer grupo neutral que los soporta. El de los que se adaptan a los dos extre­mos, con tal de salvar la fiesta. Son los que terminan haciendo de árbitros entre segui­do­res Armonía e imitadoras de Axe Bahía. Por mi parte, como integrante de los neutrales, no más he vuelto a encargarme de poner la música en los cumpleaños familiares. No más he vuelto a recibir rabietas de ambos lados. Pero creo que ambos extremos actúan igual­men­te afectados por síntomas parecidos al fermento chichero.

   Empieza la fiesta, pero con ellos dentro, empieza la rabieta. Pon a El Beso, Danza del Vam­piro, no qué feo, mejor Onda Onda, y sí, realmente qué onda la tuya mocoso muermo. Venga doña, ahí va su hierba luisa, perdón la Chamisa que Llorando Está, no hombre, te pedí, Collar de Lágrimas, mejor cualquier otra de Corazón Serrano, aquí está el “cedé”, dé­ja­lo avanzar no más y lo repites. Qué suplicio soportarlos. Todo les molesta. Nada les con­ten­ta. Fuera de acá. Sólo Chapita de Ronda quieren bailar los chicos de sesenta y ni una cha­pa destapan para el que pone los discos en la radiola.

Menos acaloradas, pero polémicas al fin, son desde hace pocas semanas, las tardes con La Inolvidable. La susodicha radio de los atardecidos. En oficinas, tiendas, bancos, ge­ren­cias de instituciones públicas o privadas, la gente no hace otra cosa que entregarse a de­sem­polvar corazones heridos de Leo Dan, La Felicidad de don Palo Ortega, el reloj reviejo, el romanticismo meloso de Los Angeles renegridos y cuanta música recuerda a la co­lo­ca­ción de la primera piedra en los barrios de Piura. Arrinconados en el otro extremo de las em­presas, los practicantes y trabajadores jóvenes, se tragan la protesta “chicheros hasta en la sopa”, bien sacan tímidamente los audífonos para no olvidar a la Flaca de Calamaro. O se resignan a flagelarse con el lío de la foto, el recuerdo, la copa, y el barullo de la su­so­di­cha emisora.

Pero el maíz pato se sigue macerando y beber néctar de los cántaros es vi­cio y ne­ce­si­dad. Los toma chicha no creemos en esos cuentos de que tomarla de­ja menos dignos a los consumidores. Ni que los hace morados y los segrega de los demás. Ahora mismo después de escribir esta nota, iré a refrescar el vier­nes con una jarra y un sevillano de 2.50. A la som­bra de mi ramada favorita.
El líquido devolverá la fluidez de tránsito en mi garganta, sin poner en riesgo el pre­su­puesto 2004. Por lo demás, bebiendo la fermentada doy trabajo a los dueños de la burra vieja del Catacaos. Promuevo la subsistencia de peruanos en lugar de engordar las fortunas de los Bavaria y su imperio Backus. Ya se acaba el espacio para esta chica nota chicha. Pe­ro supongo que aún quedan bidones en la chingana más cercana a su casa. Corra usted y al­ce su poto. Salud por los occidentales de segunda mano.

sábado, 18 de febrero de 2012

Chungayo: un topónimo quechua


En la época prehispánica, el pueblo de Chungayo se ubicaba en la zona occidental de la provincia inca de Caxas.   

Las provincias de la sierra de Piura a la luz de la toponimia quechua
                                                
RUDY MENDOZA PALACIOS
INTRODUCCIÓN

El análisis del mapa toponímico del departamento de Piura permite observar y definir que el quechua estuvo arraigado en la sierra de Piura: Ayabaca, Huancabamba y parte alta de Mo­rro­pón; presencia idiomática que al parecer tuvo sus antecedentes preíncas, tal como lo su­po­nía­mos en nuestro primer trabajo (Mendoza, 1993) y que la intromisión inca no había hecho más que reorganizar el espacio andino piurano en función de sus interés de conquista y dominio.

El quechua local se organizó en función del ordenamiento del espacio en provincias: Aya­hua­cas, Caxas, Huancabamba, Sóndor y Huarmaca. Considerados los topónimos signados como te­­rritorios provinciales, amén de algunos de ellos que no son mencionados por los cro­nistas de la época; puesto que solo citan (de igual forma lo hace Garcilaso) a los Ayahuacas, Ca­xas, Callua y Huancabamba. La razón de ello sería porque los españoles no avanzaron a re­co­nocer to­­da el área en su totalidad. Hernando de Soto en 1532 solo llegó a Caxas, de ahí se in­forma de Huancabamba. No llegó conocer a los Ayahuacas, Callua, Sóndor o Huarmaca. Es­tos luga­res se reconocen más tarde, puesto que las crónicas ni las refieren. La toponimia re­gis­trada pa­rece indicar que fueron más de cuatro las provincias que los incas reorganizaron en la sierra de Piura.

Astuhuaman Gonzales (1998) postula que en la sierra de Piura existieron cinco provincias (de sur a norte): Sóndor, Huancabamba, Caxas, Ayahuaca y Calvas; ello en base a la evidencia ar­queológica, análisis de mapas, fotografías aéreas y planimetría de cada sitio arqueológico vi­si­ta­do. Asumimos su teoría para sobre ella cotejar nuestras pesquisas toponímicas y establecer la veracidad de dicha información en la dirección de la arqueolingüística. Tomando en cuenta la orientación Sur-Norte veamos la correspondencia entre las provincias y la toponimia quechua.

LAS PROVINCIAS INCAS

Sóndor

La provincia de Sóndor tuvo por capital Mitupampa; situada en las faldas del cerro Saquir, la arqueología revela que los tambos adscritos a esta provincia se localizan en los sitios de Ove­je­ría, Lagunas, Uchupata, Sóndor; ubicados todos ellos a lo largo del camino inca que se di­ri­ge a Cajamarca, y que en gran parte corre paralelo al río Huancabamba.

La toponimia quechua solo la hemos logrado registrar hasta Uchupata (Uchu: ají; Pata: an­dén) en la margen izquierda del río Huancabamba (distrito de Sondorillo) hacia el sur. Hasta aquí la presencia de los topónimos quechuas, ya que estos no existen –o al menos los mapas no los re­gistran- hasta llegar a Chupicapirca (Chupica: rojo; Pirca: pared) en la margen iz­quier­da del Huancabamba pero comprensión del distrito de Huarmaca que en su periferia pre­sen­ta dos concentraciones toponímicas quechuas, situada la primera de ellas entre la mar­gen iz­quierda del río Huancabamba al este y las nacientes del río Chalpa al oeste. La segunda con­centración de topónimos se halla más hacia el sur de Uchupata. El límite con la provincia de Huan­ca­bamba era el cerro Saquir (2973 msnm), que Justino Ramírez (1966) registra co­mo Saquirayuc.

Huarmaca

La provincia de Huarmaca, que consideramos topónimo local y no quechua, estaría con­for­ma­da por los topónimos Hualcapampa al norte, Chupicapirca al este, Chalpa o Shalpa al oeste y Urpu (cántaro) al Sur como núcleo principal de la provincia. Dos quebradas afluentes del Huan­­cabamba: Huarmaca y Grande recorren y dividen la provincia. Consideramos que el lí­mi­­te de esta provincia con la de Sóndor lo constituye el cerro Paratón (3417 m.s.n.m).

Un segundo núcleo de concentración toponímica quechua estará ubicado al suroeste de Huar­ma­ca, donde la quebrada Huarmaca sería el lindero de esta subdivisión provincial. Tu­nas­pam­pa (pampa de la tuna) parece ser el límite entre ambos núcleos. Este segundo núcleo es­taría delimitado por los siguientes topónimos: Taya (arbusto: caesalpinia tintórea) al no­roes­te, Tu­nas­pampa al norte, Cumba al este (margen izquierda del Huancabamba), Cóndor y Toc­to al oeste (límite con el área Yunga) y Papay al Sur. Esta subárea contiene en su interior 34 to­pó­ni­mos quechuas en contraste con los 18 topónimos que tiene Huarmaca. Interesante re­sulta es­te segundo núcleo en razón de que geográficamente se encuentra asociado al habla que­chua Cajamarca Cañaris.

Los topónimos quechuas parecen constituir asentamientos tendientes a “desorganizar” a la po­blación natural puesto que en la periferia de los mismos se encuentran topónimos no que­chuas. Ejemplo de ello es Tunaspampa (vocablo híbrido castellano quechua) alrededor del cual se encuentran los topónimos Pashu, Congoña, Chorto, Tayuran, Parguyu y Visuso.

Esta concentración de topónimos quechuas al parecer tuvo como base el hecho de que el área ar­­­ticularía en tiempos preíncas a las sociedades de la cuenca baja del Huancabamba con so­cie­dades yungas (Mochica Sicán) por el suroeste y las andinas de Guambos (Cajamarca) al sur y los grupos amazónicos de la cuenca baja de Jaén al este. Esta articulación de claro carácter co­mercial había interesado al imperio inca en un afán de controlar tan importante ruta comercial que tiene en el abra de Porculla su fenómeno geográfico más importante como vía de tran­sac­cio­nes comerciales. Arqueológicamente este hecho parece advertirse en el Ushnu de Mi­tu­pam­pa donde Mario Polia (1998) encuentra una rampa con felinos esculpidos que habrían si­do tapiados por una torta o sello de barro por los incas.

Huancabamba

La provincia de Huancabamba, cuya capital era la población homónima, era una de las prin­ci­pales “cabezas de provincia” de todo el imperio. La ciudad colonial y republicana se edificó so­­bre la capital provincial inca y esta a su vez sobre la preínca. En Huancabamba, como en toda capital, existía templo al sol, Acllahuasi, Ushnu y a ella acudían las poblaciones de la cuenca al­ta y baja el Huancabamba, Tabaconas y Chinchipe a ofrendar y rendir culto a las dei­dades locales Pariacaca y Gutiligun, pero sobre todo a la deidad solar andina.

Existe una alta concentración de topónimos quechuas en la margen derecha del río Huan­ca­bam­ba desde Sapalache por el norte hasta Sóndor por el sur, donde el límite natural es la que­bra­da de Curlata (topónimo en lengua natural) aunque pudo extenderse más allá hasta la que­bra­da Shumaya como límite natural, puesto que en la margen izquierda existe el camino real (Capac Ñam) que se dirige hacia Tabaconas en dirección este, tramontando la cordillera orien­­tal se pasa a la ceja de selva de la hoya de Jaén.

Hacia el sureste, pasando la quebrada Mazín (topónimo natural y posiblemente de origen ama­­zónico) constituiría el límite de la provincia de Huancabamba con la de los indios Ta­ba­co­nas. Pasando esta quebrada se encuentra un reducido grupo de topónimos quechuas que es­tarían denotando cierto control de los grupos Tabaconas con una organización incaica y más com­penetrados con los grupos de la cuenca abaja del Chamaya y Chinchipe.

Caxas

La provincia de Caxas, organizada en tierras de los huayacundos, se enmarcó territorialmente ha­cia el sureste de la cuenca alta del río Quiroz. Tuvo como capital Caxas; pueblo que visitara Hernando de Soto en 1532, como capital provincial presenta edificaciones estatales típicas in­cas: Acllahuasi, templo del sol, ushnu y un portazgo que a manera de aduana se encargaba de es­tablecer el control de los productos que se comerciaban y tributaban al imperio. Caxas se en­cuentra emplazada en torno al río rey Inca y tuvo como finalidad el control de diversos gru­pos humanos que habitaban las alturas del río Piscan al Suroeste y a los grupos humanos que ha­bitaban la cuenca alta del río Huancabamba y que estarían abocados a cultos preíncas, im­portantes shamanes, también su posición permitía controlar el ingreso de poblaciones Bra­ca­moros.

Astuhuaman (1998) identificó algunos tambos adscritos a esta provincia: Paredones, tambo gentilero, gentiles de Portachuelo, jardines de laguna Mijal entre otros.

La concentración toponímica quechua en la antigua provincia de Caxas estaría dada por el ce­rro Vilcas (en la margen izquierda del Quiroz) al Norte; la Huaca al este en las nacientes el río rey Inca (topónimo claramente identificado en su carácter religioso), Pariamarca (único to­pó­nimo que contiene el vocablo quechua Marka: Pueblo) al sureste cerca de la naciente y mar­gen derecha el río Piscan; Shuturume al Sur y Tamboya al suroeste.

En dirección N-S comprendería los pueblos actuales de Pacaipampa y Yamango. Al parecer Tam­boya (el topónimo alude a un tambo y cerca de él pasa el camino inca) constituirá un centro de vigilancia y control inca; además que representaría el límite entre las sociedades hua­­­yacundo con los yungas tallanes. Tamboya se encuentra en la confluencia del río Piscan y una quebrada afluente de la misma exactamente a la mitad del cauce del río mencionado en dirección este oeste.

Al oeste, los pueblos de Paltashaco, Carachuco y Chungayo (distrito de Santo Domingo), en la cuenca del río Gallegas, constituiría el límite con los yungas tallanes.

Existe un pequeño grupo de topónimos quechuas entre la margen derecha del río Pis­can hacia el sur y la margen izquierda del río Pusmalca (Pus en quechua Paloma y en culle Tie­rra) que pa­recen constituir una línea divisoria entre las sociedades andinas (al este) y las yungas ta­lla­nes de Serrán (al oeste), estos topónimos de Sur a Norte son los de Maraypampa (Maray: ba­tan) Coyona, Cashapampa y Succha.

Toda la margen derecha del río Piscan, desde su naciente hasta cerca de la confluencia con el río Piura (del cual es afluente) presenta una concentración toponímica quechua que evidencia el interés de los incas por controlar este recurso hídrico.


HUAR-MACA: TOPONIMIA DEL DISTRITO DE HUARMACA EN LA PROVINCIA DE HUANCABAMBA

Este segmento toponímico pareciera corresponder al nombre de una planta del macizo andino. Huar Huar (Guar-Guar) el cual es un arbusto (Datura arbórea) que alcanza el tamaño de tres me­­­tros. Crece generalmente en lugares húmedos y también es conocida como “plata mata­perro” debido a su alta toxicidad. Esta planta también se caracteriza por tener una flor acam­pa­nada de color blanco y olorosa. En Huarmaca, la población local destaca que sirve para ela­borar un narcótico poderoso. Esta planta por ser tan abundante y típica en el área andina pudo ha­ber influenciado en los nominativos.

War War, según el diccionario Quechua Cajamarca Cañaris de Quesada (1975) es un ar­busto de hojas grandes, las cuales se emplean para cubrir el maíz en la preparación de la jora (chicha).

Consideramos que el nominativo de Huarmaca, con el cual se identifica uno de los distritos de la provincia de Huancabamba, proviene del nombre de esta planta y no del quechua Warmaka o Wamra, como la mayoría de los estudiosos afirman.

El topónimo de Huarmaca deriva de Huar-maca. El primer elemento designa a la plan­­ta ya se­ña­lada y el segundo (maca) se encuentra asociado al vocablo Macay, que en que­chua significa Brujear, celebrar un rito para hacer una oración o un daño a una persona. Para la lengua culle o el conjunto toponímico CAT, la voz MACA al parecer designa la sig­ni­fi­cancia de “colina, loma, alto”. El culle se extendió hasta la sierra de Piura, de allí que podría –si el vocablo perteneciese a este conjunto lingüístico– significar “Colina de Huarhuares”.

El nominativo Huar se encuentra en diversas palabras, tales como: Huaranchi (quebrada), Pa­­caipamapa; Huar Huar (poblado-Frías); Laguar (hito fronterizo-Suyo), Huancabamba; Guar Guar, Huarhuar pite, Huar­paque, Huar­ma­ca; Huaringa, Carmen de la Frontera.

Este vocablo está asociado a voces quechuas como Huarhuarpite, donde el segmento Pite pa­re­ce corresponder a Piti: pedazo, porción. Es notable la influencia de esta planta en la to­po­ni­mia andina.